A la sombra del covid 19: los derechos, el capitalismo y la negrofobia

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Ayer mismo una respetable señora, en un programa de una de estas teles que nunca se apagan, expresaba su malestar por cómo se están cercenando los derechos de los individuos con la excusa del control de la pandemia. Se veía muy indignada, tenía el pelo blanco, y por esto lo de respetable, y lo más probable es que viva en Barcelona. No es la única que ha reivindicado su libertad desde que se ha instalado en todo el mundo un virus que parece conocer todas las debilidades del ser humano. A los que claman por sus derechos los hemos visto de tipos y escenarios diversos. Los hay que no quieren limitar sus movimientos; unos y unas que no quieren llevar mascarilla y se creen en su derecho. Algunos no se vacunarán jamás, y creen que las leyes protegen su derecho a no hacerlo. Pero se olvidan de lo primordial, que viven en una ciudad. Y lo probable es que muchos vivan en ciudades porque lo desean. Otros no. Pero vayamos a los que lo han deseado. Todos los niños que no han nacido todavía no pueden decir que tienen derecho a nacer en Alicante, por ejemplo. Que nazcan ahí y más tarde quieran sacar pecho de un suceso atado al azar sólo tiene sentido en el género humano. Pero la cuestión es que el paso dado por sus padres y por el que se enorgullecen es el primero para ceder los derechos desde que se conoce a la civilización humana: querer formar parte de una ciudad. Al ser humano le asiste el derecho a la vida, y puede asentarse en todos los puntos habitables de nuestro planeta. Pero sus padres eligieron una ciudad. En España, asentarse en una es relativamente fácil para cualquiera cuyos padres hayan nacido en otra, o en la misma, para los europeos y para los ciudadanos de Estados Unidos. Tienen más dificultades los de Asia que no tengan una cantidad determinada de dinero, y los negros, sobre todo si vienen de África, lo tienen peor. Debemos hacer notar estas dificultades para que se vea que existe un privilegio que da acceso, y que formar parte de una no es un hecho que esté sujeto a los considerandos del derecho.

¿Pero qué es una ciudad? Es un espacio habitable al que se accede previa renuncia de una parte importante de bagaje de libertades que la mujer creía que tenía. Para que no se nos haga largo el artículo diremos a los que se quejan por no querer llevar la mascarilla y que quieren ir a bailar, al teatro o al cine, como se hacía antes, que pudiendo vivir en cualquier punto entre Finisterre y el sudeste de la península, han decidido vivir en una ciudad, perdiendo con su elección la posibilidad de cultivar sus propios alimentos, procurarse el aporte de proteínas necesario, respirar mejor aire, así que no habría necesidad de utilizar la mascarilla, y decidir qué hacer con su tiempo libre. En el entorno en que eligiera por cuenta propia sería difícil que dispusiera de la posibilidad de elegir entre cuarenta mil pares de zapatos, sesenta mil camisas, seiscientas mil bragas o de setecientos veinte mil tomates. Estos números los inflamos a propósito, y nos quedamos cortos, para que sirva de reflexión propia a quien, viviendo en una urbe, despotrique del capitalismo porque alguien le ha dicho que con el comunismo todo sería mejor. También tiene que saber que si libremente quiere formar parte de la ciudad, deberá acostumbrarse a que el transporte tenga un horario, a ser llevado a los sitios por gente a la que no conocerá jamás, a adquirir alimentos alterados a conciencia, y a comer lo preparado por gente a la que no conocerá ni verá jamás. En una ciudad no conoces a quien construyó tu casa ni a quien apaga y enciende las luces de la calle ni quien la limpia. Este individuo que vive en una ciudad sabe que fumar es un placer, y porque lo ha visto en una película, o se lo dijeron, pero no puede hacerlo en un avión, ni en una estación, ni en el interior del autobús, por más que el cuerpo le pida que lo haga porque está siendo llevado por un trayecto que jamás hubiera cogido y a una velocidad que no es la que tendría y está ansioso. Y sí, fumar es un derecho, pero no lo puede hacer. Además, si fumara en un avión, o en el metro, o en un autobús, nadie se moriría por ello, y puede demostrarlo. Pero no puede. Y le dirán mira, no puedes y punto. Si esta señora o señorita sobrevive y se adapta, pese a todas las limitaciones a su libertad, y quiere ir al cine o al teatro, aprenderá que no hay sesión alguna para una sola persona en ningún cine o teatro, y si quisiera bailar y retozarse con quien sea en un club, y porque le aporta felicidad, esto depende de cientos de personas a las que no conocerá jamás, pero que deben existir sin rostro conocido para que su aventura ciudadana sea un éxito. ¿A que nadie saluda a todos los que encuentra en un cine o en un teatro? Pues estos desconocidos son los que hacen posible que esté ahí, gozando de una función de una gente a la que no conocerá jamás. Y porque su desembolso de 20 euros no da para sostener una función.

Pues ocurre que si alguien estuviera en el monte Gurugú esperando alguna circunstancia favorable para entrar a una de las ciudades de España, primero por Melilla, no tendría necesidad de llevar mascarilla, pues lo probable es que no se den ahí las circunstancias por las que se pueda creer que la convivencia sería peligrosa. Al citar a los de Gurugú, que lo probable es que sean todos de raza negra, hemos de saber que aunque logren saltar la valla y acaben en una ciudad española, tarden muchos años en que les permitan ser parte de ella, así que serían parias por muchos años, y cuando les den un permiso, que no debería estar sujeto a nada, toda vez que no es público el cartel de recomendaciones para ser de una ciudad, lo gozarán por unos meses y cuando se caduque descubrirán que sus cuentas bancarias, si ha ocurrido el milagro de que se dé la circunstancia para poder tener una, están bloqueadas y tendrán que esperar que los dueños de su ciudad les den un permiso otra vez para que se sientan que son de ellos, por más que los tengan a una distancia racista determinada. Si no saben que las ciudades piden un permiso de entrada, que sepan que sin este papel no abres una cuenta bancaria, apenas puedes ser admitido en un hospital, no te contratan para nada en la que te paguen una miseria, aunque te salve, y no puedes volver a tu país, a no ser que lo hagas andando y nadando. Es decir, muchos son expulsados de las ciudades. Esta citación somera, señor ciudadano, no es para impresionar ni para dar lástima, sino para que sepas que ya tenías un derecho a fumar en un cine y lo perdiste, un hecho que no te hace olvidar que hay derechos que asientan al individuo en una sociedad y que debes conocerlos y actuar cuando no se cumplen o se quitan. Por esto hemos mencionado el derecho a fumar en un tren, por ejemplo. Porque cuando te desgañitas porque te han quitado el derecho a ir sin mascarilla, pero nunca has dicho nada sobre la idoneidad de que se aflojen las restricciones que pesan sobre los que todavía no han ingresado, y que pasan penalidades por ello, es que lo tuyo con la mascarilla y la necesidad de ir a bailar no es un clamor por ningún derecho, es un postureo individualista insoportable. Dicho porque no pretendes bailar solo, ni ir sola al cine, sino acompañado de esa gente a la que no quieres respetar. Curiosamente, tanto clamor por la pérdida de libertades nace en comunidades en que la apatía individualista ha impedido el cuestionamiento de la actividad de los gobiernos. Ah, lo del comunismo o capitalismo te lo comes tú, pues has olvidado que si la gente viviera del trueque no acumularía tanto dinero para construir un barco de cinco mil pasajeros que vaya a ninguna parte. O sea, o nos vamos de las ciudades o aguantamos.

Barcelona, 14 de abril de 2021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juan Tomás Ávila Laurel
Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.

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