Chup, chup

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Pedrosench” ha repetido, y entonces se ha visto próximo a empezar a desvariar, con el sueño aún presente, como si se dispusiera a entrar en trance para recitar extrañas palabras de un lenguaje antiguo y extinguido: “pedrosench, pedrosench...

 

Esta mañana a uno, mientras se miraba en el espejo recién levantado, le ha dado por tratar de pronunciar Pedro Sánchez en su variante moderna, que parece casi concebida para que la promocione Tamara Falcó. Ha sido un impulso espontáneo, quizá guardado en el subconsciente como Junqueras lleva guardada la patria y luego la pronuncia ante la audiencia con una soltura que recuerda a los de Operación Triunfo originales, cuando les ponían delante un micrófono para que hablaran y sólo eran capaces de emitir gorgoritos: “-Hola David, ¿cómo estás?/-Por el amor de esa mujeeeeer…”. Junqueras emite gorgoritos, y también Homs al que además se le pone una sonrisa radiante, como la de Bustamante, cuando saca a relucir sus plumas de pavo catalanas, mucho más bonitas, de calidad superior, que las españolas. Uno se ha levantado, decía (no sabe por qué pero en ese momento, ante el espejo, siempre se le viene a la memoria el Ian McEwan de ‘Jardín de cemento’, el adolescente que también observa con curiosidad su imagen reflejada y un día decide no volver a lavarse) y se ha dicho a sí mismo: “Pedrosench”. Por un instante se ha sorprendido como Jason Bourne cuando descubre en un frío parque de Zúrich que tiene el don de lenguas antes de liarse a tortas. “Pedrosench” ha repetido, y entonces se ha visto próximo al desvarío, con el sueño aún presente, como si se dispusiera a entrar en trance para recitar extrañas palabras de un lenguaje antiguo y extinguido: “pedrosench, pedrosench, zetapé, kalimá…”, igual que si, mientras, en Ferraz se estuviera produciendo la celebración de un rito secreto donde el federalismo hace chup, chup en la sartén, según la receta de hoy de Ruiz Quintano, y a uno le hubiera pillado sin ni siquiera haberse lavado la cara.