Cabeza borradora

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Lo de ponerse a correr en el expresidente Zapatero parecía, en un principio, una cuestión de imagen, como lo de Sarkozy o aquellas fotografías del expresidente francés remando, en las que desaparecía milagrosamente su flotador salvavidas.

 

Lo de ponerse a correr en el expresidente Zapatero parecía, en un principio, una cuestión de imagen, como lo de Sarkozy o aquellas fotografías del expresidente francés remando, en las que desaparecía milagrosamente su flotador salvavidas. Uno creía que sólo eran unas zancadas publicitarias para el momento, o para la posteridad. Pero la cosa va en serio. La evolución en la indumentaria arroja luz sobre este hecho. De aquella imagen primitiva, en camiseta y pantalones pirata por una playa de Huelva (como los carros de fuego por la de St. Andrews), a aquella otra embutido en unas mallas, junto a Cameron, antes de dar el salto a la media maratón de Edimburgo, va un apego creciente al running (que sería del jogging de los ochenta) y una sofisticación paralela; sin atender al viaje personal que se incluye en la distancia, como el que va entre el primer y el milésimo abdominal diario de Aznar o entre esos paseos allegro de Rajoy, con los que a veces recuerda al Cecil de ‘Una habitación con vistas’. Hoy se le ha visto en el evento del PSOE, con Valenciano y las mujeres (que cada vez se parecen más a Indiana Jones y los niños volviendo del templo maldito), y con la cara enjuta de Abel Antón. Da la impresión de que este hombre anda (corre) descubriendo todo un mundo nuevo lejos del gobierno y del partido, acaso como si en vez de labrarse una carrera política hubiera sufrido un encierro del que sólo se le permitía salir para lanzar bellos sofismas. Ahora, como si quisiera resarcirse, corre por el mundo de incógnito, rehuyendo las cámaras de su reclusión igual que Marisol decidió cortar de cuajo en la madurez su vida de farándula. Así cualquiera diría que se tuvo un niño prodigio de presidente. La vida es un tómbola imagina uno que resuena en esa cabeza borradora, como la de David Lynch, donde se mezclan los sueños y la fantasía, la abstracción y la búsqueda de la madurez, bajo ese gorro naranja de revolución que vuela para alejarse del pasado. De la Moncloa a Nueva York como un Filípides inmortal (aunque cuentan que algo molido al llegar a Wall Street); o como la estrella planetaria a la que llamaban Zetapé, cuando igual lo que querían decir era Zatopek.