Chotacabras, rascaviejas: un día en la Mancha húmeda

0
232

 

Un día de estos habrá que traer aquí un muestrario de la ‘lengua de los bancos´, porque haberla, hayla. A mí me toca soportar la de Bankinter, y a veces hasta descifrarla. Hoy tengo ante mí un folleto bankinteriano que me ofrece amablemente un 4% a cambio de algo que no tengo, pero lo dice así: “Para nosotros, su jubilación se merece nuestro mayor interés”. Seguro que han cogido el símil, ¿verdad? Pero a lo que voy es a que está escrito verdaderamente con las patas. Si hablas de “nuestro mayor interés”, ¿qué falta hace ese “para nosotros”? Y si quieres empezar así, ¿no es evidente que hay que suprimir “nuestro” y poner “…se merece el mayor interés”? Me niego a que haya que  ser filólogo para redactar bien, con claridad y sencillez. Les falla el oído de una manera estrepitosa.

 

Nada que ver con el regusto que me ha quedado después de un recorrido por las Tablas de Daimiel, en compañía de un guía autóctono, nacido y criado en la zona, en sus tiempos cazador furtivo y hoy conservacionista, según sus propias palabras. Concepción –Conce para los amigos- es un reservorio de sabiduría y de palabras, sobre todo de animales y plantas, pero también de oficios y hasta de arqueología, en una zona habitada desde tiempos remotos. Se relaciona con científicos que van por allí y lee sus textos, es un gran aficionado a los documentales de naturaleza, y se sabe todo sobre las Tablas, el Guadiana y en general la Mancha húmeda. Además es simpatiquísimo y sólo pide una propinilla para complementar “ese subsidio para los viejos” –dice- que ahora recibe y que es de temer no le dure mucho. Allí, siguiéndole, nos enseñó muchos animales y plantas y le oímos muchas historietas contadas con una pasión y una sencillez refrescantes. Vimos revolotear al buitrón, el pajarito “más ligero que existe”, según él con un peso de ocho gramos; el chotacabras, la cigüeñela, la zancuda con las patas –rojas- más largas en proporción a su tamaño; nos enseñó una hierba áspera a la que llamaban rascaviejas, vimos tórtolas, la turca y la de aquí, patos colorados, garzas, pochas, todos ellos con su consiguiente explicación, y nos dejó con ganas de volver cuando evocaba, entusiasmado, el lío que montan las grullas que llegan a miles hacia finales de octubre. La gente de campo habla mucho mejor que los urbanitas.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.