Arquitectura española

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La revista británica The Architectural Review dedicaba notoriamente su último número de 2011 a Emerging Architecture, con una bonita portada de una chica con falda blanca atravesando, como Alicia, la pared de la Nobuta House Museum en Amori (Japón); y escogía 16 proyectos en todo el mundo clasificados entre dos ganadores, cuatro finalistas y diez menciones. Una más de las sin duda habituales listas Lo mejor de… que proliferan cada fin de año.

 

Pero esta tiene una gran peculiaridad. De los dieciséis proyectos, hay uno en Sri Lanka, otro en Tailandia y cuatro en Japón, uno en todo el continente americano (en Michigan, Estados Unidos), uno en Noruega y otro en Estonia y seis en España. ¡Seis! Seis de dieciséis en este país nuestro que en el mapa de Architecture Review se ve tan pequeño y hace que los seis circulitos estén tan apiñados.

 

Uno de esos seis, está entre los dos ganadores, dos entre los finalistas y tres en las menciones. He aquí la flamante lista:

 

Juan Creus, Covadonga Carrasco

Remodelación del Puerto (Malpica, La Coruña)

 

José María Sánchez García
Centro de remo y piragüismo (Alange, Badajoz)

Runner Up

 

Tomás García Piriz

Centro de Biodiversidad (Loja, Granada)

Runner Up

 

Enrique Krahe Marina

Teatro Municipal (Zafra, Badajoz)

Highly Commended

 

Zigzag Arquitectura

Vivienda social, Mieres

Highly Commended

 

Iñaqui Carnicero

Centro de arte contemporáneo en Matadero, Madrid

 

 

Tengo tres comentarios, como tres vueltas de tuerca, dos adelante y una atrás.

 

Primer comentario, por supuesto el alto nivel que continúa teniendo la arquitectura española, que coloca en 2011 nada menos que seis proyectos de jóvenes profesionales entre los mejores escogidos por una prestigiosa revista inglesa que, seguramente, no tiene motivo especial alguno para ser complaciente con lo que pasa en nuestra piel de toro. Ahí deben de estar algunos de los nombres de la nueva generación que continúe los pasos de los Mansilla y Tuñón, Juan Herreros, RCR, Nieto y Sobejano…

 

Para el segundo comentario necesito explicar el conteo que he hecho. De los 16 proyectos ganadores,

— seis son privados (una escuela de cine, un colegio, una cueva para niños en un jardín de infancia, el espacio de archivo de un artista, la estructura casi escultórica de una empresa de energía eólica y un pabellón en los jardines botánicos de una universidad);

— dos museos en Japón, cuyo carácter, debo confesar, no veo claro; y

— ocho son claramente públicos: un camino en un bosque en Japón, un centro comunitario en Sri Lanka y los seis españoles.

 

Es decir, que los seis proyectos españoles son públicos. Los seis. Un centro de remo, un centro de arte, un museo, un teatro municipal, una remodelación urbanística y, menos mal, unas viviendas sociales.

 

A ver, no quiero quitar ningún mérito a ninguno de esos proyectos, algunos tienen además una pinta maravillosa, como las viviendas sociales en Mieres o la remodelación del puerto de Malpica; pero cuando el cliente es el sector público las cosas sin duda son algo más fáciles. O mucho más fáciles. Tener seis proyectos entre los mejores de esta lista cuando es el sector público quien comisiona y paga, quien ejerce como cliente (ya sabemos que siempre el sector público es cliente más fácil, más flexible, da más  juego y permite más libertad al arquitecto) es jugar algo con ventaja.

 

Seguro que el boom de nuestra arquitectura tiene algo que ver con el boom español de estos años, con esta cultura nuestra del despilfarro durante esta negra etapa en que nos hemos creído ricos y famosos y todo quisque se ha puesto a construir en su comunidad, su provincia o su municipio teatros, auditorios, estadios, museos, centros de interpretación (sea eso lo que diablos sea, como diría Millás), archivos y demás equipamientos culturales a mayor gloria sin duda de los políticos de turno y de su foto en los periódicos. ¿La utilidad?, bueno, preguntar por eso era una chorrada. ¿El contenido?, ah, eso ya lo veríamos luego. ¿El presupuesto?, pero si eso nunca ha sido problema… Y así nos ha ido, claro, y tenemos ahora España llena de equipamientos, espantosos artefactos de arquitectos-estrella unos y estupendos edificios de arquitectos estupendos otros, pero poco, o nada, justificados la mayoría y sin demasiada, o ninguna, utilidad ahora.

 

Tercer comentario: ¡Ah!, pero qué bueno de todos modos que, dadas esas condiciones, ese apoyo público y ese frenesí constructivo, de los que ellos además no tienen culpa, nuestros arquitectos sean capaces de conseguir ese nivel, ese prestigio y ese buen hacer en su trabajo que los lleva a ganar reconocimientos como éste; que hayan sabido aprovechar para desarrollar una obra de gran calidad; que siga habiendo talento y buen hacer entre cierta arquitectura española.

 

Lo malo es que a la vez no se haya generado en absoluto un campo privado para la buena arquitectura, que las ciudades, mientras tanto, las hayan ampliado constructores, y arquitectos, claro, sin escrúpulos con viviendas de calidad ínfima y sin criterios urbanísticos razonables y muchas sean ahora más monstruosas o desmesuradas que antes. Pero hablar de esto ahora serían otras vueltas de tuerca, hacia atrás, y con las tres anteriores hoy me basta.

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).