Árboles


Ejemplar de árbol ginkgo en el País Vasco

El poeta Ángel Crespo, no recuerdo si en un aforismo, escribía que le placía más ver un árbol aislado que sumido en un apretado bosque, ya que el árbol del bosque resulta empequeñecido precisamente por la despótica actitud del bosque avasallador. “Los árboles no dejan ver el bosque”, enuncia el dicho.

Enorme encina en la huerta del monasterio jerónimo de Santa María del Parral en Segovia

Crespo se refería especialmente a la encina, admirando, formalmente, su densidad compacta, su color agradablemente oscuro, su bizarría, y, espiritual y culturalmente, su capacidad, por mandato jupiterino, de proferir profecías. Los sacerdotes y sacerdotisas paganos interpretaban estas adivinanzas de la encina por el murmullo de sus hojas que el viento producía. El dios prefería articular su voluntad a través de la Naturaleza. En una ocasión Atenea colocó una gruesa rama de encina en la proa de un barco y la rama empezó a hablar con imperiosa voz advirtiendo de las adversidades del viaje.

Gran pinsapo en el claustro del monasterio del Parral

Sabemos que todo lo que habita el mundo, y el universo, muere. Morirá el Sol, la Tierra, todo planeta y todo astro. Pero los árboles, por su larga duración, que supera la nuestra, pues somos lo que percibimos, dan la impresión de ser inmortales. Aun muertos, o gravemente moribundos, como el árbol del poema de Machado, todavía siguen ofreciendo algunas hojas. Tomemos un alto ejemplo: el árbol ginkgo, al parecer el más longevo del planeta, milenario. El pinsapo es un abeto muy especial, tenido como una reliquia botánica de la época terciaria.

Yo conocí al poeta portugués António Osório. Él era un prestigioso abogado. Era rico. Nacido en Setúbal, poseía en esa región una buena finca, llamada Las Baldrucas, donde había una primorosa mansión y una muy excelente explotación agrícola y ganadera. Me invitó a conocer esos pagos. En una recoleta esquina se erguía un laurel. Osório me confesó, un tanto sonriente, que ese laurel tenía la edad de Cristo.

Sin embargo, árboles conformando bosque en una honda hoz, como cada una de las dos, nombradas por sus ríos, que posee Cuenca: la del Huécar y la del Júcar, son lindos festones que realzan sobremanera el ya asombroso paisaje sobrecogedor.

Yo me alojo en un bello hotel de Cuenca cuyos cuartos miran a la Hoz del río Huécar. Desde la ventana observo el amplio vacío, acotado por inmensas laderas y siempre siento la enorme nostalgia del agua antigua que, impetuosa, discurrió moldeando artísticamente los fondos de aquel atroz curso fluvial.

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