A Martínez Campos

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La estatua de Martínez Campos me parece una maravilla de la descripción del sentimiento fatalista español del fracaso. Cada vez quevoy a Madrid paso todos los días a verla.. Soy español, un fracasado.

 

Me he pasado más de 2 meses en España para intentar cuidarme la salud.

 

Porque en el tópico de Salud, Dinero y Amor, lo verdaderamente importante es la Salud.

 

Esto lo sabemos de cierto a los que nos falta. Como lo saben también, y así lo anhelan, los que les falta alguna de las otras.

 

Yo antes era más partidario del Dinero, porque siempre pensé que lo demás se podía conseguir con éste, pero no es del todo cierto.

 

Por otra parte el Dinero se me está acabando también y el Amor…, ¡ay, el Amor!, bueno se mantiene ahí, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio…

 

El caso es que como en Madrid vivo en Atocha, muy cerca del parque de El Retiro que es un parque precioso, me vengo a andar todas las mañanas por aquello de hacer ejercicio y cuidar mi salud.

 

La estatua transmite frío, inclemencia, incluso en los días claros

 

En mi recorrido habitual está, a la ida y a la vuelta, la estatua ecuestre del General Martínez Campos.

 

Siempre la rodeo, la observo y me maravillo de que el escultor, Mariano Benlliure, captara tan bien la esencia española de aquellos años: la derrota.

 

Para mí Martínez Campos, durante mi infancia, mi adolescencia y el resto de mi ignorancia no era más que el nombre de una avenida grande, amplia, de la parte más externa de mi barrio.

 

Con un cine al que íbamos de cuando en cuando y poco más.

 

Una calle residencial sin demasiado comercio e interés para unos críos.

 

Nunca tuve curiosidad por saber quién se había escondido detrás de aquellos nombres con los que bautizaban las calles o qué oficios los habían vestido.

 

Quitando los clásicos de entonces, Avda del Generalísimo o de José Antonio y otros evidentes como Plaza de España, no acababa de saber quién estaba detrás y qué méritos reunían para ser honrados con dedicar una calle a su memoria.

 

Una persona en Burkina Faso, español, me dijo que si hubiera prosperado mi intento de cultivo de azafrán en el país le habrían puesto mi nombre a una calle… pero no funcionó y además aquí no hay direcciones postales ni casi ningún nombre en las calles. En la ciudad donde vivo creo que no deben tener nombre más que cinco, que yo conozca.

 

Se debería tomar ejemplo de la ciudad de Valencia (sólo en eso, claro) porque el tiempo que estuve trabajando allí me agradaba comprobar que los rótulos de las calles te daban información sobre el oficio del honrado.

 

Y no me refiero a las vírgenes o los santos y santas que hay como en todas las ciudades, incluso un santísimo, que es lo más en el gremio.

 

Porque allí hay actores y actrices (10), alcaldes (8), arquitectos (16), incluso un urbanista, profesores (10), embajadores, músicos, maestros, pintores, académicos, tenores…, y un montón de poetas (37) y Rafael Alberti.

 

Es curioso que García Lorca, Miguel Hernández y tantos otros figuran como ‘poetas’ y a Alberti le dejaron la placa sin la profesión declarada…

 

Yo viví un tiempo en la calle Poeta Querol, pero os confieso que saber que lo era no me empujó a descubrir su poesía.

 

Pasados 25 años, con Internet, le he echado un vistazo.

 

Tiene un verso famoso:

 

“Quien sabe de dolor, todo lo sabe”

 

Volviendo al General Martínez Campos, porque era general, a su estatua, no puedo evitar compartir con vosotros algo que me hace sentir intensamente la esencia de España al menos desde que tengo memoria, sus 115 años, o más, bueno yo no es que tenga tanta memoria, pero desde que el sentimiento del desastre del 98 nos dejó marcados.

 

La derrota, el sentimiento trágico y fatal de la vida, la margura y la resignación, la incapacidad de recuperar el país y dotarle de ilusión y esperanza (la guerra civil volvió a cercenar cualquier posibilidad).

 

La estatua es magnífica, todo en ella transmite tristeza y abatimiento, todo en ella transmite derrota.

 

Jirones de cañones y banderas, jirones de España

 

 

El caballo humilla la cabeza.

 

El General con su quepis y el capote abotonado al cuello para protegerse de la inclemencias del tiempo y de las injusticias de la historia.

 

Delante, decorando la derrota, cañones inútiles apuntando al suelo, banderas ajadas, rotas como los sueños de gloria que algún día albergaron.

 

Campañas contra los carlistas, pacificador de Cuba, y el Rif

 

Sueños y glorias, esperanzas, traicionadas por políticos, aristócratas y burguesía corruptas como puede seguir pasando en nuestros días.

 

Quizás por eso soy del Atlético de Madrid, vivimos la derrota como algo propio, algo nuestro, algo que refleja lo más profundo  de nuestra resignación.

 

¡Ay, lechón, cómo te dejaste engañar por el Jefe!

 

 

Da gusto pasear por El Retiro y contemplar también la estatua del Diablo, del Ángel Caído.

 

Otro que perdió la batalla, otro derrotado, el más hermoso de los ángeles, al que le hicieron creer que podría cambiar las cosas…

 

Un bromista este Dios, jugando con sus criaturas, como a veces siento que los dioses económicos actuales, los que dirigen los destinos del mundo juegan con nuestra ilusiones haciéndonos creer que podemos cambiar las cosas.

 

Yo ya soy descreído y como hoy se juega un Real Madrid-Atlético de Madrid voy a publicar esta entrada antes de saber el resultado, que me temo lo peor.

 

 

 GALERÍA DE RETRATOS DE LA BIBLIOTECA OLVIDO