Alfredo Sanfeliz (‘Rousseau no usa bitcoins’): “Vivimos en una sociedad rica cegada por ser cada vez más rica”

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Fundador y socio de The Wise Company, Alfredo Sanfeliz Mezquita (La Coruña, 1962) es licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Ha ejercido como abogado en diferentes bufetes y formas, además de ser secretario general de una importante multinacional española de productos de consumo. Es experto en facilitación y en gestión y prevención de conflictos. Su inquietud e interés hacia los aspectos de liderazgo, conocimiento y desarrollo personal le han llevado a adquirir una completa formación y práctica en los ámbitos del comportamiento humano y el crecimiento y evolución personal y de las organizaciones, así como en el campo de la gestión de las relaciones entre las personas. Acaba de publicar en la editorial Kolima Rousseau no usa bitcoins. Una revolución pacífica hacia una sociedad con sentido. 

—¿De dónde nace la idea de “Rousseau no usa bitcoins”?

—Llevaba ya tiempo sintiendo que nuestra sociedad camina por unos derroteros en los que las reglas de convivencia y funcionamiento, en lugar de aclararse, son cada vez más confusas. El contrato social gestado a lo largo de nuestra historia está dejándose sin ningún efecto. Y en todo ello tiene mucho que ver el fundamentalismo financiero que nos está impidiendo tener una mirada amplia y grande a nuestra sociedad. El libro es de alguna forma un desahogo personal para para sacar a la luz muchos de los sinsentidos y frustraciones menos visibles o menos explicados de nuestra sociedad. Siempre he necesitado dar explicación a los fenómenos y dinámicas sociales con las que vivimos en las sociedades modernas saturadas de riqueza y el libro lo hace desde la comprensión del ser humano. Llevaba varios años rumiando en mi interior las ideas que plasmo en el libro y necesitaba ordenarlas y ponerlas en papel.

 

—Usted habla en el libro de la “era de la amabilidad”. Suena esperanzador…

Así es. Alcanzados los niveles de riqueza, eficiencia y productividad que tenemos en Occidente, prefiero luchar por un mundo más amable que por uno más rico y productivo. Como simple muestra de lo que quiero decir, te cuento que, como nos pasa a todos, me llaman todos los días personas amabilísimas de grandes empresas para ofrecerme productos o servicios “maravillosos” y presentados en forma de oportunidad comercial limitada en el tiempo. Lo hacen de forma insistente pero muy educada y amable y con una extraordinaria capacidad de seducción para que contrate servicios o compre productos. Pero una vez contratado y enganchado al servicio cuando llamó a la empresa para solucionar cualquier incidencia, tengo que pasar por una cadena de máquinas que me responden manteniéndome “en espera” mientras me cobran dinero y me obligan a interactuar con máquinas con voz metálica que no me resultan demasiado agradables: “Si su consulta tiene que ver con X pulse 1, si está relacionado con Y pulse 2, si…”. El libro es por ello muy crítico con determinadas dinámicas y fenómenos sociales actuales y con la ceguera social ante ello. Pero sin duda destila esperanza y marca un camino a seguir pues no podemos ir marcha atrás en la sociedad actual que, a pesar de sus problemas, es la mejor sociedad de todas las épocas de la humanidad. Y aunque el libro se declara algo utópico creo sin duda que resulta menos peligroso caminar hacia esa utopía que continuar por la senda que llevamos, pues si no la modificamos no llevará con seguridad a un precipicio.

 

—¿Cuál es la enfermedad de nuestra sociedad?

