Ágora, cuestión de ambición

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Con Ágora, la gran ambición de Amenábar le ha jugado una mala pasada. Aun así, ha salido triunfante de los premios Goya.

Rachel Weisz en una escena de la película Ágora

Cortesía Telecinco Cinema  

 

 

Finalizada la gala de los Goya, es hora de reflexionar sobre las películas premiadas y sobre las distintas reacciones públicas al evento. Una de las palabras que más se ha repetido es industria. El propio presidente de la academia pedía a sus compañeros de profesión cerrar filas, sobre todo por la necesidad de erigirse como alternativa al cine americano. El discurso sobre la importancia de establecer una identidad clara de nuestro cine trae a la memoria otros tiempos, negando la sociedad global en donde vivimos hoy en día. Resulta extremadamente patético que se haya resaltado en los medios, como símbolo de la fuerza del cine español, la presencia de Penélope Cruz y Javier Bardem en la gala del domingo.

       En definitiva, se ha hablado de todo menos de la calidad real de las cintas que acaparaban las nominaciones. Si obviamos la ya celebrada Celda 211, el resto de películas invitan a la reflexión. El Secreto de sus ojos es una película argentina, paradójicamente inserta en la fiesta de una industria que quiere encaminarse hacia la identidad patria como bandera. El Baile de la Victoria simplemente lleva consigo el ilustre apellido de su director y poco más, representando al cine anquilosado de siempre en esta gala.

       Nos queda Ágora, la última película de Alejandro Amenábar y la producción más cara de la historia del cine español, con un presupuesto de 50 millones de euros. El ambicioso proyecto cuenta con una actriz de fama mundial, Rachel Weisz, y se ambienta en la Alejandría del siglo V. Dado el desembolso, no es extraño que la academia saque pecho, pero sorprende que una película tan apátrida sea adoptada como ejemplo de lo que ha de producir la industria.

       A continuación, debería introducir una breve sinopsis de la película, pero precisamente una de las características de Ágora es su indefinición narrativa. Se centra en la figura de Hipatia de Alejandría, personaje bigger than life. Hipatia le viene como anillo al dedo al director, que encontró en la figura de Ramón San Pedro un filón. Pero a la vez, es un retrato de la intolerancia religiosa y cómo ésta subyuga el progreso que supone el saber. Por último, es una historia de amor juvenil no correspondido y un pequeño documental divulgativo sobre las órbitas planetarias.

Rachel Weisz y Alejandro Amenábar en el rodaje de la película ÁgoraAquí surge la primera pega grave de la película, ya que Amenábar no resuelve sus dudas sobre qué contar exactamente y acaba sin profundizar en ninguno de los frentes abiertos. La protagonista está perfilada con tal precisión de cirujano que se vuelve un ente opaco en la pantalla, incapaz de trascenderla. Paradójicamente, el director confunde la pureza de un personaje histórico como Hipatia con la divinidad de una virgen cristiana. De esta manera, compone un personaje etéreo, sin pulsiones carnales y entregada absolutamente a su causa divulgadora. Una figura carente del alma necesaria en un personaje protagonista de estas características. En un filme donde la crítica a los dogmas religiosos es su principal leitmotiv, sorprende que Amenábar presente a su mártir protagonista con una mirada tan sumamente naif.

       Por otro lado, la confrontación de la intolerancia de las distintas religiones es demasiado evidente. En una película en la que el propio director afirma que se ha buscado una visión inteligente y autoral, no se entiende el trazo grueso característico de una superproducción hollywoodiense. Amenábar ha intentado no focalizar en un colectivo concreto la maldad, pero en su afán por meterlos a todos en el mismo saco ha optado finalmente por una solución igualmente pueril. Por no hablar de la mirada romántica que da sobre los paganos alejandrinos, quienes son presentados como meros atacados defensores de la cultura y el saber ante los malvados cristianos conspiradores.

       La película se encuentra, por tanto, en un limbo perpetuo, entre los cánones del cine comercial y una mirada más personal, entre la evidencia y la búsqueda. Esto no  supone necesariamente un problema, pero si le añadimos la indefinición narrativa, el resultado es un filme que se distancia del espectador a marchas forzadas. El intento de centrar el suspense en el descubrimiento científico de Hipatia es sin duda una apuesta arriesgada, pero resulta del todo insuficiente para insuflarle algo de vida a la película. La pretendida intriga intelectual habría funcionado a través de un acercamiento más exhaustivo al personaje interpretado por  Rachel Weisz, pero el distanciamiento con el espectador impide perciba la emoción de su descubrimiento. La experiencia acaba pareciéndose más a una clase de astronomía para aficionados que a una producción cinematográfica de gran calado.

