Bienvenido Mr. Harrison

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La semana pasada estuve aquí en Madrid acompañado por los dos poetas que salen en mi película ‘The Practice of the Wild’ (2010 – San Simeon Films), traducida como ‘La práctica de lo salvaje’.

 

Gary Snyder (81 años) y su hijo Gen llegaron desde su casa/templo budista, varias casitas ancladas en la arquitectura clásica japonesa, escondidas en un bosque californiano (Allen Ginsberg ayudó en la construcción de las viviendas) y, Jim Harrison (73 años), el novelista y gourmand extraordinaire que vino desde su casa en Montana.

 

No sabía como se acoplarían a la vida urbana madrileña. En su día a día ambos madrugan, Snyder para meditar, y el Harrison para escribir. Snyder pasa la tarde atendiendo a su faceta ecologista mientras Harrison se dedica a cazar, pescar, cocinar, fumar y beber. Para dar un ejemplo de cómo son estos dos señores os refiero a la entrevista con ellos que publicó El País el viernes pasado.

 

Desde que irrumpieron en mi vida como un doble huracán, han llegado a ser figuras un tanto paternales para mi. Son, cada uno a su estilo, muy elegantes en el sentido más puro de esa maltratada palabra.  Snyder, hombre de paz sedosa hecho de hierro por dentro, y Harrison un Miura de la vieja casta escondiendo un ser de lo más sensible. Las comidas y las muchas botellas de vino que hemos consumido, y luego los actos y la proyección y charla en La Casa Encendida este jueves pasado – todo aquello coincidió con una mudanza mía desde la casa donde llevo diez años viviendo en el Barrio de Las Letras. Como todo ha salido bien tengo poco motivo justificado como para quejarme pero digamos que semana fue ‘complicada’ como aquí dicen mucho (demasiado) o como dirían mis compatriotas neoyorquinos ‘emotionally exhausting’.

 

Harrison camina lentamente con la ayuda de un bastón que fue un regalo de un chamán de un tribu norteamericano y no para de fumar y hablar. Es capaz de hablar de Shakespeare, Cesar Vallejo, Hugh Hefner, Machado, Goya, la ropa interior de Madeleine Stowe y la mejor manera de eviscerar a un ciervo – todo metido en un monólogo sin fin digno de grabarse. Solo ve por un ojo y tiene un fuerte acento de su nativo estado de Michigan pronunciado en tonos basso-profundos. Al tomar posesión de la única ‘suite para fumadores’ el lunes en el nuevo Hotel Radisson Blu, que le gustó mucho, se dio cuenta de que las botellitas de vodka en el minibar costaban mucho y se fue inmediatamente al chino que hay en la Calle Moratín esquina a Fúcar y compró su propia botella. Me había pedido un hotel cerca de mi casa y cerca del Museo del Prado y allí paseaba cada mañana de su visita, temprano, huyéndo en cuanto llegaron las manadas de turistas y niños de colegio para refugiarse en los jardines del Real Botánico encantado de la vida. Me dijo que en los jardines intentaba comunicar con algunos de los muchos perros pintados por Goya. Descubrió el manjar español del pan con tomate y lo pedía cada mañana (con jamón de bellota y un pincho de tortilla) en la terraza del bar de Platería (que ha sido mi cocina durante estos años) en frente de su hotel. Soledad Fox Maura, ex alumna de Allen Ginsberg y cuya reseña de la novela Regreso a la Tierra  de Harrison apareció en  La Revista de Libros hace poco y yo le llevamos a Alkalde para cenar porque han puesto mesas fuera para los fumadores.  Allí se volvió loco por unas anchoas a la brasa y unas croquetas de toda la vida irrigado todo con dos botellas de un Roda Reserva y una copa de orujo y un café solo – el sitio le pareció encantador mientras que yo me fijaba en la decoración rarísima que tienen en su escaparate y en los pijos pavo reales que frecuentan el local y que desfilan por esa calle protagonizando una telenovela propia e ignorada por el resto del mundo y cuyo guión no se ha alterado lo más mínimo en cuarenta años – con el nuevo factor irritante añadido del teléfono móvil que, colocado cuidadosamente cerca de las pulseras seudo tibetanas y de las que lucen los colores de la bandera nacional, permite el pijo salamanquesco de turno compartir sus hazañas con todos que le rodean. El abrazo engominado que dan a la incultura es casi estremecedor.

