Café des Amateurs

0
313

Al París donde acudían los artistas del mundo hoy acuden los salvajes a una caza que no es, desde luego, la noble afición de la que hablaba Ortega, con el ethos rajado, o “cagado de moscas” como el Café des Amateurs...

 

Sólo dos veces uno ha visitado París aunque mentalmente se haya viajado mil más a través de Balzac, de Maupassant, de Víctor Hugo, de Maurois, de Gidé o de Hemingway. Uno ha subido parte de la empinada rúe Cardinal Lemoine, en busca del número setenta y cuatro, casi al borde de la plaza Contrescarpe, y de la calle Mouffetard donde estaba su “sentina”, el Café des Amateurs. Desde el setenta y cuatro hacia abajo, que es como mirar el paisaje desde una cumbre, puede verse serpentear una típica y estrecha calle anónima de París sumida entre edificios blancos. La imagen es casi la misma que otra donde se muestra a los terroristas que esta mañana han atacado la sede de la revista Charlie Hebdo. Se ven los caserones blancos, y el color tibio de la mañana nublada y a los asesinos fuera de su coche disparando a la policía. Es una fotografía, entre otras, hecha por un vecino desde su casa, una ventana alta como la de Hemingway, donde en verano, con las ventanas abiertas, el olor que subía de la calle era fuerte cuando vaciaban los retretes con una bomba en una cuba transportada por caballos. Hoy el olor también es fuerte. Y no sólo sube  a los pisos altos sino que se extiende por la vieja Europa  a la que las guerras, por sucedáneos que sean de las grandes, le salen de dentro, casi espontáneamente, como le salían a Mozart las improvisaciones. Al París donde acudían los artistas del mundo hoy acuden los salvajes a una caza que no es, desde luego, la noble afición de la que hablaba Ortega, con el ethos rajado, o “cagado de moscas” como el Café des Amateurs; un contraste con aquella fiesta de los veinte donde, si acaso, se pescaba plácidamente en el Sena. Pescadores de ciudad, “dedicados a una pesca sensata y metódica, que llevaban buenas frituras a sus casas”. Esta tarde la multitud enarbolaba plumas de protesta en la vieja Europa, al tiempo que Zapatero (sí, Zapatero) decía que “no hay que sembrar odios”. Uno recuerda aquella escena de ‘Viva Zapata’ en la que el líder mejicano apunta con su rifle a un iluso presidente Madero y le exige su reloj. Éste se lo da, sorprendido, y Zapata le pide que sostenga el rifle: “¡ahora puede recuperar su reloj!”. Hay un fuerte olor en las calles y uno se asoma y no ve nada más que jastags y lápices en alto. Ah, y hace un rato también se descubría a César Luena, otro prodigio de los que van por ahí diciendo que no hay que sembrar odios,  aunque no hoy pues le tocaba anunciarse como el democratizador, un nuevo producto de la tele-tienda.