Atrapa a Errejón si puedes

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El otro día vi Atrápame si puedes, la película de Spielberg sobre el falsificador Frank Abagnale Jr., y en la parte en que Frank, interpretado por Leonardo DiCaprio, se disfraza por primera vez con el uniforme de piloto de avión, provocando la admiración de los transeúntes, me imaginé en su lugar a Íñigo Errejón. Vi a Errejón haciéndose pasar por piloto, médico o abogado con asombroso éxito. Yo sólo lo he oído hablar como a un vendedor de crecepelo, con esa verborrea como de cultura estirada. A Errejón lo hemos visto abrazándose con Carmena, besándose incluso, en un difícil y sonrojante ejercicio por conseguir la imagen electoral de la abuela y el nieto candidatos. Lo hemos visto de agitador chavista (Chaves vive, la lucha sigue). Lo hemos visto proclamar las tres comidas al día en Venezuela sin titubear. Lo hemos visto compadrear en la noche con los chicos del barrio que lo acusaban de traidor (“¿Qué propones, compa?”, se le oía decir escamoteando el frío de la noche).

Ha rajado Podemos de derecha e izquierda por donde aún le salen los entresijos. Fue el “moderado” de los radicales salidos de Somosaguas y becario de lujo y de pega. La capacidad de camuflaje de Íñigo es extraordinaria. Errejón siempre encuentra una salida como Frankie Abagnale. Es un charlatán de un nivel altísimo. El penúltimo salto es a la política nacional con su partido Más Madrid. No lo pillarán nunca. A mí Más Madrid me suena como a ¡más madera! Es la locomotora de Errejón, la que abandonará antes de que explote, llegado el momento. Yo lo veo recalando en el PSOE, tratando de hacer del transfuguismo una decisión noble, y convenciendo a no pocos. Lo veo en el PSOE enamorando a Adriana Lastra (que lo deja todo seducida por su cháchara implacable) y luego marchándose abruptamente tras abandonarla después de haberla dejado embarazada.

El embarazo y la pena de Lastra lo convierte en un personaje de la prensa amarilla, y alterna sus apariciones en el papel cuché con fracasados intentos de regresar a la política bajo estrambóticos nombres de partido cada vez más alejados de la realidad, ya conocido por casi todos y cansado, pero incansable. Agotada la política, se reinventa como conferenciante de pequeños auditorios, cada vez más menguados, hasta que finalmente (es un decir) decide probar suerte como DJ, profesión en la que acaba haciéndose un nombre por todas las discotecas de Europa. En una de ellas termina conociendo a la multimillonaria activista Greta Thunberg (a la que seduce haciéndose pasar por un adolescente poeta del cambio climático), con la que se casa y funda un nuevo partido, esta vez sueco, con el que logra la alcaldía de Estocolmo en sustitución de su mujer, la candidata electa, que abandona el cargo por problemas psicológicos derivados de su expuesta niñez.

No es reelegido debido al rechazo que provocan sus políticas neobolivarianas. Greta es ingresada en un sanatorio mental y él emprende un viaje en solitario por todo el norte de Europa del mismo modo que el joven Che lo hizo por toda Suramérica. Aquí su pista se pierde. Hay quienes dicen haberlo visto pinchando discos en Ibiza con una barba (falsa) de Walt Whitman; otros dicen haberlo reconocido impartiendo clases en Somosaguas bajo otra identidad. Algunos aseguran haberlo visto asomarse tras las cortinas de una ventana del domicilio madrileño de Rita Maestre. Los relatos más fantásticos cuentan que fue visto por última vez en Yemen, al parecer haciendo fortuna como contrabandista, igual que si fuera Rimbaud.

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