Casino

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Teníamos una noche de Navidad y trescientos euros en el bolsillo. Éramos tres chicos sanos y amables, amigos de sus amigos, de buena familia, madridistas casi todos. Habíamos decidido ir al Casino de A Toxa a emborracharnos sin pasión y desabrocharnos el botón de la camisa si las cosas iban mal dadas, como si nos agobiase algo. Era mi primera vez y me puse ceremonioso unos zapatos grandes que había heredado de un tío abuelo echado a perder por la ruleta y las mujeres, y saludé apretando mucho la mano al del guardarropa, como en esos funerales en los que un familiar lejano se pone exageradamente sentido.

 

Nos mezclamos rápido entre los matrimonios pitiminí del Gran Hotel que picoteaban por las mesas como en un cóctel, la camellería fina de Cambados y el inevitable gordo portugués que todo casino tiene por ley. Bajo esa sordidez cool que dan los lugares en los que a los hombres se les agota la ceniza del cigarro entre los dedos y huelen a whisky caro nos fuimos directamente a la ruleta a hacer montoneras de fichas. Perdí todo el dinero antes de que pudiera dirigirme al camarero a pedir nada, y empecé un desfile infame a un cajero de Caixanova que había dentro de la sala y que me cobraba entre tres y seis euros de comisión; cada paseíllo mío era celebrado por la concurrencia entre ovaciones. Yo no paraba de mirarme aquellos zapatos de payaso, y pensaba en todas las historias que se contaban del casino y las ruinas familiares sobre las que se había levantado aquel edificio rimbombante. Llegó un momento en el que se me encogieron tanto los huevos que si me hubiera sacado uno disimuladamente para colocarlo en mi número nadie hubiera notado la diferencia.

 

Dos semanas después de aquel ofuscamiento histórico, de aquella jornada en la que casi sale el director del casino a ponerle mi nombre a la ruleta, entré en el banco a regularizar mi vida. Me atendió, como siempre, el padre de un amigo, con el que yo creía tener cierta confianza por haberle pedido ya dos créditos por motivos vergonzantes. Sin embargo la capacidad de un hombre para sonrojarse no conoce límite. Este señor observó mis movimientos en la pantalla del ordenador y frunció el ceño de forma alarmante. Carraspeé sin intención, y luego me relajé, pues sólo parecía estar preocupado por las comisiones. “No puede ser”, me dijo, “que estés sacando dinero continuamente de cajeros que te cobran estas comisiones”. Le dije que sí, pero que aquella pereza mía, cruzar dos calles… Y de repente lo vi temblar de indignación mientras agitaba el ratón con la mano:

 

-Pero es que fíjate aquí: ¡una, dos, tres, cuatro y cinco seguidas!

 

-Ah, sí. Nada, nada.

 

-No, no –y pegó las gafas en la pantalla- Aquí te robaron la tarjeta, meu fillo. Estas comisiones suman casi cincuenta euros en una hora. No puede ser. A ver el detalle.

 

Y frente a él empezó a desfilar el nombre del casino una y otra vez junto a la hora y las cantidades que se habían sacado, y yo, que las había visto de todos los colores pero no conocía el sonrojo familiar que produce el juego, un sonrojo como de sótano moral, mucho peor que el del yonqui o el del borracho, me hundí un poco en el sillón y miré a los lados por si había que salir de allí silbando. No me avergonzaba haber perdido la extra de Navidad obcecado en el rojo par, que era la única información que parecía no tener el banco, sino haberlo hecho en tiempo récord. Él me miró con lástima, como a un desgraciado, y dijo encogiendo el cuerpo en una situación verdaderamente incómoda: “Hombre, no sé. Estas cosas. Tú sabrás”.

 

Volvimos la siguiente Navidad y nos sentamos en los taburetes altos del black jack. Allí nos quedamos cinco horas compadreando con todo el mundo en ambiente de feria. Ganamos; ganamos nosotros  y ganó el fútbol. Volví a casa a las seis de la madrugada con novecientos euros y al dejarme el coche en el portal montamos tal fiesta haciendo sonar el cláxon que mi chica me esperaba arriba despierta con la bata cruzada y medio cuerpo fuera de la puerta, como esas vecinas que le dicen a Antena 3 que al asesino ya se le veía un poco hijo de puta. Salí del ascensor corriendo para soltar los billetes en la cama como si fueran caballos salvajes mientras me tiraba sobre ellos alborozado y ella los levantaba a los gritos, y entonces me quedé mirando la escena fríamente, pues sentí madurar de golpe, y mientras cogía aire dije completamente en serio:

 

-Cariño, voy a dedicarme a esto.