Cataluña como síntoma, religión política o esperpento. II. El mal romántico o las tentaciones místicas de las democracias

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Intervención de Paco Prazol sobre una imagen del cuadro “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich (1818)

Advirtió hace muchísimos años Charles Péguy, caído en el Marne en la Gran Guerra, que “todo comienza como mística y acaba como política”. Y así es, como demuestran a diario sociedades muy distintas: el “nuevo” Reino Des-Unido (vulgo Inglaterra), el “Make America Great Again” de Trump, o las “ensoñaciones” místico-religiosas de Cataluña. Esas situaciones políticas tan diversas tienen raíces distintas, aunque en todas está presente un eslabón perdido del que casi nadie habla, o al que voluntariamente se ignora, pero sin el que no es posible explicar ni entender nada de cuanto nos ocurre: el Romanticismo. Un movimiento especialmente poderoso y contagioso, un viejo conocido con enormes consecuencias históricas. Que, en su fisionomía moderna, no se caracteriza precisamente por su contención o modestia: en su osadía cree haber descubierto un “nuevo espíritu” que supone un salto –único e irreversible– en el avance intelectual de la Humanidad. Estamos ante un gigantesco sueño místico-poético. Ante un enrevesado laberinto caracterizado más por sus contradicciones que por su coherencia: imposible de definir, con diferencias sustanciales según países o autores, con concepciones y credos fuertemente divergentes cuando no totalmente incompatibles. Sucintamente, el Romanticismo moderno emerge en la historia europea como una insurrección (revolución y Romanticismo están íntimamente vinculados) contra la Ilustración y el Racionalismo mecanicista. Ese levantamiento va dirigido contra la “senilidad intelectual”, contra esa vieja sabiduría prudente y aburrida, contra el taedium vitae, incluyendo en ese tedio a la “aburrida democracia”. Su milagroso sustituto es el espíritu de aventura (poética, filosófica, política). Es decir, la Fantasía. O el Primado de la Imaginación sobre la Razón. Ese ataque al Racionalismo Ilustrado lo justifican los románticos por las clamorosas “insuficiencias” de la Razón: incapaz de recoger –por fría, desalmada, hierática, “objetiva”, mecánica– la realidad palpitante de la vida. Lo expresa muy bien una frase de Paul Valéry: “nadie puede embriagarse ni apagar su sed con etiquetas”. O sea, con raciocinios. Ya mucho antes, el filósofo Friedrich Jacobi había escrito: “Hay luz en mi corazón, pero cuando la quiero trasladar a mi entendimiento se desvanece”.

De esta forma, la Poesía/Imaginación se convierte en el modo privilegiado que tiene el hombre para introducirse en las inaccesibles profundidades de la existencia. Correspondientemente, la Imaginación prevalece sobre la Realidad. Como expresa una famosa definición de Novalis, llena de peligros: “La poesía es lo absolutamente real, y las cosas son más verdaderas cuanto más poéticas son”. En su rostro más amable, el Romanticismo “no es un delirio fantástico de la Edad Media; es poesía sublime y eterna que recoge en imágenes lo que las palabras no pueden expresar o expresan muy deficientemente” (Ludwig Uhland). Así que en el fondo de esta revolución aletea una quimera: penetrar, mediante la más pura poesía, en lo más hondo del espíritu para extraer de sus entrañas los misterios de la belleza: “lo bello es una representación simbólica de lo infinito” (Wilhelm von Schlegel). Para ellos lo absoluto y lo infinito no son accesibles a la reflexión. Como recuerda el mismo Novalis, “el sentir se relaciona con el pensar como el ser con su representación”. El problema de toda esa mística es que, cuando el arco de la fantasía se tensa hasta ese extremo, rompe en lo fantasioso. Salto en el que se descalabra todo: y ese hermosísimo sueño encantado acaba degenerando, después de un largo trayecto, en una subjetividad delirante y sombría. Incluso a pesar de que, como señalaron tantos tratadistas, la aspiración de libertad que está en el origen romántico no es “animal” –es decir, arbitraria o instintiva– sino “musical”, lo que quiere decir guiada por el ansia de armonía. Sin que, por cierto, la consigan nunca. Pero, al final, voluntaria o involuntariamente esa mística poética acaba convertida en una religión política que intenta trasladar esa quimera poética al desarrollo de la historia, adentrándose en el movedizo terreno de lo religioso (en las “spilt religion” de T. E. Hulme) y de la catástrofe. “La auténtica Poesía es religiosa y la Religión es poética, y la misión del Romanticismo fue representar esa misteriosa doble naturaleza de las dos” (Joseph von Eichendorff).

