Caja de zapatos vacía

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Estoy frente a la obra Caja de zapatos vacía de Gabriel Orozco en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Y no me viene a la cabeza al verla ni Marcel Duchamp, ni Joseph Beuys, Ni Marcel Broodthaers. Ni siquiera Eva Hesse.
Después de asistir a la retrospectiva de Gabriel Orozco en el MOMA, me planto ante la obra-clave/toughtprint titulada Caja de zapatos vacía, y pienso en estas palabras de Peter Sloterdijk: las obras no dejan percibir nada sobre sus experiencias con paredes y galerías.

 

Su historia previa cuenta poco en el momento. Su estar por ahí tiene algo de repentino y casual. Ahora permanecen plegadas en sí mismas ante nosotros, no alegan nada en su defensa, no muestran enojo, no toman ninguna iniciativa contra sí mismas, se preservan. Reclaman algo de espacio al margen, sin jactarse de su existencia. Están en el margen, humildes como estanterías en una bodega; puestas, no expuestas. Voy y vengo alrededor de Caja de zapatos vacía. Me retiro y vuelvo en zigzag. Y de nuevo no me viene a la cabeza al contemplarla ni Marcel Duchamp, ni Joseph Beuys, Ni Marcel Broodthaers. Ni siquiera Eva Hesse. Pienso en otras palabras de Peter Sloterdijk: la presencia de la obra no es ni la presencia de su valor ni de aquello que contiene de visible. No se revela en su plenitud, se mantiene en un ángulo agudo respecto al mundo, la curiosidad no puede leerla hasta el final y consumirla, la mirada choca con las apariencias.

 

En algunos casos el pliegue es tan denso que uno ni siquiera puede convencerse de si en realidad hay obras en el interior. Uno vacila involuntariamente entre dos hipótesis: dentro hay algo, dentro no hay nada. Acotaría yo: lo que presenciamos es el grado de entropía del objeto en exhibición. Confirmo por tercera vez que frente a Caja de zapatos vacía de Gabriel Orozco que no me viene a la cabeza al verla ni Marcel Duchamp, ni Joseph Beuys, Ni Marcel Broodthaers. Ni siquiera Eva Hesse. Pienso más bien en J.J. Abrams: la gran figura de la narrativa audiovisual durante la primera década del siglo XXI. Y recupero estas palabras suyas: la experiencia de hacer es realmente todo. La conclusión debe ser el final de esa experiencia, no la experiencia en sí misma. Se refiere, desde luego, a la experiencia de asistir como espectador a una de sus series filmadas. Por ejemplo, Felicity, que explora el motivo de la caja misteriosa de una adolescente. Alude también al dispositivo análogo de caja misteriosa que juegan los gabinetes e instalaciones subterráneos de Perdidos. Y evoca a su vez la caja como recipiente ilusionista de toda expectativa, acertijo o secreto a ser revelado.

 

Antes de salir de la sala del sexto piso donde se encuentra la retrospectiva de Gabriel Orozco en el MOMA, atisbo la Caja de zapatos vacía, y ahora pienso en el relato fantástico Button, Button de Richard Matheson, ya puesto en escena fílmica por Richard Kelly. Es la historia de un matrimonio que recibe una caja con un botón: si se oprime el botón, alguien desconocido muere en ese preciso instante. A cambio de apretar el botón, se recibe una fuerte cantidad de dinero (en el relato 50 mil dólares, en la película un millón de dólares). La crítica de la codicia configura el trasfondo de tal narrativa.
Mientras abandono el MOMA pienso, ahora sí, en una obra de Marcel Duchamp que origina la recuperación contemporánea del motivo de la caja misteriosa: A bruit secret, que consiste en una madeja de cuerda presa de dos tapas de cobre, unidas por tornillos largos. En el centro de la madeja, Walter Arensberg colocó un pequeño objeto ignoto. En la superficie de las tapas se grabaron dentro de una cuadrícula, al estilo de los crucigramas (o de los rótulos comerciales sujetos a la incuria, a la caída de sus letras), unas palabras.

 

Es una máquina oracular, una fuente de conjeturas que trascienden la inmediatez para depender de un sonido primigenio. La caja desbordante. Atravieso la calle 53 y me interno en la ciudad en busca del restaurante español Solera, que me han recomendado. E imagino un relato: Gabriel Orozco oprimió el botón de una caja. El gesto lo ha llevado hasta el MOMA como representante del arte contemporáneo. ¿Qué caja es? Una semejante a Caja de zapatos vacía, de la que el propio artista mexicano ha dicho: en Caja de zapatos vacía ves la nada completa.

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.