Banda municipal

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A los "alcaldes del cambio" quizá alguien tenía que haberles explicado cómo funcionan algunas cosas (con prepararse unas breves líneas adecuadas, propias y respetuosas hubiera bastado), aunque es posible que ya lo supieran y que el cambio empiece por ahí y termine ahí mismo también...

 

Yo ayer le ponía ojos distraídos a la celebración madridista que caía lentamente durante todo el domingo como la gota rebelde del grifo del lavabo. Todo eran miradas furtivas a la tele, vagamente curiosas, hasta que la aparición de la alcaldesa de Madrid, cuyo discurso comenzó a llegarme en crecientes ráfagas de sorpresa, me hizo prestarle atención. Carmena le dio a todos los jugadores campeones un beso y un abrazo de bienvenida a la puerta del Ayuntamiento, lo que anunciaba un agasajo acorde con la relevancia del gran logro deportivo internacional. Pero luego, en realidad, aquel recibimiento me recordó al cartel mismo de «Welcome Refugees».  Carmena se colgó de una pierna y de un brazo y quedó retratada como una bandera propagandística mientras allí dentro repetía palabras y frases sin sentido ante las miradas, atónitas unas, indiferentes otras, de los futbolistas y de los madrileños. A los «alcaldes del cambio» quizá alguien tenía que haberles explicado cómo funcionan algunas cosas (con prepararse unas breves líneas adecuadas, propias y respetuosas hubiera bastado), aunque es posible que ya lo supieran y que el cambio empiece por ahí y termine ahí mismo también. Doña Manuela improvisó un homenaje que podría haber servido para felicitar a la banda municipal por su triunfo en el concurso internacional de bandas municipales europeas, y claro, estaba por allí Cristiano Ronaldo, el campeón y máximo goleador de la competición, con su moreno de technicolor y con cara de que le hubiesen puesto una trompeta en las manos para hacer una demostración. Lo de la trompeta puede parecer una broma pero podría no serlo si el madridista orgulloso (pongan cualquier otro «ista» orgulloso) se pone susceptible con el trato ofrecido a su equipo por la regidora de la ciudad, cuya impropia obsequiosidad rozó el desplante. Luego les llevó a un balcón pequeño, secundario y esquinado para mostrar la Copa, que tan sólo debía de ser el nivel inmediatamente superior a haberles guiado con premeditación a la ventana del patio interior donde riegan las plantas sus concejales. Debía de haberle preguntado doña Manuela a su amiga Ada Colau cómo se organizan estos eventos, aunque seguramente hubiera sido peor cuando el protagonista no posee ningún rasgo antisistema sino todo lo contrario. Ponga usted un okupa o similar (ese es el cambio) allí donde debería haber cualquier muestra, por insignificante que sea, de la propiedad y del sentido común que sí tuvo la intolerable fascista de Cristina Cifuentes.