Romántico es término que, para el Ilustrado del XVIII, es sinónimo de irreal, “inventado”. ¿Cabe, entonces, sorprenderse de las “invenciones” que oímos y vemos cada día en Cataluña? El descontrol revela el fundamento –o uno de los fundamentos– que alimenta ese espíritu: el carácter frecuentemente arbitrario de la fantasía romántica, que pretende elevar al hombre por encima de la realidad. Así se explica que el gran emblema del romanticismo sea la fábula, el cuento, las narraciones fabulosas, incluidos mitos, mitologías o cualquier otra forma de fantasía, algo que estaba excluido del mundo racionalista del siglo XVIII. Romántico y racionalista eran seres contrapuestos que vivían en mundos casi incompatibles: uno en la fantasía, el otro en los razonamientos. Uno es hijo de las aspiraciones ideales, el otro de las realidades. Ese movimiento romántico viene a ser el anuncio universal de un nuevo alba de las naciones, con una entusiasta exaltación de los valores más eximios y grandiosos. Pero, como en su día explicó J. H. Forster, “cuanto más eximia la cosa, más diabólico el abuso”. 

Un giro total y fatal del espíritu europeo

Según Georg Lukács, el Romanticismo fue un “giro fatal en la historia del espíritu alemán”. Propiamente, del espíritu europeo. Fuera fatal o no, el hecho es que ese giro acabó colocando las grandezas del corazón (es decir, el sentimiento, los sueños, la extrema subjetividad y las creencias mesiánicas) en el trono en el que hasta entonces se sentaba la Razón, a pesar de todas sus limitaciones. Con palabras de Rousseau, padre de la modernidad, “existir es sentir”. El corazón pasa a ser el nuevo templo del mundo, templo al que se le encomienda acabar con toda atadura o limitación, que “deberán arder para luego brotar de sus cenizas” (metáfora, bien temprana, en la que aparece ya la pulsión de destrucción que los romanticismos transmitirán como herencia a los nacionalismos). La aspiración profunda de esos romanticismos la formuló certeramente Friedrich Schiller: “liberar a la humanidad del espanto del mundo objetivo”. Claro que “esa transformación engatusadora o revolución perfumada” (Metternich) acaba con frecuencia en el peor de los espantos: en totalitarismos políticos de extrema crueldad (comunismos, fascismos, totalitarismos, nazismo) que llenan el mundo de cadáveres.

El Romanticismo viene a ser como una condensación política del mito del Buen Salvaje, una vuelta a la simplicidad “natural”: a la frescura de lo imaginativo, a lo inmediato, sencillo, espontáneo, a lo originario. El Romanticismo es añoranza de la propia cuna: de la patria, los ancestros, la sangre, la tierra, las tradiciones. Anotó Romano Guardini, “el romántico es un caminante que vuelve a su hogar”. Es la sacralización del sentir o desear liberado de filtros y controles. En palabras de Chateaubriand, el inexpresable gozo del alma jugando consigo misma. Se convierte así en el reino de las pasiones encendidas, el deseo insaciable, la entrega a lo excitante y “milagroso”, la constante aspiración a lo ilimitado, la excentricidad, la exuberancia de lo mágico, el espíritu de anarquía, el éxtasis del sentimiento, la vitalidad de la acción que acaba con la parálisis del raciocinio, la repugnancia ante lo rutinario y “aburrido”. “Cuando confiero al tópico una significación elevada, a lo ordinario un aspecto misterioso, a lo corriente el mérito de lo insólito, a lo finito el aspecto de lo infinito, estoy romantizando” (Novalis). En una palabra, entregarse a las oscuras mareas de la voluntad, sin lógica, dirección o finalidad. Consecuentemente, el romanticismo propone el rechazo instintivo de todo lo “artificial”: leyes, normas, reglas de razón, y, por lo mismo, de la democracia liberal, que al fin y al cabo es un “constructo” político. Como señaló críticamente Kierkegaard, romanticismo significa rebasar todos los límites para entregarse a las fantasías desenfrenadas de la imaginación. Facultad a la que con tanta pasión cantó el gran músico Schubert: “¡Oh imaginación, tú, joya suprema de la humanidad, tú, fuente inagotable de la que beben artistas y sabios! No nos abandones…, presérvanos de la llamada Ilustración, ese horrible esqueleto sin carne ni sangre”. Y en ese canto a la imaginación desbocada están hoy todos los populismos y nacionalismos, está Cataluña y otros “progresismos” de última generación. En dos líneas, “el romanticismo es la declaración de guerra desencadenada por el espíritu de arbitrariedad, por la arbitrariedad más hiriente, tiránica y voluntaria, contra el espíritu libre y legal de una época” (Georg von Below).

Frente a sueños tan grandes se eleva, perceptible o imperceptible, el duro muro de las realidades. El romanticismo es una bella ilusión que acaba casi siempre en la más cruel barbarie. Nadie diagnosticó mejor esa deriva trágica que el poeta y dramaturgo austriaco Franz Grillparzer, quien ya en 1849 le regaló al mundo la triada por la que discurre esa senda funesta: “de la Humanidad, a la Nacionalidad, a la Bestialidad”. O el gran drama. Coleridge: “Durante mucho tiempo hemos sido víctimas de un profundo engaño. Algunos, gruñendo con hostilidad implacable, esperan un cambio total de las cosas por el cambio del poder constituido, como si un gobierno fuese un vestido al que estuviesen adheridos como adornos nuestros vicios y vesanias, y que pudiésemos quitarnos ese vestido cuando queramos”. Y lo refuerza, un siglo y medio más tarde, quien sabía muy bien lo que eso supone porque lo sufrió en su carne: “tenía y tengo un conocimiento muy concreto del vínculo estrecho entre nazismo y romanticismo alemán… Pues todo lo que constituye el nazismo está contenido germinalmente en el Romanticismo: el destronamiento de la Razón, el hombre llevado a la esfera animal, la glorificación del poder, el animal depredador, la bestia rubia” (Victor Klemperer).