 

El martes le llevamos a La Taberna de Laredo en la Calle Menorca, uno de mis sitios favoritos en el planeta, donde el sommelier Miguel nos trató con su cariño hiperactivo de siempre enseñando a Harrison uno de los mejores bodegas de Madrid escondida en un local anodino en el otro lado de la calle, llena de vinos magníficos, sobretodo de Francia. Pero Harrison venía con la idea de beber Priorato y así fue, acompañado el mejor salmorejo de España, trigueros a la plancha y una carne inolvidable – la pijería de la noche anterior ahora sustituida por un grupo variopintado de gente cuyo único rasgo compartido fue el aprecio por la buena vida. Soledad y Harrison hablaron de literatura y recetas (los dos son cocineros apasionados), y éste le prometía un poema. De día comimos en Casa Mariano en la Calle de Lope de Vega por sugerencia de Soledad – un sitio sencillo, cálido y autentico. Harrison huye de todo lo pretencioso, muy especialmente cuando se trata de la comida. Devoró habas con jamón y paella y varias botellas de Rueda. Miró con despreció mi coca-cola lite, pero entiende que no todos pueden seguirle el ritmo. Imposible. Después de comer Soledad le comenta que es una pena que no haya probado la sopa de picadillo, y Harrison se anima a tomársela de postre. No quiere perderse nada. Y venga a hablar, de lo listo que es su amigo ‘Jack’ (Nicholson), del porque no entiende mi cariño por la obra de John Updike, de cómo un amigo suyo perdió media cara gracias a un guantazo administrado por un Oso-Grizzly solo consiguiendo salir del bosque sujetando uno de sus ojos todavía conectado al cerebro en la mano.

El miércoles y con la llegada de Gary Snyder y su hijo comimos en Balzac con los periodistas de El País y con gente encantadora de La Casa Encendida. Una de ellas me pregunta si los invitados de honor son vegetarianos y para su gran sorpresa Harrison pide el rabo de toro antes de que yo pueda responder. Saliendo del restaurante el fotógrafo del periódico quiere que yo diga a los poetas como deben posar y me da tanta vergüenza lo que el tío quiere que evito decirles nada. De pronto entiendo porque  tan a menudo la gente sale en las fotos con gestos raros. Esa noche cenamos todos al fresco en la Plateria, el meollo del feudo que se ha hecho Harrison en Madrid. Llegan Isabel García-Lorca de los Ríos y su hermana Lauri y hablamos de poesía—Lorca, Machado, y Vallejo–y Gary cuenta cómo consiguió dejar de fumar gracias al LSD. Llego a casa medio muerto y Harrison me llama la mañana siguiente a las siete para decirme que ha empezado un poema sobre los jardines del Botánico.

El jueves es el día de la proyección – llega mucha gente, unos  por amistad ya que la poesía americana no es lo suyo, y otros por amor al cine. Llega el pintor Hernán Cortés tan impecable como siempre , Pilar López de Ayala (Harrison le dice que se parece a Audrey Hepburn), la paisajista  María Medina. La sala está llena, y entre el público hay mucha gente joven, algo que me conmueve. Pepe Guirao nos lleva a  Casa Fidel donde cenamos con las García-Lorcas y Nacho Fernández (traductor de Snyder) y Ana Morente, Lucía Casani Fraile, Amelie Arranguren. Llega Soledad vestida de negro y Snyder se lanza al piropo madrileño con deje zen poético diciéndole que tiene una cara preciosa y el porte de las reinas y las princesas que se ha pasado siete horas contemplando en el Museo del Prado.

 

El viernes se fueron. Madrid pierde el sabor literario del oeste de los Estados Unidos. El sábado y el domingo la mudanza. El lunes dejo el papel de anfitrión—con gran alivio pero no sin nostalgia.

La visita me ha dejado con cierto optimismo. A algunos los madrileños parece interesarles la poesía americana y el cine documental—mucho más de lo que me esperaba. A ver si estas impresiones positivas me duran hasta la semana que viene.