Carmen Calvo vive arriba

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Estoy viendo por todas partes la foto de Carmen Calvo al salir de la negociación con Podemos. Hay un tuit estupendo de @GeorgeKPlan donde compara a la vicepresidenta con la cabeza de medusa de Caravaggio. La fotografía sólo es un instante, pero es un instante mágico. A los políticos es difícil verlos fuera de la escena como en esta ocasión. Es una foto que bien podría aparecer en una revista sensacionalista del corazón, con un subtítulo que dijera, por ejemplo: “¡Pillada!”. Es como si el pelo al viento hubiese descolocado todo su ser público. Es un peinado que revolotea, inquieto. Es el peinado rebelde, adolescente, el peinado harto de su forma conservadora al que hacen saltar las ideas burbujeantes que se cuecen en ese caletre hirviente y moderno y catajurista y doctrinal. Es un peinado que aparece de pronto con un pendiente. Es el peinado que salta por los aires como el agua en una explosión submarina. Al pelo le acompaña la boca, entreabierta por el impacto, pero no el resto de la cara. La boca es movible, no así la mirada. La mirada de Carmen es fija. No es una mirada cambiante, ni voluble. Es una mirada pétrea. Esculpida. Pesada como un ancla. Es una mirada de siglos. De ceñuda cariátide. Es la mirada culminante de la genealogía feminista progresista. Es la mirada de un tótem. Yo he tenido la visión de esa mirada y su figura representada bajo las columnas del Congreso como la de Abraham Lincoln en su monumento. Yo he visto un monumento en esa mirada de Carmen que es la misma al hablar de los restos de Franco que al decirle a una periodista: “No, bonita”, con la condescendencia mayestática que le rebosa por los poros, esos poros libres y filósofos. El poro es por donde debe de salir toda esa fuerza ventosa, ¡los humos!, que hace volar el peinado. El peinado que es como la falda de Marilyn en La tentación vive arriba. Un icono de la negociación política. Es el pelo que se tira de sí mismo ante la incapacidad de la cabeza rutilante. Es como si ese pelo quisiera emanciparse de esa mujer que abre la boca como si con ello refrenara las ansias capilares de libertad. En la fotografía parece que Carmen está a punto de entrar en un coche y no van a poder culminar su evasión esos pelos revolucionarios, podemizados, que en pocos segundos serán castigados con dureza.

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