El Romanticismo no es, pues, la exudación propia de una época accidentada y descarriada, el siglo XIX, sino una pulsión constante del alma humana (Rubén Darío: “¿quién que es no es romántico?”): aparece y desaparece en muy distintas épocas, y el seguimiento de sus raíces nos lleva hasta la más ancestral Antigüedad a través de tiempos y antecesores muy diversos (la tradición esotérica, Giordano Bruno y el vitalismo renacentista, la teosofía de Jakob Böhme y los pietistas alemanes, la metafísica de la emanación de algunos pensadores cristianos, el hermetismo, hasta llegar a la fuente más lejana, Plotino y el Neoplatonismo). Tampoco es, como con demasiada frecuencia se cree, sólo un pueril movimiento estético-literario, sino que se convirtió, desde comienzos del XIX, en una poderosa teología política (no menos poderosa que el marxismo, que también es, en buena medida, un romanticismo). Desde entonces, el Romanticismo se ha mantenido como una fuerza gigantesca que vive en estado de hibernación en el fondo de las sociedades hasta que, por circunstancias diversas, generalmente crisis, rebrota de forma volcánica. Esa mística romántica contribuyó de forma esencial al desencadenamiento de la Gran Guerra, también al ascenso de los totalitarismos, y ha vuelto a resucitar en nuestro tiempo con nueva virulencia. Como estamos viendo y veremos más todavía. En Cataluña, por ejemplo. Por tanto, supone un grave peligro que no se debería infravalorar, como en la práctica se hace. Lo recordó certeramente Isaiah Berlin, “muchos fenómenos que vivimos hoy día –el nacionalismo, el existencialismo, la admiración por los grandes hombres, la admiración por instituciones impersonales, la democracia, el totalitarismo– se ven profundamente afectados por el romanticismo, que los penetra a todos. De ahí que este sea un tema no enteramente irrelevante a nuestro tiempo”.

Amanece pues el flamante siglo XXI como murió el XIX: arrastrado por el peligroso “imperialismo de lo irracional” (Ernest Antoine Seillière), es decir, entregado a la guerra contra Kant, el “sobrio trazador de límites”, y contra la Razón Ilustrada. Los romanticismos/nacionalismos tienen a la Razón en la misma estimación que la tenía Lutero: una “vieja ramera” que es enemiga y carcelera de las seductoras exuberancias del sentimiento, un vacío que destruye cualquier hogar espiritual y aniquila, como un raticida, toda posibilidad de fervor místico, que es el ardor del que se alimentan los nacionalismos. Así que estamos, una vez más, ante la antiquísima encrucijada: razones contra ensoñaciones; “Luciferismo” contra “Yahvismo”, Jehova (la Ley racional) contra Lucifer (la fanática seducción irracional); Leviatán (el Estado) contra Behemot (el monstruo del desorden). La batalla de fondo es, sin que Cataluña y la “nueva” socialdemocracia den muestras de entenderlo, el deseo desatado de la Voluntad por destronar a la Razón.

 Las derivas románticas de las democracias

Contra lo que mucha gente cree, las democracias son mucho más frágiles, endebles, vulnerables, efímeras y proclives a ser arrasadas por las quimeras, delirios y   convulsiones de las “ensoñaciones” morbosas. Una minúscula digresión sobre ese término: esa palabra –ensoñación– es precisamente la única que un Alto Tribunal no puede mencionar, por ser la “bicha” o soga en casa del ahorcado a la que no cabe evocar, y no cabe porque un Tribunal de ese porte está obligado a saber que, para esas místicas políticas, la ensoñación no es lo contrapuesto a la realidad, sino su más primigenia y exacta expresión, y por eso la fuerza –real, incluso exageradamente real– que desencadena las catástrofes de la historia. Fin de la digresión. Como todo el mundo sabe, las democracias son hijas de la “árida” Razón, una estructura o “artificio” creado por las sociedades para poner freno al explosivo fondo tribal y arbitrario de los seres humanos, pero que, a pesar de esa función, tienden a dejarse cautivar por los mesianismos proféticos, como enseña ampliamente la historia. Así que nadie puede sorprenderse de que fracasen como diques de contención. Propiamente, están condenadas a fracasar. Entre otras razones porque las sociedades modernas se encuentran en ese estado que Weber, en brillantísimo diagnóstico, caracterizó como “jaula de hierro” (más correcto sería llamarlo “armazón de acero”) y que significa esto: que la inmensa de-sacralización, la “Entzauberung” o “limpieza de toda magia”, que ha impuesto el racionalismo moderno ha convertido a esas sociedades en un duro corsé de acero, sin rastro de “poesía”, que aprieta, ahoga y no deja espacio para los sueños, emociones, esperanzas, fabulaciones y consuelos. Creando además en el corazón de los ciudadanos una envenenada “amalgama” de sentimientos de injusticia, abandono, desatención y sufrimiento que los carcomen. Ese “ignorado” malestar profundo, denominado en su momento por los románticos “el dolor del mundo”, es el desencadenante que lleva a los ciudadanos a “huir al pasado”, a refugiarse en el mundo de las “magias”, mitos y mitificaciones más o menos absurdas, que les resultan mucho más consoladoras que las crudas realidades.