       Alejandro Amenábar siempre se ha caracterizado por ser un cineasta ambicioso, poseedor de una gran cinefilia y amor propio. Desde Tesis, película dirigida cuando apenas contaba 23 años, hasta la presencia de Nicole Kidman en Los Otros y el Oscar por Mar Adentro, el director madrileño ha puesto en marcha proyectos complicados que le han granjeado un estatus preponderante en el cine español. Sin embargo, en Ágora la ambición le ha jugado una mala pasada. Ha puesto en marcha un proyecto colosal, queriendo mantener una visión propia sin tener claro qué era lo que quería mostrar. Geométricamente, su película resulta una línea recta, plana, nada que ver con la figura elíptica en torno a la que gira constantemente el filme. La recreación de la Alejandría del siglo V es sin duda lo mejor de la película junto a las escenas de masas, en donde Amenábar demuestra su indudable oficio. Pero lo que convence por un lado queda eclipsado por el empeño de Amenábar en introducir una serie de planos al estilo Google Earth que sacan todavía más al espectador de la narración.

Cortesía Telecinco Cinema  

 

   

       Se percibe demasiado la figura inspiradora de Stanley Kubrick, a quien el director madrileño se ha referido en numerosas entrevistas concedidas con motivo de la película. Son planos que se convierten en anacrónicos dentro del propio filme, tanto porque permiten visualizar sus costuras como por lo evidente de sus intenciones. No hay lugar para la belleza del misterio, todo está al servicio de una intencionalidad que, de obvia, no acaba de funcionar. No parece comprender que la majestuosidad de los planos de batallas en Espartaco o el viaje alucinante de 2001: Una odisea en el espacio responden a una intención puramente transparente en un caso, y a una exploración sin marcha atrás en el otro. Son casos distintos que la ambición de Amenábar intenta unir a través de las imágenes de satélite, leitmotiv del siglo XXI que aparece como un elemento impostado.

       Llegados a este punto, cabría preguntarse el por qué del gran éxito de público y crítica que ha cosechado la película. Quizás la larga espera desde la aclamada Mar Adentro y la enorme campaña publicitaria puesta en marcha por Telecinco hayan tenido mucho que ver. Hay que remarcar precisamente el hecho de que las dos películas más taquilleras y nominadas a los premios Goya hayan sido producidas por una misma cadena privada de televisión. Más allá del olfato y la suerte de Telecinco, se evidencia la absurda situación de la producción audiovisual en España. A pesar de la indudable importancia de Celda 211, la idea de que las televisiones privadas hayan tomado el relevo de las productoras de cine resulta cuanto menos grotesca. El bombardeo de anuncios en sus propios espacios publicitarios supone la definitiva claudicación del cine a manos del medio televisivo. Esto no ha supuesto un gran problema en países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania, donde se mantiene una cierta calidad televisiva en algunos reductos.

       Si el futuro de la ficción americana pasa por la HBO, bienvenida sea la preponderancia de la pequeña pantalla. Pero en nuestro país sobran los motivos para preocuparse por el futuro de un cine financiado en gran parte por el estado a fondo perdido, productoras que inflan los costes de las películas y compran las propias entradas con tal de llegar al mínimo exigido para la subvención, y la obligada cuota impuesta sobre las televisiones.

       En este sentido suenan extrañas las palabras del presidente de la academia de cine Álex de la Iglesia, quien pidió humildad al medio y a la vez exigió un compromiso de las televisiones para salvaguardar el futuro del cine en nuestro país. Ha sido un buen año para el cine español si nos atenemos a la subida del 20% en la recaudación de taquilla, pero esto no significa que haya que obviar los problemas que viene acarreando el sector desde hace años. Hay señales positivas como el triunfo de Celda 211 en los Goya, pero otras que denotan las mismas maneras de siempre. Pienso por ejemplo en el histerismo positivo con que se han valorado películas como Ágora o Tres díes amb la familia, títulos correctos pero insuficientes para convertirse en bandera de ninguna cinematografía que se precie.

 


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Autor: Enrique Fibla Gutiérrez