California y San Francisco ‘beat’. Tras los pasos de Kerouac

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Cuando llegué a San Francisco hace ya dos veranos atraída enormemente por la llamada repentina, despierta y vivaz del movimiento literario –y cultural– beat de los años cincuenta, y dispuesta a quedarme veinte días por lo menos en una ciudad donde cualquier visitante puede arruinarse en poco tiempo si vive solamente de su presupuesto vacacional –los precios son espantosamente altos y el alojamiento barato escasea– me alojé en un hostel de esos de literas en habitaciones compartidas, que por su apariencia y estilo, seguramente había sido hotel en décadas anteriores y que ya de entrada me recordaba por su toldo circular en la puerta al hotel Marconi del número 554 de Broadway Avenue, lugar donde se alojó Jack Kerouac en los meses cercanos a la composición del popular y censurado poemario Howl (Aullido) de su amigo Allen Ginsberg. Tenía un nombre muy europeo: Amsterdam Hostel, estaba cercano a Chinatown y a North Beach, y de precio me costó casi 900 euros (desorbitado para ser un lugar con literas y habitaciones compartidas, con las engorrosas tasas incluidas) solamente por pernoctar dos semanas. Situado en una de sus empinadas calles podía dirigirme a la concurrida Union Square en tan solo cinco o diez minutos y disfrutar de todo el jolgorio turístico diurno y nocturno.

La bahía de San Francisco, el poema Howl y el jazz

La ciudad me atrapó desde un principio de día y de noche, no solo por sus largas e interminables calles cuando las subía caminando, muchas de ellas con el fondo de la tremenda bahía y el Bay Bridge, color plateado e iluminado de forma asombrosa durante la noche. Los casi ya míticos tranvías son la atracción de la ciudad, el barrio gay en Castro, con su bandera multicolor a la entrada o el barrio hippie en Haight-Ashbury con su universidad, la de San Francisco, como lugares donde cualquiera podría quedarse a vivir (no la de California, en Berkeley, otro lugar al otro lado de la bahía, en Oakland, referencia de revueltas estudiantiles en los años 60 contra la guerra del Vietnam y a favor del Movimiento por la libertad de expresión –Free Speech Movement– y desde donde se escribió una parte del poema Aullido –la Footnote to Howl (Nota al pie)–, pues el poema completo fue escrito en San Francisco.

La playa, al fondo de la ciudad, como el atractivo californiano del océano pacífico plagado de radiante sol, arena y olas. Al otro lado, el Golden Gate a lo lejos, símbolo de San Francisco, rodeado de vegetación y destellos del sol californiano, con su color encarnado y su estructura férrea, solemne, sublime e imponente. Lo describe Kerouac en el capítulo 11 de En el camino[1] tal y como cualquiera puede verlo en un día soleado que cambia después a la característica neblina (o niebla) de San Francisco en cuestión de pocas horas:

“Era domingo. Había una gran ola de calor; era un día maravilloso, el sol se puso rojo a las tres. Inicié la ascensión y llegué a la cima a las cuatro. Por todos lados había esos hermosos álamos y eucaliptos de California. Cerca de la cima dejaba de haber árboles: solo roca y yerba. Hacia la costa había ganado pastando. Allí estaba el Pacífico, a unas cuantas colinas de distancia, azul y enorme y con una gran pared blanca avanzando desde el legendario terreno de patatas donde nacen las nieblas de Frisco. Dentro de una hora la niebla llegaría al Golden Gate y envolvería de blanco la romántica ciudad, y un muchacho llevando a una chica de la mano subiría lentamente por una de sus largas y blancas aceras con una botella de Tokay en el bolsillo. Eso era Frisco”.