Populismos y nacionalismos son romanticismos: hijos envenenados y altamente contagiosos incubados en esa matriz. Los Romanticismos y nacionalismos modernos se dividen en progresistas y reaccionarios, es decir liberadores o esclavizadores. Por regla general siguen esta ley: nacen como movimientos de emancipación, pero se convierten, rápidamente, en una poderosa maquinaria reaccionaria. Como demuestra abundantemente la historia. Francia y su Revolución por ejemplo, que comenzó siendo un inmenso movimiento de liberación y acabó en el cesarismo despótico de Napoleón, “ese alma del mundo”, por decirlo con la frase descarriada de Hegel en Jena. Y lo mismo ha ocurrido con muchos otros nacionalismos del XIX. Alemania, por citar otro caso. Esa transformación no es casual ni accidental. Romanticismo y Nacionalismo llevan en su mismo código ribonucleico dos genes malignos: la degeneración intelectual/moral, y el espíritu de destrucción. La degeneración intelectual se consuma en el interior de la idea romántica de nación: el sentimiento de nación pasa silenciosamente de ser un puro, sencillo e inocente patriotismo (amor al propio hogar, a la propia tierra, a los propios antepasados, a las propias tradiciones, a la propia cultura) a convertirse en Nacionalismo, que es la metástasis de la nación. Es muy recomendable releer, en estos tiempos, el ensayo de Orwell de 1945 sobre el nacionalismo. En él se anuncia ya que el nacionalismo es el “hábito de identificarse con una única nación o entidad, situando a ésta por encima del bien y del mal, y negando que exista cualquier otro deber que no sea favorecer sus intereses”. Y añade, “el nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo”, pues no sólo son dos cosas distintas, sino incluso contrapuestas. El patriotismo es la devoción por un lugar o costumbres, pero sin imponérselas a nadie. El nacionalismo vive en la ambición de la propia superioridad y es inseparable del deseo de imponerse, por tanto, es una combinación de ambición de poder y autoengaño. Al margen de lo que con agudeza y razón explicó Orwell, es evidente que el Nacionalismo es la adoración embelesada a un dios absoluto, único y tiránico, La Nación, que no admite a nadie junto a él (ni valor, razón, o potestad) y que exige entrega absoluta a sus creencias, dogmas, mandatos o caprichos, con lo que el Nacionalismo acaba convertido en una idolatría tiránica o en un mesianismo totalitario. Nadie formuló tan bien como HannahArendt esa metástasis: “El nacionalismo consiste esencialmente en la conquista del Estado por la Nación”. Y sigue Arendt, el mal consiste en que “la nación ha usurpado el lugar tradicional de Dios y de la religión”. Para el Nacionalismo sólo la Nación es propietaria, depositaria y recipiendaria de todos los derechos, no los individuos. Por decirlo así, la traición consiste en inmolar y sacrificar en el Altar de la Nación/Patria los más altos valores, ideales y derechos conquistados por la Humanidad. El resultado de esa traidora “usurpación” es una triple monstruosidad. Primera, un monoteísmo monolítico e irreductible que no admite refutación o duda alguna sobre sus creencias o dogmas infantilmente infalibles. Dos, rechazo total del politeísmo que caracteriza a las democracias modernas, basadas en el culto y adoración a tres dioses (o poderes) muy diversos que se contrabalancean entre sí, Trinidad que forma la raíz y fundamento de las Constituciones modernas. Y tres, la conversión del nacionalista en único ciudadano auténtico, siendo todos los demás mera población, o, si se quiere subir el tono, plebe, parias o incluso bestias carroñeras, víboras, hienas… con una tara en el ADN (según el “honorable” Torra). O sea, racismo y supremacismo en un solo golpe. Se consuma así la gran aberración: que los derechos del hombre [es decir, de cualquier persona] sólo se le reconocen o conceden a los “fieles creyentes de la propia tribu” [los “buenos” nacionalistas/secesionistas]. En esa transmutación del patriotismo bueno en malo los grandes valores universales o “cosmopolitas” (en el sentido de Kant), propios del Occidente Cristiano y luego de la Ilustración, son sustituidos por “egotismos bárbaros” que ponen a la propia particularidad por encima de los valores inalienables de la civilización. El nacionalismo deja así de ser una concepción ideológica para convertirse en una prepotente teología política (o sea, una más de las ya mencionadas “religiones disfrazadas” de Carl Christian Bry) que llena el mundo de bardos metafísicos, políticos-videntes y poetas-profetas que nos quieren regalar una nueva Humanidad.