—El mayor problema o el origen de todos los demás es que vivimos en una sociedad rica, muy rica, en la que todavía no nos hemos dado cuenta de ello y seguimos luchando y desviviéndonos por crear más y más riqueza. Y mientras ello ocurre nos olvidamos por completo de los aspectos más humano-emocionales y de la espiritualidad. Tenemos que creernos que somos una sociedad rica en los aspectos materiales y darnos cuenta de que a pesar de ello vivimos obsesionados con el crecimiento la rentabilidad, la productividad… y muchas otras cosas propias del limitado discurso del mundo financiero y del poder socioeconómico. Somos cada vez más eficientes, pero descuidamos cada vez más la atención de aquello que nos puede llevar a la felicidad o a una plenitud en nuestras vidas. En el discurso predominante de nuestra sociedad solo cabe usar indicadores cuantitativos y ratios de contenido económico y objetivamente medibles. Todo lo que suene a apelar a aspectos cualitativos, de bienestar psicológico o incluso al sentido común o al largo plazo es despreciado, rechazándose a todo aquel que trata de introducirlos en sus reflexiones o actuaciones. Lo que no produce frutos medibles y en el corto plazo no interesa.

 

—Parece crítico con la eficiencia económica.

—Todo lo contrario, el libro ensalza el valor social de toda la maquinaria productiva y del tejido empresarial que la hace posible. Pero es verdad que denuncia las consecuencias y efectos indirectos de la excesiva agresividad empresarial fruto de la enorme competencia, al igual que la competencia entre políticos que nos lleva a la gran confrontación, agitación y polarización en la que vivimos. El problema es que la maquinaria socio económica y de producción de bienes y servicios de altísima productividad que hemos creado no necesita de todos nosotros para funcionar eficientemente. Más bien al contrario, dicen algunos expertos, como el fundador de Google, si trabajáramos menos personas, pero bien organizados y con operaciones y procesos automatizados, la riqueza creada sería mayor. Y es cierto que son pocos los trabajos que tienen una verdadera contribución a la riqueza estando la mayoría del resto de personas ocupadas en tareas burocráticas, cargas, trámites, temas de protección de datos, de blanqueo de dinero, etcétera, y en definitiva actividades asociadas a la necesidad de protegernos de la propia sociedad agresivamente mercantilizada. El problema es que esa maquinaria productiva, a día de hoy, no nos necesita como obreros o trabajadores, pero sí como consumidores, lo que provoca una creciente y sofocante creación de necesidades y dependencias.Y aunque nos cueste asumirlo, económicamente hablando la sociedad podría tener a la mayor parte de la gente inactiva laboralmente pero cobrando su sueldo pues ello contribuiría a la eficiencia económico-productiva. Pero ello no es emocionalmente sostenible y de ahí la importancia de hablar cada vez más de la sostenibilidad emocional del mundo.

 

—Habla mucho del dinero y de las finanzas, ¿por qué?

—El dinero se creó y ha sido durante miles de años un magnífico instrumento o herramienta al servicio de la sociedad facilitando el comercio, el intercambio y contribuyendo a la generación de una gran riqueza. Pero hoy lo hemos convertido en un fin en sí mismo y hemos conseguido acabar secuestrados por él. En el dinero ponemos nuestras referencias del éxito, de la seguridad y del poder, distrayéndonos de luchar por ser lo que de verdad somos y queremos ser, pues ello queda supeditado a la consecución de dinero. Orientamos cada vez más nuestras vidas a aquello que nos procura dinero. Buscamos más y más dinero y nos olvidamos de parar y preguntarnos qué nos falta para ser felices. Y todo ello en una perversa espiral de la que no es fácil salirse pues la maquinaria social se encarga de crearnos más y más necesidades que solo aplacamos con más y más dinero….

 