Solía visitar el muelle frente a la bahía donde mucha gente se sentaba a comer ostras en alargadas mesas. Justo al lado se veía el Bay Bridge, inmenso y vivo con su imparable tráfico de vehículos que entran y salen de la ciudad para llegar a Oakland o para entrar a la parte financiera de la ciudad, con su famosa torre del reloj tan vistosa de noche con sus llamativos colores; es la hora de que la plaza situada al frente se llene de ejercitados patinadores y de música a todo volumen. Al fondo de la bahía, el islote de la antigua prisión de Alcatraz, cuyas visitas turísticas eran numerosas –yo nunca fui– y de la cual curioseando sobre su historia solo me intrigó su cierre justo después de la fuga y desaparición de Frank Morris junto a otros dos reclusos. Nunca más se supo hasta hace pocos años con la aparición de la misiva que escribió John Anglin, uno de los hermanos fugados, en la que confesaba que de los tres era el único que seguía vivo.

Y de vez en cuando se escuchaba de fondo por las calles algún saxofón de algún músico ambulante, como para llevarnos a todos los viandantes a los tiempos del Jazz Cellar (o The Cellar), en el número 576 de Green Street, donde se escuchaba jazz y se leían poemas de forma improvisada. Actualmente puede visitarse el Jazz Center (en Franklin Street) con conciertos todas las semanas y un bar-café en la planta baja con música de jazz todo el día y parte de la noche, o cualquier club de jazz con directos de entre todos los que hay en la ciudad, como Mr. Tipple’s, un tranquilo y reducido local con bandas de jazz en su programa.

North Beach y la librería City Lights

La avenida Broadway la tenía agenciada desde antes del viaje para no faltar al museo beat, aunque me encontré con algo parecido a un antro de pinta muy antiguo, donde me topé con objetos personales de Kerouac; fue una situación como incómoda o incluso molesta dentro de la emocionante impresión que me producía estar allí, a miles de kilómetros de Europa viendo objetos beat, por aquello de nostálgico o polvoriento que tienen este tipo de museos; sí que son entretenidos y merecedores de atención los documentales donde él mismo habla de su libro On the road, mencionando los pocos días que duró la escritura del famoso rollo (uno de los que servían para teletipos de la agencia United Press, donde trabajó como periodista otro miembro del grupo, Lucien Carr, usado por Kerouac para escribir su prosa espontánea sin cambios de folio) que compré allí mismo en una edición del aniversario lanzada en 2007, y las escenas donde, como siempre en actitud provocadora, la liaba nuestro insolente escritor.

En el cruce de esta avenida con la avenida Columbus es donde se encuentra la conocida City Lights Bookstore (en Columbus Avenue), la librería encargada de publicar en 1956 el poema Aullido de Ginsberg que le causó un proceso judicial por escándalo contra la moral y por obsceno; como puede leerse en la edición original, fueron los propios poetas y profesores quienes consiguieron alegar en un tribunal que no existía tal obscenidad. Allí encontramos la calle –frente a la librería y al lado del popular Vesuvio Cafe– dedicada a su nombre (Jack Kerouac Alley) y los nombres impresos en el suelo en memoria del escritor y del editor de la librería (y editorial) Lawrence Ferlinghetti. Uno de los poemas del libro que siguen al extenso Howl es ‘America’, el que comienza así:

 

“America I’ve given you all and now I’m nothing.
America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956.
I can’t stand my own mind.
America when will we end the human war?
Go fuck yourself with your atom bomb”[2].

 

