Alemania, años treinta

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Un amigo, residente en Barcelona, me decía el domingo de madrugada que no podía dormir porque llevaban unos días en casa un poco nerviosos. Me contaba que era posible que al día siguiente sacaran los profesores a los niños del colegio. A la calle. Que había gente que querría pararlo todo, y que en ese caso tendría que ir a buscar a sus hijos sin saber si podría llegar, dado que era probable que cortasen las carreteras. “Así estamos”, me escribía por whatsapp.

El pequeño relato tenía un inconfundible aire, un inconfundible hedor más bien, a los célebres relatos de los supervivientes en la Alemania nazi. Esas historias de los primeros tiempos de la pesadilla, después de señalar a los judíos, cuando ya los insultaban e incluso los agredían por las calles. En todos esos relatos y también en las imágenes de los documentales y en la recreación de las películas destacan la incomprensión y el miedo de las víctimas frente al odio inoculado y ya desatado de los agresores.

Es como si no supieran que lo tienen, el odio, que se les despierta con la aparición de los signos, de los símbolos, que tan concienzudamente les han enseñado a odiar. Esa sociedad catalana dirigida es una sociedad enferma como la sociedad alemana de los años treinta. Unos políticos enloquecidos (ni siquiera son ya aquellos políticos taimados que hicieron germinar esta Cataluña cerril) continúan azuzando a las masas ciegas por la peste amarilla que no reconoce nada más que sus consignas.

Miren al futbolista Xavi Hernández en su alabanza a la dictadura catarí y en su vergüenza ante la sentencia de un juicio democrático en un país democrático. Este es un buen ejemplo del delirio que azota a esas mentes trepanadas por el adoctrinamiento salvaje. Tan salvaje que son incapaces de comprender nada más allá del veneno que llevan dentro. Generaciones que se creen superiores. Generaciones enteras engañadas, instruidas en el odio a través de la mentira.

Y todo eso sucedía mientras parecía que no sucedía nada. Yo veo el acoso en las calles, las agresiones, la turba cobarde que se ensaña con los débiles o los inferiores en número y me acuerdo de Alemania en los años treinta y de las camisas pardas y de los escaparates rotos y de las palizas. Y me acuerdo de la impunidad de los delincuentes y de los agresores, que es la misma de hoy en Cataluña.

Todo es lo mismo que entonces hoy en Cataluña. Después de lo que pasó tras aquellos primeros años treinta, cualquiera podría decir a estas alturas que algo terrible, más terrible aún que lo que sucede, parece tan inminente como para no pensar con enorme decepción en la rebelión desestimada y con enorme esperanza en la sedición reconocida.

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