 El romanticismo o las sociedades-novela

No hace falta disfrutar de especiales dotes de observación para darse cuenta de que nuestro mundo ha entrado, como les pasó a otras épocas de crisis, en una nueva fase de renacer romántico. Vivimos, otra vez, entregados a la romántica fascinación por lo imaginario e irreal. Asistimos a la “desactivación” de la lógica y a la negación del complejísimo “Arte de pensar”. Con todas las terribles consecuencias que eso tiene. Caja de Pandora de la que salen y saldrán todo tipo de males. Como, aterrados, estamos viendo. Señaló hace ya siglos Friedrih Schlegel, en una anotación brillantísima, que “a las novelas les gusta terminar como empieza el Padrenuestro: con el Reino de Dios en la tierra”. Que es lo que llevan años haciendo populismos y nacionalismos: “novelar” o prometer ensoñaciones mesiánicas con el fin de instaurar un nuevo reino de dios en la Tierra, naturalmente controlado despóticamente por ellos. Y, por supuesto, situado en los lugares de su devoción: por ejemplo, Cataluña o País Vasco (vascos que ahora están a punto de inventar una democracia insólita, mucho más “genial” –y reaccionaria– que la democracia orgánica de Franco: la democracia de la pureza de sangre). Conviene recordar que entre los filólogos antiguos era moneda corriente derivar la palabra “romántico” del término francés “romanesque”, es decir, novelesco. Será o no etimológicamente así, pero lo importante es que eso es lo que estamos haciendo: creando sociedades-novela. Llenas de fábulas, propagandas, “fake news”, y cantidades inmensas de engaños y mentiras que la gente engulle tan contenta, repitiéndose lo ya sucedido en el período de Entreguerras. Social y políticamente va imponiéndose un pastiche “místico-político” en el que no reinan ni las razones, ni los hechos, ni los derechos, sino lo mágico. Vivimos una vuelta –llamativamente “vintage”– a las más infladas y ancestrales magias. Y en esa atmósfera milagrera, las palabras –reducidas cada vez más a mero “flatus vocis”–  están convirtiéndose en “los hechos”, y éstos, ya totalmente contaminados, en des-hechos, o sea, en irrealidades confeccionadas gratuita y malintencionadamente con bazofia y otros excrementos. Como diagnosticó genialmente el joven Guy Debord, “nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa…, el colmo de la ilusión es para él [nuestro tiempo] el colmo de lo sagrado”. Se trata de abandonar el duro suelo de los hechos para flotar en la irrealidad de las ilusiones y “esperanzas”. Otra vez Debord: “el espectáculo es el corazón del irrealismo de la sociedad real…, el sol que no se pone jamás sobre el imperio de la pasividad moderna… es el sueño de esa sociedad encadenada que no expresa más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián del sueño”.

Ante el “abismo angustioso” de la vida (Herder), nuestro tiempo recurre, como otros anteriores, a las “soluciones” románticas: “buenismos” socialdemócratas generalizados, místicas “laicas” de todos los colores (animalismos, ecologismos, consumismos, “milagrerías” y utopías tecnológicas de todo tipo, con seres o realidades virtuales, viajes estelares…), mitologías pueriles (como la realidad casi inmediata de la inmortalidad biológica, o la creciente abundancia de nuevos “superhéroes” indestructibles, más otros etcéteras), nueva adoración de la Naturaleza (más en matriz Disney que con conciencia adulta de su inmensa capacidad aniquiladora, como estamos viendo con el famoso coronavirus), desprecio de toda “formalidad” (como se observa en las formas de vestir o comportarse, todo muy “casual”, o en la “tolerancia” cada vez más grande con la impunidad y criminalidad), el rechazo de todo rigor o código (sean Constituciones, leyes, autoridad, criterios de objetividad…), los “feísmos” convertidos en majestuosos cánones de belleza (recuérdese “la arruga es bella”), las pomposas, artificiosas, cursis y autoembelesadas “filosofías” de la gastronomía, que son de risa, y así sucesivamente.

Está el mundo temblando en el aire como una hoja, pero Cataluña sólo tiene ojos para su “grandiosa” batalla local –la “Democracia de su Pueblo” la llaman–, lucha local que le parece mucho más determinante que las decisivas batallas globales. Esos “luchadores” llaman, con ostentación y mucha solemnidad, a su propósito de separación “verdadera democracia” cuando en realidad se trata de un despotismo plebiscitario de corte prácticamente medieval, una “curia regis” con sus prebostes, bailíos y senescales. En el que se aplica el mismo esquema de aquel viejo sueño prusiano: una Suprema Majestad Honorable que reina, una nueva “aristocracia” (nacionalista) que rodea al Honorable reinante, y un pueblo que obedece. Pero tampoco eso les importa mucho, entregados como están a aquella peligrosa seducción contra la que advirtió severamente, hace ya más de un siglo, Seillière: los “peligros místicos de las democracias contemporáneas”. De esa seducción vino lo que vino. Como de nuestros polvos están saliendo ya los peores lodos, y los que faltan por salir.