En la misma línea irreverente, Howl se compone de una larga serie de versos dedicados al escritor Carl Salomon, a quien Ginsberg conoció en un hospital psiquiátrico al conseguir evitar la cárcel (fue detenido por robo) gracias al acuerdo con la fiscalía, y del que se ha escrito desde la Universidad de California (Janet Hadda) que su ingreso fue un paréntesis de represión de su creatividad y quizás también de su homosexualidad. Los versos que abren el poema claman por aquellos de su generación “destruidos por la locura”, los hipsters que fueron expulsados de las universidades por locos y por haber publicado odas obscenas (“I saw the best minds of my generation destroyed by madness […] angelheaded hipsters […] who were expelled from the academies for crazy & publishing obscene odes on the windows of the skull…”) entre muchas otras hazañas narradas con estructura de oda, con un tono que roza lo épico, además de redundante en un ritmo que está plagado de anáforas o paralelismos al inicio de cada verso. En otro de los poemas recopilados en este mini libro, ‘A supermarket in California’, que en realidad es una frutería y no un supermercado, se menciona a García Lorca, para mi asombro, a quién se le pregunta qué está haciendo al lado de una sandía. El poeta piensa en Walt Whitman mientras se dirigía caminando hacia la tienda.

La montaña, la costa, el tren y ‘Los vagabundos del Dharma’

En Los vagabundos del Dharma los poetas del llamado Renacimiento poético de San Francisco o San Francisco Renaissance son los que ocuparon la Six Gallery (en Fillmore Street) el día 7 de octubre de 1955 para recitar poemas de Howl y formar un grupo cultural vinculado a las universidades, a la ciudad de San Francisco y a Berkeley, ciudad a tan solo 22 kilómetros de San Francisco por la autovía que cruza la bahía en dirección a Oakland. Un libro que recorre los vaivenes de este grupo de creadores-poetas que se mueven entre el budismo, la meditación, los haikus, la ciudad, la costa californiana y las montañas de Sierra Nevada (High Sierra) cercanas al Parque Nacional de Yosemite. Van en autostop, llevan mochila y sacos de dormir viajando de la costa al interior y del interior a la costa, movidos durante toda la historia por los poemas que ellos mismos componen. En este viaje también se trasladan en trenes, saltando directamente a los vagones de mercancías del Southern Pacific, el tren que sigue funcionando actualmente con el nombre de Pacific Surfliner, desde la empresa nacional ferroviaria Amtrak con sus convoyes por la costa que parten de San Diego hasta Los Ángeles, Santa Bárbara, San Luis Obispo y San Francisco. El recorrido tiene unas vistas pegadas a la costa sensacionales que ayudan a disfrutar de estampas y postales desde la ventana del vagón de playas californianas, surfistas, bañistas, casetas de socorrismo, arena y paisajes de roca. Es un acierto hacer en coche la popular ruta 1 de la costa y volver en tren a San Francisco después de devolver el coche en San Diego. Un viaje que puede hacerse en unas 72 horas si no se dispone de mucho tiempo, y como colofón.

Es lo que hice allí cuando me di cuenta de que no podía irme de California de ninguna manera (ya que de lo contrario me arrepentiría después) sin recorrer la ruta de la costa por carretera hasta San Diego y la ansiada frontera con México, con Tijuana en primer plano, la bienvenida al tercer mundo (comparado con USA, ya que si relativizamos no es un lugar tan tercermundista), y adonde se puede acceder con un tranvía urbano en el mismo San Diego. Los vagabundos de nuestra historia también llegan a México, a Chihuahua y al fronterizo El Paso.

Alquilé un coche y me fui de ruta junto a las playas, aunque lo peor fue el corte de carretera por el Big Sur (y el consecuente cierre de la biblioteca Henry Miller) una excusa para volver a California y a la costa para quedarme más tiempo de las 72 horas escasas que fueron decisión de última hora, como un Yo-puedo-hacerlo, y así fue, tanto que me quedé atrapada tres horas en un atasco cruzando Los Ángeles que desmitificó mi perspectiva sobre Beverly Hills y la ciudad de las estrellas. Pasé un estrés inusual en cualquier carretera española, aunque nadie se lo crea. Llegué a San Diego de noche y disfruté de sus buenas vibraciones surferas y de su amable gente. También fue cautivador el camino entre las montañas de Santa Mónica, ruta que tomé para llegar a la costa de Malibú, lugar que para mi ventura por haberlo pisado a tiempo o para mi presente y futura desgracia se incendió en el verano de 2018. Sí que entré a visitar la Reserva Natural de Point Lobos, muy cercano a Monterrey, justo antes del corte de la carretera. Un lugar misterioso, tenebroso (quizás fue por la espesa niebla vespertina), donde sus árboles de ramas enredadas, retorcidas, dan la impresión de espacio sin salida, asfixiante y cerrado, un ocaso donde solo podía oírse el aullido de los lobos marinos, única comunicación en este paisaje de fauna salvaje, privada y exclusiva de estos animales, libres en su hábitat, recogidos de turistas. Pagué unos 10 dólares por el acceso en una caseta de madera que hay en la entrada con trabajadores y voluntarios uniformados como los aparecidos en tantas películas y series animadas.

