Aldeaquemada

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No oigo sirenas en la noche, luego existo.
La noche es un soneto vivo;
sus cuartetos se encierran
en una ponderada penumbra
que penetrar no logra
el muelle filamento que pervive
en el insomnio calmo de lo oscuro
que se alumbra rácanamente
por el resuelto sarpullido
de las estrellas en el firmamento.
Duermo. Duermo al cabo del agitado transcurso
que ha consumido el cigarrillo alígero y
sorbo tras sorbo el enervante vino.
La cascada repite
su canto insulso durante la noche.
Esos tercetos del soneto vivo que es la noche
se pierden en los frunces de la noche mientras duermo.
Al alba se revelan los caminos,
surgen los árboles, las piedras,
gamos humanizados,
surgen las criaturas de las cuevas nocturnas,
la montaña inhumana abrigada por Véspero
y espabilada por las abluciones
de este lucero matutino
al que todo agradece reviviendo.
El afecto, el aprecio,
el cariño, la aceptación,
los mordiscos acompasados
con que masticas la manzana
se suman al amor en toda la curvatura de la tierra
girando desde el centro de tu pecho;
en la curvatura de la tierra 
y también en la música de las esferas,
la música que amamos todos los demoníacos.
Entre un árbol y una escultura
me quedo con el árbol.
Y entre el arte y la Naturaleza,
con la Naturaleza.
Pues el arte es un vago sustituto
de la infancia perdida,
nuestra infancia perdida
configurada en lo natural.
Siempre lo natural divino ámbito.
Si por algo es conocida Aldeaquemada es precisamente por La Cimbarra. Esta espectacular cascada de agua de unos 40 metros de altura se encuentra en pleno parque de Despeñaperros, en Sierra Morena.
Este poema es una imitatio 
de varias expresiones contenidas 
en el Diario de Carlos Edmundo de Ory, tomo I, 
y fue publicado en el último número 
de la revista albacetense Barcarola.

 

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