—Pero sin embargo afirma que el dinero no será tan importante en el futuro…

—Si miramos las cosas libres de los condicionamientos y limitaciones mentales que nos causa el hecho de vivir con un marco mental muy financiero y economicista propio de una sociedad de la escasez podremos observar que la capacidad de producción de bienes y servicios del mundo no tiene nada que ver con el dinero, al menos de manera directa. Esa capacidad se relaciona con el conocimiento existente, con los activos y materias primas disponibles y con las personas que son necesarias para hacer mover la maquinaria y el ciclo de producción. Pero siendo cada vez menor el número de personas necesarias en la cadena de producción, es importante tener satisfecho al gran colectivo de “innecesarios” para evitar que estos pongan palos en las ruedas de la maquinaria. Y esto exige dar a todos sentido vital y participación en la riqueza de forma digna. Los que tienen oro guardado en las cajas fuertes de los bancos centrales hoy son ricos porque existe una convención generalmente aceptada por la cual ese oro tiene valor y constituye un depósito de riqueza. Pero la sociedad no va a tolerar mantener esa ficción (dando capacidad de compra y poder a los titulares de ese oro) si de alguna manera los que disponen de esa riqueza no la ponen, de una u otra forma, al servicio de la generación de un movimiento amable para la actividad humana para dar inclusión y participación en la riqueza y bienestar a la sociedad en general. De no encontrarse un equilibrio en la forma de disfrutarse y ponerse en movimiento la riqueza la rebelión estará asegurada. Por ello como tendencia concluyo que o bien el dinero y la riqueza se portan bien y cuidan a los “los innecesarios” o estos se revolverán.

 

—¿Hacia dónde ir entonces?

—Muy relacionado con todo lo anterior, considero que el objetivo de la sociedad no debería de ser tanto la mejora del PIB y de los ratios estrictamente económicos o financieros sino más bien la orientación hacia la creación de actividades y movimiento humano que contribuyan a la amabilidad del mundo, a la inclusión de las personas y a facilitar experiencias de vida feliz en el discurrir de los individuos por la vida. Y en este sentido la necesidad de irse montando (cada vez a más velocidad) en las constantes innovaciones tiene un aspecto sofocante lejos de cualquier amabilidad, salvo para aquellos que son unos entusiastas de la tecnología y del cambio. Y el que no se monta en ello queda rápidamente excluido de ser alguien en la sociedad. Personalmente prefiero vivir en un mundo algo menos productivo, pero en el que cuando llame a una compañía de la que soy cliente quien me responda no sea una máquina sino una persona y en el que los valores recuperen su autoridad perdida.

 

—¿Qué ocurre con los valores?

—El respeto por las personas de sus principios y valores tiene bastante relación con el nivel de satisfacción de sus necesidades. Cuanto más satisfechas estén y mayor la holgura para satisfacerlas más fácil nos resultará ser fieles a nuestros valores. Pero cuando nos aprieta una necesidad es probable que, de forma consciente o inconsciente, estemos más dispuestos a saltarnos nuestros propios límites. Y en esta sociedad de creciente creación de necesidades sociales en la que casi todos vamos con la lengua fuera, los valores se han aparcado más de la cuenta dejándolos únicamente en su aplicación superficial o estética.

 

—Háblenos de las trayectorias a las que concede tanta importancia

—Efectivamente hablamos muy poco en nuestra sociedad de la importancia de las trayectorias individuales y sociales. Pero la realidad es que la satisfacción o insatisfacción de una persona o de una sociedad como colectivo están muy relacionadas con nuestras trayectorias. De dónde venimos cada uno, a qué estamos acostumbrados, qué tienen los de alrededor… tiene mucha más importancia en nuestra satisfacción que en sí mismos los valores absolutos de riqueza o bienestar material de los que disfrutamos o en los que vivimos. Mi coche de hoy es fantástico y lo disfruto mucho. Pero no más que el que tuve hace 30 años que, en términos objetivos y técnicos, dejaría mucho que desear comparado con el de hoy. Pues lo que me procura satisfacción o bienestar es mi experiencia vivida en relación con el coche y con su disfrute y ello tiene poco que ver con referencias absolutas y objetivas y mucho más con la comparación con lo que tuve y lo que hoy tienen los de mí alrededor o, en otras palabras, lo que fui y lo que soy. O lo que es lo mismo, no disfrutamos tanto del coche como del estatus que nos procura en cada momento y de la evolución de nuestro estatus en comparación con el estatus de los del entorno personal o colectivo.

 

—¿Qué papel juegan los medios de comunicación hoy?