Las reuniones poéticas y los bares

Viajé de vuelta de San Diego en el Pacific Surfliner a Santa Bárbara (en Los vagabundos del Dharma el protagonista, Ray Smith, quien es el mismo Jack Kerouac, pretendía pasar la noche en la playa y al día siguiente continuar el viaje hasta San Luis Obispo) para después enlazar con el viaje de vuelta a San Francisco. En el libro este tren es llamado el Fantasma de medianoche porque viaja de noche “y nadie te ve” de Los Ángeles a San Francisco –dice el vagabundo con quien habla Ray en el tren, una semana antes de conocer a Japhy, quien lo acompañará durante toda la historia por ser el alter ego del poeta beat Gary Snyder. Japhy “era delgado, moreno, vigoroso, expansivo, cordial y de fácil conversación, y hasta decía hola a los vagabundos de la calle y cuando se le preguntaba algo respondía directamente sin rodeos lo que se le ocurría y siempre de un modo chispeante y suelto”. Cuando entra con Ray en The Place (en Grant Avenue), “el bar favorito de los tipos más pasados de la zona de la playa”, le preguntan que dónde ha conocido a Ray Smith. El autor Kerouac dice de él que no parecía en modo alguno un bohemio y lo aclara entre paréntesis: (“un parásito del mundo del arte”). Aparecen en escena nombres de otros personajes poetas que pueden identificarse con Allen Ginsberg o con cualquier otro poeta del grupo: Alvah Goldbook, Ike O’Shay, Francis Da Pavia, Rheinhold Cacoethes (este es descrito como liante anarquista de pelo alborotado y chalina). Todos ellos habían organizado una lectura de poemas en la Six Gallery, en el centro de la ciudad. The Place, justo al lado de Vesuvio Cafe y City Lights, dejó de ser lo que fue en San Francisco y se convirtió a partir de los años 60 en local de otros tantos oficios (estudiantes de arte, joyeros, ilustradores o diseñadores gráficos).

