Cuál de las dos es más ligera

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Uno tiene la impresión de que quien lo pasó mal entonces fue el abogado, uno que salía fumando todo el rato, como si hubieran ensayado una y otra vez las declaraciones a sabiendas de que a su cliente lo que le gustaba (o lo único que sabía) era improvisar...

 

Esa investidura dichosa tiene a Susana molesta y a Andalucía, según sus propias palabras, paralizada. La culpa de esta parálisis la tienen el PP y los nuevos partidos (haciendo historia en la desdicha se encuentra Díaz), y eso que jamás jamás han gobernado en el sur. Esto es tan complejo que uno tendría que ir a preguntarle acaso a un politólogo, a un científico de la política, para que se lo explique, pues el asunto debe de tener su vuelta. No puede ser tan fácil pensar así, a vuelapluma, que lo que pasa es que allí todos tienen mucho arte porque eso es imposible. Susana le pide al presidente que interceda (y olé) porque quiere la Junta y al mismo tiempo se ríe al recibir la noticia de que hoy no la tendrá con la sonrisa del futbolista amonestado, o el cinismo que sin embargo la reviste (aunque ella lo que quiere es que se la invista) de verdad. Todo es tan cierto como lo que se ve, o como lo que se vio. Y hay tantos capítulos, y tan memorables, que basta con recordar alguno antiguo, ya descatalogado, de los que guardan polvo en la juicioteca, como por ejemplo el del ex director de Trabajo de Andalucía (nombre que dadas las circunstancias es una cosa tan llamativa como aquel equipo de Bobsleigh de Jamaica), el individuo que afirmaba no ser putero sino jovial. Notable fue también lo de que no se dedicaba a la drogodependencia y que se tomaba los gintonics que quería con un timbre de voz precisamente de drogodependiente, o si no tanto, de parroquiano de bar con solera, igual que si estuviera acodado en una barra y no en una comisión de investigación, aunque ahora mismo no sabría uno decir cuál de las dos es más ligera. Sólo le faltó una reacción del estilo de la de Johnny Friendly (Juanito Jovial en la traducción literal) en el tribunal de ‘La ley del silencio’, dando patadas y gritando: ¡chivato! con la lengua entre los dientes, mientras los alguaciles le arrugaban el traje y la corbata tratando de sujetarle. Uno tiene la impresión de que quien lo pasó mal entonces fue el abogado, uno que salía fumando todo el rato, como si hubieran ensayado una y otra vez las declaraciones a sabiendas de que a su cliente lo que le gustaba (o lo único que sabía) era improvisar, y de qué modo. Uno de niño nunca hubiera imaginado a un director general con semejantes hechuras. Los eufemismos jurídicos, y políticos, no dejan de asombrarle, como si fuesen elegidos para hacer reír; porque lo más jovial que allí había eran esas gafas de pasta blanca, como la nieve, del susodicho. Lo que no es broma es que no es desde entonces ni desde mucho antes sino «sólo» desde hace unos días cuando Susana Díaz advierte de que Andalucía está paralizada.