—Los medios de comunicación no contribuyen a entendernos, sino más bien a lo contrario. Están también necesitados de ingresos y luchan por su supervivencia. Y para ello nada como el jaleo, la confrontación y la polarización pues ello incrementa, en general, el número de lectores o seguidores. Pero ello hace muy difícil o imposible la construcción de causas o proyectos comunes en la sociedad. La verdad hoy es casi imposible de identificar. La abundancia de datos mezclados con opiniones, titulares, eslóganes, agitaciones… nos hace sumamente complicado apoyarnos en información que podamos considerar cierta para tomar decisiones y para votar democráticamente. Ello nos lleva de forma creciente a sustentar nuestras decisiones y preferencias muy poco en motivos racionales y fundados y mucho en las conexiones emocionales derivadas de esa agitación mediática de unos y otros. Es el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de populismos y la proliferación de la posverdad. Relacionado con el tema de los medios, incluidas las redes sociales, me parece muy preocupante la dictadura de lo políticamente correcto en la que vivimos. Nos impide manifestarnos de forma distinta o no alineada con las corrientes o posiciones socialmente atractivas por haber sido creadas en general por minorías interesadas, pues de la creación de esas tendencias algunos hacen su medio de vida, de poder y de relevancia pública. Ello constituye sin duda una seria y grave limitación de la libertad de expresión pues quien siendo alguien osa manifestar algo políticamente incorrecto tiene sus días contados. Y con esta dinámica no se camina sino hacia un peligroso pensamiento único en muchos ámbitos de gran importancia.

 

—¿Podemos entonces reencauzar la situación?

—Claro que podemos y debemos, aunque nunca será con una varita mágica sino con el granito de arena que cada uno de nosotros vayamos poniendo para construir una sociedad mejor. Pero existen muchas resistencias por el extendido rechazo y dificultad de aceptar que somos “seres interesados”. Nos guste o no, estamos programados para buscar nuestra supervivencia de la forma menos costosa y satisfactoria y ello subyace en nuestras actuaciones, preferencias y deseos, aun cuando muchas veces ese interés sea inconsciente. En esta sociedad tan fría negamos muchas veces nuestra necesidad de amor, de ser queridos, de recibir atención y afecto, y adoptamos posiciones o roles fríos y casi metálicos de postureo buscando la aceptación social o los likes en las redes sociales, alejándonos de nuestro propio conocimiento profundo. Aunque no lo aceptemos nos compramos un bolso o un reloj pagando varios miles de euros mucho más para que me quieran y ser aceptado que porque realmente me gusta. O, dicho de otra forma, me gusta el bolso o el reloj porque creo que va a gustar a quienes quiero que me quieran y me acepten. Todos tenemos que esforzarnos en comprender, aceptar y gestionar nuestra innata programación y la energía para la supervivencia con la que venimos al mundo. Y desde esas premisas enfocar nuestros esfuerzos con una nueva inteligencia social dirigida a la consecución de aquello que realmente nos procura bienestar. Y hoy nuestro bienestar no depende tanto de la generación de mayor riqueza sino de la capacidad social de disfrutar de ella y administrar la abundancia en la que vivimos. Y nada hay más importante en ese camino que la búsqueda de sentido individual y colectivo y el encaje de los ciudadanos en ello con un ineludible protagonismo de la espiritualidad para descansar y depositar en el universo del misterio todos aquellos interrogantes que nuestra naturaleza humana no sabe ni sabrá nunca responder.

 

—Y después de este libro…

—Tengo trabajos avanzados en otros temas relacionados con el ser humano y la sociedad. Pero de alguna forma este libro ha supuesto para mí una forma nueva de estar en el mundo y me ha llevado a sentir, como nueva misión personal, la de contribuir a un despertar de la sociedad ante muchos de los temas tratados para provocar una conversación social en la que se defina un nuevo concepto de bienestar que nos permita caminar hacia esa sociedad de la amabilidad. No podemos esperar a que nadie nos arregle el mundo. Lo hemos hecho entre todos y entre todos tendremos que mejorarlo empezando cada uno por su propia contribución.

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