Siguiendo la ruta por San Francisco, otros bares visitados por nuestro descarado autor fueron Trieste caffe, un lugar encantador para sentarse horas y horas contemplando las fotografías de las paredes y la gramola interior. Desde sus ventanas se observan las calles de una ciudad que parece contarnos una nueva historia de inspiración beat, de improvisaciones, provocaciones y ganas de vivir exultante, que es en definitiva lo que transmitía esta literatura. Jack Kerouac escribía en sus libros formas de autoficción o, lo que es lo mismo, traspasaba a la literatura escenas de su vida, de sus avatares, embrollos y berenjenales diarios creados por su vivo carácter agitado y alborotado. Tanto es así que en su obra La vanidad de los Duluoz –obra ambientada esta vez en Nueva York y la Universidad de Columbia, donde estudió Kerouac con una beca para jugar al fútbol americano, y donde conoció en los años 40 a Allen Ginsberg– se relata cómo Lucien Carr (Claude) apuñaló a David Kammerer (Franz) por acoso sexual continuado. Esto se sabe en la vida real por las cartas entre Kerouac y los miembros del grupo que se han ido encontrando y conservando y así lo relata de forma autoficcional en este libro: “—Me lo cargué anoche, ¿sabes?, para después decir que aún tenía la navaja y sus gafas llenas de sangre. —Le di doce puñaladas en el corazón con mi navaja de boy scout. —¿Por qué? —Se me echó encima. Dijo que estaba enamorado de mí y un montón de chorradas, y que no podía vivir sin mí, y que me mataría y se mataría”. Franz es el jefe de los scouts y es también profesor en un colegio de Louisiana; está enamorado de Claude porque le recordaba a un chico francés de 14 años a quien conoció en 1936 en París. Jack Kerouac había estado encarcelado en la prisión del Bronx neoyorquino por encubrir todo acerca de este asesinato con el fin de ayudar a su amigo. Salió de la cárcel gracias a Edie Parker, a quien también conoció en la Universidad de Columbia en 1940 y con quien se casó, aunque años más tarde se anuló el matrimonio. Ella es autora de unas memorias que relatan su vida con Kerouac, editadas por City lights Books en 2007, y fue la responsable de la amistad entre Lucien Carr y Kerouac, ya que presentó a ambos.

El ‘Summer of love’ de San Francisco

El verano de 2017 San Francisco celebraba el 50 aniversario del mítico Summer of love, el festival hippie de 1967, en el Golden Gate Park, esta vez con un cartel de conciertos entre los que se encontraba la banda legendaria The Who, aparte de las numerosas exposiciones y eventos destinados a tal efeméride. En una de las exposiciones en la California Historical Society (en Mission Street) pude saber muchas de las anécdotas que ahora sé sobre los beats y el movimiento hippie. Por ejemplo, que los poetas que leyeron la noche de la Six Gallery fueron Phillip Lamantia, Michael McClure, Philip Whalen, Gary Snyder, y que Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Neal Cassady, quienes también estaban allí, no leyeron. Kenneth Rexroth, apodado el “padrino de los beats”, presentó el evento. Era la primera vez que se leía el poema y tenía numerosas referencias homosexuales, algo insólito en 1955. O la existencia del San Francisco Mime Group, un grupo de actores teatrales de vanguardia que, influidos por la Commedia dell’arte, removieron la conciencia de los que ya estaban influidos por la poesía beat y por los acontecimientos políticos. Sobre el Free Speech Movementtuvo tanta repercusión y tantas reacciones conservadoras que ayudó a que Ronald Reagan fuera después gobernador de California y más tarde presidente de Estados Unidos.

Fuera de la ciudad literaria: Napa y Sonora

En los días de mi estancia urbana en la ciudad beat alquilé también un coche (mi primera experiencia en coche automático antes de la ruta de la costa) para conducir hasta los viñedos de Napa y Sonora, bordeando la ciudad por el norte y volviendo por el otro lado de la bahía. Un paisaje singular donde se respira color, cielo azul, sabores, carreteras secundarias cuyo número no recuerdo entre adorables pueblos (me gustó Santa Helena y sus galerías de arte). Entre las bodegas llegué por casualidad a Etude (en Napa) y me senté en la terraza; se acercó hasta mí y para mi sorpresa un agradable enólogo quien, con una explicación personalizada, amable e informal, que me pilló desprevenida y a la cual accedí, con la aparejada cata, me deleitó con todo tipo de explicaciones del proceso de la elaboración del vino. Todo por el módico precio de 35 dólares. Es evidente que, en resumidas cuentas, hay que saber vender y lo consiguió.

 

 

[1] La traducción de esta obra y de las siguientes mencionadas de Kerouac son de la editorial Anagrama.

[2] América te he dado todo y ahora no soy nada./ América dos dólares y veintisiete céntimos 17 de enero de 1956./ No puedo soportar mi propia mente./ América ¿cuándo acabará la guerra humana?/ A la mierda con tu bomba atómica.

 

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