El mal romántico

O sea, el mal romántico. El Romanticismo, sea poético o político, es una enfermedad del alma moderna. Resumió Goethe: “a lo clásico lo llamo sano, y a lo romántico enfermo… La mayor parte de lo nuevo no es romántico por ser nuevo, sino por ser débil, achacoso, enfermo, y lo antiguo no es clásico por ser viejo, sino por ser fuerte, fresco, gozoso y sano”. Y en otro lugar añade: “El romántico es un hombre cuya mente comienza a desvariar”. Esa insurrección del sentimiento contra la Razón supone abdicar de la lógica inherente al espíritu humano y renunciar al discernimiento racional. Esa enfermedad consiste en un subjetivismo desatado que eleva la propia subjetividad a Único Juez Supremo, por encima de la Verdad. La causa de esa enfermedad la recogió muy bien un sabio diletante vienés, Egon Friedell, prácticamente desconocido en España, que, en medio de la galerna política de Hitler, recuperó un viejo texto del romántico alemán Clemens von Brentano, en el que éste explicaba en qué consistía el cáncer de la poética/política romántica: “Toda persona tiene en el cuerpo, además de cerebro, corazón, estómago, bazo, hígado u órganos semejantes, poesía; pero quien sobrealimenta a uno de esos órganos, reventándolo a base de comer, lo ceba y lo desarrolla por encima de todos los demás… pierde el equilibrio, y un hígado de pato hipertrofiado puede ser todo lo sabrosísimo que se quiera, pero por debajo de todo eso lo que hay es un pato enfermo” (Brentano). Y remata Friedell: el romanticismo supone la hipertrofia de un órgano (poético o político), y, como cualquier hipertrofia, ese cuerpo carece de la más mínima armonía, de toda confirmación por parte de la realidad, y tal derivación acaba siempre, como ya advirtiera Nietzsche, en el espasmo absoluto, en un estado de narcotización y demencia. Una analogía-retrato bastante precisa de lo que le está ocurriendo, por hipercebamiento o hiperventilación, al hipertrofiado secesionismo de Cataluña.

Los romanticismos acaban siempre en comunión mística con la más anárquica imaginación. Suponen una reacción de “virilidad” contra las parálisis hamletianas de la mente y el razonamiento. Esa reacción suele producirse bien como una enfermedad de vejez en sociedades cansadas y debilitadas, bien como un mal juvenil de sociedades aún “infantiles”, que son llevadas por la sobreexcitación temperamental a flotar en el país de las hadas y las fantasías, despreciando cualquier consideración utilitaria del mundo. Los romanticismos son “enfermedades” –parálisis morales, pero sobre todo intelectuales– que le entran a ciertas sociedades o épocas. En nuestro caso, el mal viene por una “infección” mesiánica que le ha entrado a una parte de Cataluña/País Vasco, cosa que, hasta cierto punto, puede entenderse. Claro que esa grave patología quedaría en nada si no cayese sobre un cuerpo con el espíritu ya bastante dañado y gangrenado: por las insólitas debilidades intelectuales y morales de nuestras instituciones y de millones y millones de ciudadanos españoles, que, atenazados por un enigmático e inexplicable encogimiento mental, consideran a esos nacionalistas expresión de la mayor pureza democrática, eximios paladines de la libertad, aventajados visionarios de la historia y excelsos profetas anunciadores del más prometedor futuro, cuando en realidad son sólo trasnochados y ambiciosos “aristócratas” (es decir, insaciables promotores del privilegio) de un sistema despótico de corte cuasi medieval, totalmente contrario a los requeteacreditados principios de las democracias representativas modernas, que se basan en la igualdad entre ciudadanos que son depositarios de derechos inalienables, y en el primado de la Ley que obliga a todos por igual. Estas democracias modernas son el resultado final de complejas conceptualizaciones teóricamente irrebatibles y empíricamente demostradas. Esa patología “española” (verdadero “morbo hispánico”) será un día causa de pasmo y asombro para las generaciones venideras, que no podrán entender cómo sus antepasados pudieron comulgar con estas gigantescas y estrafalarias ruedas de molino. Quizá haya que concluir con Jonathan Swift que el pueblo, como aquel personaje de La Fontaine, “es hielo ante las verdades y fuego ante las mentiras”.

