Aurelia quiere vivir la vida

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Tiene 85 años. Fue costurera y disfruta de una pensión de 356 euros mensuales. Paga 125 al mes por su piso, una planta novena con ascensor en una zona céntrica de A Coruña que ocupa desde hace treinta años; ahora los propietarios quieren externalizarla mediante un desahucio al uso. Y se ha montado un buen pollo ciudadano. Debe de disfrutar de buena salud, a tenor de su aspecto y de la energía que muestra en sus peroratas, que suelta, sin dejar meter baza al entrevistador, en esa mezcla irrepetible de castellano y gallego que llamamos  “castrapo”. Cuando se enteró de que el alcalde de la ciudad opinaba que lo mejor en su caso era aceptar dócilmente su destino (destino de mujer, vieja, sin familia, sin dinero…), e irse a una residencia de ancianos, fue y lo dijo, en castrapo y en el único lenguaje aceptable en estos tiempos de ignominia: “¡Que se vayan ellos a una residencia, yo no me voy de aquí, lo tengo todo legal! ¡Yo quiero vivir la vida! ¡No hay justisia!”. La vida, o sea: su calle, su casa, sus vecinos, su tele, su centro médico, su parroquia. Me pregunto cuántas aurelias hay hoy en España y qué cosas tan interesantes tienen que contar.

 

A pesar de las innumerables faltas de ortografía y sintaxis, entre otras, que la factoría El País perpetra casi a diario, el pasado  sábado publicaron una doble página en la que, muy cejijuntos, critican el bajo nivel de nuestros estudiantes y les (nos) sacan los colores con ejemplos como habrir, vailar y otros peores. Y dos días después reinciden en la sección Acento, citándose a sí mismos, y dicen que los docentes han bajado el listón, que las nuevas tecnologías y que tal y tal. Sí señor, tienen toda la razón en indignarse, yo misma me dedico a eso en mi tiempo libre, pero tiene bemoles que se pongan tan importantes. En la última entrada de este blog, copié de sus páginas que Halle Berry se había quedado sorda de una oreja; unos días antes me hice eco de otra frase magnífica, sacada de un artículo cuyo autor era, creo recordar, el director, Javier Moreno: El coste de la reimpresión del diario y la nueva reimpresión supuso un coste adicional de …; otro día me encontré con que: Elvira a veces tararea, a veces silva…; más lejos pero no tanto dejé constancia de que alguien se ocupaba de no dejar defraudar a su esposa en el posado… y si tienen la bondad de seguir retrocediendo se encontrarán un verdadero muestrario de disparates. Pues eso, lo de la paja en el ojo ajeno.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.