Campos de color

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Acto masivo organizado en la plaza de Colón por determinados partidos políticos, con una bandera de España gigante.
Acto masivo organizado en la plaza de Colón por determinados partidos políticos el pasado mes de octubre, con una bandera de España gigante.

De aquí a unos años, el mundo entero girará en torno al código binario. Y no porque internet tenga la intención de seguir creciendo hasta cotas insospechadas, que también; sino porque al ser humano le gusta la simplicidad, y el hecho de poder comunicarse -y de poder armar un complejo entramado de datos y herramientas digitales- con tan solo un par de números acabará por imponerse. No en balde, si nuestras computadoras funcionan gracias a un sistema de dos dígitos numéricos -el uno y el cero- que, combinados, son capaces de armar un sinfín de resultados y posibilidades, nosotros, los mortales que vivimos enganchados a la tecnología y a las redes sociales, no vamos a ser la excepción.

Supongo que habrá matemáticos, físicos, estadistas, economistas y contables que entiendan el mundo a través de la numeración, pero creo que lo más común es entender el mundo a partir de otros conceptos, de otras divisiones y binomios, como, por ejemplo, aquellos que tengan que ver con el color. Así, en vez de limitar nuestra experiencia a la concepción del uno y el cero, y a los valores que buenamente les hayamos querido otorgar, nos ceñimos a otras clases de diferenciación: las que distinguen entre blancos y negros, rojos y azules, morados y verdes; o las que, por el contrario, sólo son capaces de distinguir una única combinación: la del rojo con el amarillo que tanto estamos viendo estos días, ondeando a media asta o colgada a nuestra espalda como la capa de un superhéroe nacional, dependiendo de la hora a la que nos asomemos al balcón; la del blanco con el amarillo, si acudimos a la terraza de algún bar y pedimos una caña, que es de lo poco que parece importarle a determinados ciudadanos; o la combinación del negro con el gris, si nos da por pensar en el futuro.

Desde luego, todos los colores dicen algo, al igual que todas las mezclas de color, y eso es un concepto irrefutable. Se lo oirás decir a cualquier publicista, a cualquier político o a cualquiera pintor expresionista americano, como Clyford Still o Mark Rothko. Ellos, concretamente, fueron los padres de la técnica del campo de color dentro del movimiento expresionista abstracto del siglo XX y le dieron a la variedad cromática un nuevo significado. Tal y como el propio Rothko sostenía, «no soy un abstraccionista, no estoy interesado en las relaciones de color, o forma, o cualquier otra cosa. Sólo me interesa expresar las emociones humanas básicas: tragedia, éxtasis, fatalidad, etc. (…) Si, como dices, solo te conmueven las relaciones de color, entonces es que no lo comprendes del todo».

Gracias a esta definición y a algunos ejemplos plásticos de su obra, como ‘Yellow band’ (1956) u ‘Orange, Red and Yellow’ (1961), he conseguido dejar de ver tantas banderas de España en comunión cada día a las nueve de la noche para empezar a ver homenajes imaginarios hacia Rothko o hacia el pintor germano Günther Förg. En realidad, casi lo prefiero; porque quedarse en los colores, como decía Rothko, es quedarse en la superficie, y lo importante es percibir la emoción.

 

 

Con los dos colores de la bandera de España, evidentemente, la emociones humanas básicas estarán siempre aseguradas. Desde la pasión a la repulsa, pasando por el patriotismo, el orgullo o la vergüenza. Es una bandera, como apuntaba el diplomático y ensayista español Juan Claudio de Ramón en una columna para The Objective, que por un lado divide y por el otro lado agrupa, pero que últimamente no cesa en su empeño de polemizar; y cómo polemizan siempre dos colores enfrentados.

El mismo Rothko, sin ir más lejos, tenía una advertencia para quienes pensaban que sus obras eran simplemente llamativas: «me gustaría decirles a quienes piensan que mis imágenes son serenas (…) que he encarcelado a la violencia más absoluta en cada centímetro de su superficie», y así es como se siente uno -o eso parece- cuando la bandera es alzada por el otro, bien sea para defender una causa particular o para defender una causa totalmente distinta. En este sistema binario de tonalidades y pigmentos, de todos modos, también cabe la división entre españoles que Miguel de Unamuno anticipó a finales de 1936. En su caso, en vez de hablar de unos y ceros, como suelen hacer los programadores informáticos, el escritor vasco habló de «los ‘hunos’ -rojos- y los ‘hotros’ -blancos (color de pus)-», y de cómo conjuntamente estaban «desangrando, ensangrentando, arruinando, envenenando y -lo que para mí es peor- entonteciendo a España».

Esto es lo que ocurre siempre cuando reducimos nuestra experiencia a un código más simple de lo que nosotros mismos somos en realidad. Nos ha sucedido con la tecnología, que ya nos atontó bastante en su momento y lo sigue haciendo en los momentos de tensión; y ahora nos está sucediendo con los colores de la bandera nacional. Esto nos ocurre, efectivamente, porque somos vehementes y no nos conformamos con nadar en la superficie, sino que profundizamos demasiado en el significado y nos dejamos arrastrar por la corriente. A grandes rasgos, el que lleva la bandera española colgada del cuello es un facha; el que no, un antisistema revolucionario. Y ese es, me temo, el código binario de nuestra época. Ojalá volver a Rothko y a Förg; y a los museos de arte contemporáneo, en vez de a las barricadas callejeras. Qué quieren que les diga, para la próxima manifestación robaré un cuadro del MoMA. Tal y como están las cosas, el arte será la única enseña que podamos ondear.

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1 COMENTARIO

  1. Señas de identidad: esos colores nos la han dado. ¡Ojalá permanezcan los nobles y buenos sentimientos que nos permitan construir nuestro sistema binario que programe un futuro de paz y prosperidad para España! ¿O nos quedaremos sin identidad?

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