El narcisismo de la Antifilosofía o el sello de nuestra época

Por lo demás, hay que señalar que nada de esto es tan nuevo. Y, por lo mismo, tampoco tan sorprendente. La Razón vive, desde los tiempos más remotos, en lucha permanente con la Antifilosofía, que no es precisamente una fuerza endeble sino un poder demoniaco. Lo formuló esplendorosamente Jaspers: El “enemigo [de la Razón] es el espíritu de la Antifilosofía, que ni sabe ni quiere saber nada de la Verdad. En nombre de la Verdad introduce en el mundo todo lo contrapuesto a ella, todo lo extraño a ella, todo cuanto es contrario a ella”. Y continúa Jaspers, ese demonio irracional actúa continuamente en el mundo. Su poder proviene no del razonamiento sino de lo esotérico, no de nuestra pobre y limitada reflexión humana sino de las truculencias de lo absurdo. Cuando se da la espalda a la Verdad, sólo quedan dogmas, propagandas, manipulaciones, contradicciones, apasionamientos, mentiras desatadas, en una palabra, un abismo sin fondo al que no se le ve el suelo. Donde manda ese enemigo, su acción destierra la comprobación, impone la arbitrariedad, lleva a las personas a las creencias más absurdas, y acaba causando nuestra perdición. Su sueño son las magias disfrazadas de ciencia. Su meta no es la libertad, sino la obediencia más obcecada y servil. Según Jaspers, detrás de todo esto está el gran monstruo: la Voluntad de Poder. Monstruo que, por lo demás, casi siempre aparece en compañía de su putrefacto gemelo: el Gran Narcisista, que hace cónsul a su caballo y se convierte en Sultán absoluto, en gozne único y fuente de todo derecho, derechos que da o quita con gratuidad despótica. Esa Antifilosofía domina otra vez las sociedades occidentales, aquí y fuera de aquí. Conviene por eso recordar al gran historiador de la ciencia Alexandre Koyré y sus reflexiones sobre el papel de la mentira en el mundo moderno, escritas en 1943 en medio de la gran tragedia. Con bastante inocencia, Koyré creía esto: “nunca se ha mentido tanto como en nuestros días, ni de manera tan desvergonzada, sistemática y constante”. Desgraciadamente ya no es posible informarle de que hemos superado con creces ese gran récord. Advirtió Koyré contra algo aún más alarmante: que la mentira constante y sistemática es rasgo distintivo de los regímenes totalitarios, o de los que van camino de serlo (“los regímenes totalitarios se fundan sobre la primacía de la mentira”). Vivimos, pues, en una situación que combina “oclocracia” (según Polibio, degeneración o corrupción de la democracia debida a ilegalidades y violencias, con lo que acaba convertida en tiranía de la turba) y “kakistocracia”, o gobierno de los peores, una especie de aristocracia de los mentirosos, cínicos, ignorantes, incompetentes, falsarios, sórdidos, perversos y matones. En una palabra, en tiempos de los príncipes de la Posverdad. 

Lo endógeno y lo exógeno

Se equivocan los secesionistas catalanes cuando creen que lo que da fuerza a su “rebelión” son sus impecables aspiraciones democráticas. Puede que lo crean sinceramente, o puede que sea sólo un sofisma interesado. En cualquier caso, confunden lo local con lo universal. El brío o la energía de su “revolución” no proviene principalmente de la supuesta pureza “democrática” de su credo político (el secesionismo), como ellos afirman. Procede en gran medida de un origen bastante distinto: la resurrección del mal romántico. Y algo parecido cabe decir de los miles de análisis que muy ilustres políticos, académicos y escritores, catalanes y no catalanes, han hecho para explicar los sucesos –según parece inimaginables– que han ido aconteciendo en Cataluña. Casi todos ellos explican esos sucesos acudiendo a las viejas patologías catalanas, a las propensiones de su carácter, a los atavismos de su espíritu, a las características políticas del territorio en los últimos siglos, a la peculiar historia/relación de España y Cataluña en el siglo XX, a las ambigüedades, desgaste o insuficiencias de la Constitución Española, y a mil factores más que, sin duda, han jugado un papel importantísimo en esa erupción nacionalista.

Pero, con el debido respeto a todo el mundo, esos análisis pecan de “endógenos” o “localistas” y dejan de lado lo “exógeno” y “universal”. Por decirlo con una analogía reciente de Félix Ovejero, eso viene a ser un MacGuffin. Lo ocurrido y lo que sigue ocurriendo en Cataluña –las aspiraciones que defienden, las argumentaciones que utilizan, los derechos que proclaman, las rebeldías que consuman– no vienen en última instancia de un supuesto ADN puramente democrático catalán, sino de una pulsión mucho más poderosa y global: el narcisismo romanticoide de la época y el “imperio de irracionalidad” que ese Romanticismo expande y contagia. El secesionismo catalán, que llevaba decenios adormecido, no ha despertado de su somnolencia primordialmente por una (supuesta) injusticia histórica de España, ni siquiera por el denominado “conflicto político” (por usar la fórmula que más les agrada), ni por la red de sus “telarañas exteriores”, ni por el final estrepitoso de sus oceánicas corrupciones (todas ellas distinguidamente repugnantes), ni por las imperdonables dejaciones y pasividades infinitas cometidas por las instituciones y los gobiernos centrales, aunque, sin duda, todo eso ha contribuido, esencialmente, a reactivarlo. Pero lo que fundamentalmente ha “resucitado” al independentismo/secesionismo catalán han sido los populismos e irracionalismos que han rebrotado en Occidente (desde Trump a Gran Bretaña pasando por muchas otras partes de Europa) como consecuencia final de los crecientes sentimientos de orfandad, desasosiego profundo, malestar y desorientación histórica de las sociedades occidentales que están cada vez más confusas y perdidas. Por utilizar la fórmula de Heine –magistral romántico heterodoxo–, lo que está causando primordialmente toda esa erupción nacionalista no es una causa local, Cataluña y sus problemas, sino una global: lo que nuestra “época siente, necesita y quiere”. Es decir, “el sello de nuestro tiempo”, por decirlo con la formulación de Schlegel. La época necesita certezas, que no hay, quiere seguridad, que no tenemos, quiere claros horizontes de futuro en un mundo lleno de incertidumbres, quiere mayor bienestar y no sabemos de dónde sacarlo, quiere más justicia y no se la ofrecemos. Y como todo eso no les llega, esperan recibirlo de las más milagrosas ensoñaciones. Aventura que todos sabemos cómo acaba: en la peor barbarie. Por mucho que se adorne con lustrosas interpretaciones políticas, el secesionismo catalán, lejos de ser una corriente profunda de nuestra época, es un mero “cometa” político subsidiario que cruza nuestros cielos empujado por el aire cada vez más cálido de los irracionalismos trasnacionales y otras fuerzas de gran calado. La coincidencia temporal entre la eclosión de esos secesionismos territoriales y los populismos/irracionalismos globales no es un hecho meramente casual. 

