Alturas de la vida

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En el paseo marítimo de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria, hay unos aparatos para hacer gimnasia y un poste de dos metros y pico para medirse, que no requiere más esfuerzo físico que quedarse como una estatua mientras alguien te canta la estatura. Espero mi turno bajo el megalítico monumento de Alfredo Kraus, entre aires de salitre y jazmín, mientras recuerdo que con nueve o diez años yo tenía una obsesión.

Como jugábamos a baloncesto en el equipo del pueblo, un amigo y yo nos juntábamos cada semana en su cochera para comprobar impacientes si nos habíamos estirado al menos un par de centímetros. Luego, en mi cuarto, yo admiraba el póster de un efebo Pau Gasol con la flamante camiseta de los Memphis encestando un mate todopoderoso. Me sabía su talla de memoria: 2,13 m, y yo alucinaba creyendo que algún día podría alcanzarla.

Tal era mi entusiasmo desmedido por el estirón, que a mi abuelo se le ocurrió la idea de dibujar en la pared de cemento de una caseta de aperos del campo unas rayas que reflejaran cada verano, centímetro a centímetro, mi escalada desde la niñez a la umbrosa adolescencia y juventud. Pero con el paso del tiempo abandonamos aquella costumbre, quizás porque cuando uno crece en todos los sentidos prefiere aprender a no recordar, como aquel verso de José Hierro.

Una mañana de julio, muchos años después, me disponía a pintar de blanco aquellas mismas paredes. Hacía bastante que mi abuelo había muerto y de casualidad di con un inesperado hallazgo: aquellas líneas suyas, temblorosas y descoloridas, todavía se mantenían ocultas tras una vieja estantería. Me daba cuenta de lo pequeño que era yo entonces y me agradó revivir aquella escena rupestre de mi prehistoria personal. Me agradó sentir el tacto de su palma sobre mi cabeza mientras tomaba las medidas. Me agradó hurgar en las cicatrices benignas de mi memoria.

Me agrada ahora evocar aquel pasado, en esta tarde marina de mediados del otoño, tan lejos de aquel lugar de secano y de mi infancia, y todavía con la noticia latente de la retirada de Gasol. En su discurso de despedida del baloncesto profesional recordó con palabras nobles y agradecidas la caricia y el arropo de todos aquellos que le acompañaron durante su crecimiento físico y humano, desde sus padres y hermanos pequeños que lo dejaron todo en Barcelona para que Pau no partiera solo a su aventura americana y llevara consigo la calidez de la familia, hasta aquella otra vez, a los seis años, cuando su primer entrenador Míquel le enseñó el concepto de la Triple Amenaza que nunca olvidaría (con la pelota en la mano, el jugador tiene tres opciones para crear peligro en el rival: botar, pasar o hacer un disparo). «Aún me acuerdo de ese entrenamiento, en la pista roja, al descubierto», dijo Gasol emocionado. «Momentos como este, quedan».

Momentos como este, quedan.

Envuelto por el vórtice de recuerdos, bajo el bronce de más de ocho metros del tenor Alfredo Kraus, me quedo hierático al lado del poste, como un kurós griego, mientras unos amigos me dicen finalmente lo que mido y yo vislumbro el ocaso de ocres dorados sobre el Atlántico y el Teide brumoso y gigante más allá de la mar. «A mí, de joven, me dijeron: “Lo importante, Pau, no es solo llegar sino mantenerse”. Yo no he intentado mantenerme. He intentado ser mejor». El niño que yo era y que hoy se mide se quedaría triste al ver que no alcanzó los centímetros de Pau. Pero el hombre de ahora, y a estas alturas de la vida, agradece como nunca sus palabras, su ejemplo, su talla humana.

El tiempo es inexorable. Todo llega, todo acaba. Inevitables son estas remembranzas inesperadas que nos dan la verdadera medida de lo que somos: seres de lejanías, como dijo Heidegger. Es decir, crecemos a partir de lo que va quedando atrás, lo bueno y lo malo, hasta olvidarnos del origen; por eso nos conmueve tanto cuando de pronto, a veces sin previo aviso, sentimos de regreso el remolino del ayer desde no se sabe qué remota lontananza. Como un extraño efluvio de jazmín entreverándose con el salitre del mar, como una inexplicable tristeza los días de lluvia. Y ya saben lo de Borges, «la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado».

 

 

Periodista y autor de 'Una vida retirada', la historia de los últimos habitantes de un pueblo en el sureste de España contada con las artes del periodismo narrativo. Doctor en Artes y Humanidades, en la línea de investigación Periodismo Literario, y máster en Periodismo Cultural. Ha colaborado en Leer, La Opinión de Murcia, El Noroeste, C’mon. Escribe en FronteraD sobre ese periodismo de largo aliento que necesita calma y tiempo para adentrarse en una historia; calma y tiempo para ejercitar el músculo de la mirada y narrar el mundo como si se mirara siempre con el mismo encandilamiento de la primera vez.

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