
Empieza a caer la tarde y subo a la costa de Tinajo para contemplar la puesta de sol. Un poco más allá, en los acantilados y arrecifes, está el mar, arrugado ya de alisios junto a su manual de espumas. Las olas, como escribía JRJ, van y vienen al ritmo del viento: besándose, apartándose, con un eterno conocerse, mar, y desconocerse.
La luz se desvanece veloz estos días de mediados del otoño. El sol es ya apenas un trazo zafrán en el cielo que termina por deshacerse en el polvo de las últimas calimas de temporada. Ya no está. Tan solo permanece unos instantes su reflejo rosáceo de amapola mientras se hunde hacia otras latitudes. Y los cielos y la tierra y los mares se confunden cada vez más en la tinta azul oscura y profunda del crepúsculo.
Es entonces, si uno acopla bien su corazón al silencio, cuando la hegemonía de las olas se impone y canta allá abajo, en el malpaís de los Cuchillos y en la costa del Picacho. En ningún rincón de la isla rompen como aquí. Rezongan con impotencia, con una rabia entrañable y cautiva. Acaso ensueñan una vida mejor fuera de la prisión de las aguas frías y anhelan campar a sus anchas por las calles de arena de Caleta de Caballo. Después, abatidas por el espigón, se retiran resignadas hacia muy adentro de su soledad, con un suspiro como de serpiente huidiza en busca de un pecado sibilino y fugaz.
Hay algo de desierto romántico en este anochecer desde la costa de Tinajo. Algo de ese abismo confuso y desconocido de meridianos invisibles que uno mira sin saber en verdad qué mira; sin mirar nada más que el oscuro y vasto infinito del océano salpicado de estrellas, con el sueño y la fe en que más allá remontará la vida. Madeira, Las Azores, Terranova. Alguien que quizá también esté mirando desde el otro lado del misterio.
Pero de momento lo que más a mano queda son las farolas macilentas y solitarias que dibujan los flancos de La Santa, como las velas de un lampadario encendido en un templo a oscuras. Pueblo de pescadores que se ha acostumbrado a irse a la cama con la queja incesante de las olas, igual que quien se duerme plácidamente bajo el repiqueteo de la lluvia en los tejados.
El milagro sucederá al amanecer, cuando el pescador encuentre su chalana de una pieza en la orilla tras la afanosa brega atlántica. Una chalanita blanca, con sus rayas amarillas y azules en la borda, y un nombre propio trazado a mano que recuerda al de una mujer seguramente muy querida. Fayna, Dolores, Alba.
Mar en la mañana que se desvelará en calma, hermoso de rubíes cuando el sol vuelva a brillar por el este. Manso vaivén de sus olas, como si la noche anterior no hubiese pasado nada. Como si la rebeldía que está por llegar de nuevo hacia el ocaso sea inconcebible frente al regalo de un callado horizonte luminoso.