El rayo y el trueno

Todo eso es impactante, pero lo verdaderamente abradacabrante es otra cosa. Que se diga y repita, como se hace con machacona frecuencia, que todo cuanto hemos ido viendo en Cataluña –o con Trump o con el Brexit– era impensable. No lo era. Cualquiera que haya estudiado un poco el fenómeno –literario y político– del romanticismo sabía que acabaría ocurriendo, antes o después, todo cuanto está pasando porque cuando hay romanticismo, estalla el nacionalismo, y donde hay romanticismos se dan todos los desvaríos de la fantasía que estamos viendo. Como puede comprobarse leyendo los muy valiosos análisis de personas tan eminentes como Ricarda Huch, Heinrich Heine, Rudolf Heym, Theobald Ziegler, Erich Vögelin, Friedrich Gundolf, Friedrich Meinecke, Hermann A. Korff, H. Schenk, Rüdiger Safranski, los mencionados Seillière o Berlin, el siempre agudísimo Carl Schmitt, el muy meritorio M. H. Abrams, o hasta el mismísimo Hegel. Por raro que pueda sonar, Cataluña no ha hecho más que cumplir, milimétricamente, las leyes (a veces casi tan inmutables como las de Newton) que rigen el ser y la naturaleza de los movimientos románticos.

Así que la sorpresa ante las aberraciones a las que hemos asistido, asistimos y seguiremos asistiendo no puede ser más que relativa. Otra cosa es que nos haya interesado mirar para otro lado, o que, por comodidad, hayamos infravalorado los peligros y consecuencias de nuestras cobardías. Contra todos esos peligros advirtió en su momento con frase profética Heine: “el pensamiento precede a la acción como el rayo al trueno. El trueno alemán es, claro está, alemán, lo que quiere decir que no es muy rápido y que tardará un poco en llegar; pero llegará, y cuando lo oigáis tronar, cuando oigáis tronar como nunca jamás ha tronado en la historia del mundo, sabed que el trueno alemán ha alcanzado por fin su meta”. Esperando estábamos nuestro trueno “alemán” porque el rayo ya había atravesado, hace tiempo, nuestro firmamento político (ante la pasividad y tancredismo de gobernantes y otras élites infaustas). Da toda la impresión de que ya ha venido, aunque quizá no esté todavía completo: el coronavirus global, retrato trágico de nuestras narcisistas sociedades-novela. Lo profetizó magistralmente Max Weber: “niños que echan mano de la rueda de la historia acaban despedazados”. Nos lo recuerda un poema del siglo XV de William Dunbar sobre nuestra condición, “Yo, que era sano y vivía contento, estoy ahora atribulado por grave mal y debilitado por la enfermedad: Timor mortis conturbar me… El fuerte y despiadado tirano arranca del pecho materno donde mama al niño que es todo inocencia: Timor mortis conturbat me…”. Vergonzosamente desnuda está quedando nuestra trivialidad y más todavía nuestra soberbia –infundada– de dominadores del mundo y de la historia: la fatua y gratuita sobreestimación que tenemos de nosotros mismos, nuestra falta de prudencia, contención y modestia, el despectivo olvido de las “vicisitudes de la Fortuna que no perdona a ningún hombre ni a la más gloriosa de sus obras, que entierra imperios y ciudades en una fosa común” (Edward Gibbon), el menosprecio a las enseñanzas y advertencias de nuestros padres que sí se habían enfrentado a las terribles tragedias de la vida y de la muerte, el ignorante y prepotente olvido de la permanente existencia de “cisnes negros” que reaparecen una y otra vez en la historia. Pues bien, ya está aquí el trueno que viene a despertarnos de nuestro “sueño dogmático” (Kant), de nuestra extensa e intensa falta de realismo, causa eternamente recurrente en las tragedias históricas. La razón de nuestra negligencia suicida está primorosamente formulada en una famosa frase de quien fue considerado princeps philosophorum y que conoció muy, pero que muy de cerca los fundamentos huecos de las fantasías románticas, Hegel: “un delirio báquico en el que no hay miembro [añadamos nosotros, región, país, gobernante, élite o votante] que no esté ebrio”.

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