Complejos

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Los complejos son turbulencias secretas que agitan el mundo a escondidas. Como no están bien vistos, los ocultamos o por lo menos intentamos disfrazarlos de razonamientos coherentes. Todos conocemos su poder real y sabemos que han sido y son responsables de decisiones políticas, guerras, asesinatos, injusticias, maltratos, acosos, despidos, depresiones, suicidios.

 

Bien llevados –y compartidos– también pueden tener su lado positivo: fomentan el espíritu de superación, añaden matices a nuestra personalidad y, sobre todo, nos mantienen en guardia frente al riesgo de creernos perfectos. Sin complejos, la vida sería indiscretamente feliz y plana. No hay nadie que se libre de ellos, siempre han existido. Por eso el psicoanálisis, cuando les puso nombre, acudió a la Historia, a las tragedias griegas, a la Biblia, a los cuentos tradicionales, a la mitología.

 

En nuestros días el repertorio de complejos crece con una vitalidad asombrosa. La semana pasada leía en la prensa el testimonio de un joven en busca de empleo acomplejado por estar demasiado preparado. Se planteaba ocultar algunos de sus títulos en el currículum. Todos sabemos que lo normal es hinchar los perfiles, pero aquí se trata de quitarse méritos. Y es que parece ser que al trabajador se le prefiere centrado y justito, tirando a mediocre, no vaya a tener mejores ideas que los jefes, o les pida más sueldo.

 

Al gordito, su complejo puede animarle a adelgazar, al tímido a intentar ser más comunicativo, al feo a arreglarse más, al bajito a ir más estirado… pero, ¿qué pasa cuando uno llega a sentirse mal por poseer muchas habilidades, por estar bien preparado, por ser inteligente e inquieto? ¿Cómo se renuncia a eso? ¿Cómo se desaprende? ¿Cómo desgastamos la geometría del talento hasta dejarlo plano? Si la calidad del empleo ofrecido por las empresas no justifica los esfuerzos formativos, ¿qué motivación podemos pedir al estudiante sino la sensación de estar desperdiciando su vida?

 

Otro de los complejos propiciados por los cárteles de la mediocridad es el complejo de artista, es decir la dificultad que muchas personas con capacidades artísticas tienen para declararlas a la hora de buscar un trabajo normal o incluso de ser aceptadas en un determinado grupo social. Conozco a mucha gente que lo sufre. Es la consecuencia lógica de considerar como estándar el adocenamiento ramplón de las mayorías, de preferir a los gobernantes simpaticones y crapulillas mejor que cultos y refinados, de meterse con el niño distinto y sensible, de estigmatizar al empollón, de apartar de la cuadrilla al que se aburre con la monserga de fútbol, coches y tías.

 

Es absolutamente intolerable que la excelencia y las capacidades de una persona puedan ser motivo de exclusión. Exigir la mediocridad en los demás es propio de quien la cultiva habitualmente y necesita perpetuarla para asegurar su estatus. El mediocre no tolera que nadie destaque a su alrededor.

 

Si usted intuye que más allá de las medianías y los balances existen otros mundos a explorar, si siente la pulsión de lo distinto, de descubrirse dudando y aprendiendo y volviendo a dudar, si le urge expresar todo eso ante los demás, usted es afortunado y debe aprovechar su don. Declárelo a los cuatro vientos y haga de él su bandera. Sea selectivo, no pierda el tiempo con quién no lo merece, busque a quienes son como usted y cultive el arte de compartir. La vida es demasiado corta para desaprovecharla en compañía de los mezquinos.