Cuando la cobardía se contagia

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La Argentina atraviesa estos días una suerte de epopeya antigarantista en el orden jurídico, agravada por una iniciativa fogoneada por diversos foros de abogados que encontraron eco en la Corte Suprema de Justicia y en el gobierno de la peronista Cristina Fernández de Kirchner: una reforma del Código Penal que se ha encontrado con una brutal oleada en contra.

 

– ¿Qué es el dinero?

– ¿Dinero? El principio y el final de todas las cosas.

Amor, honor, violencia, furia, odio, celos, venganza, muerte

                                                                                                                                           Kim Ki-duk

 

La Argentina atraviesa estos días una suerte de epopeya antigarantista en el orden jurídico, agravada por una iniciativa fogoneada por diversos foros de abogados que encontraron eco en la Corte Suprema de Justicia y en el gobierno de la peronista Cristina Fernández de Kirchner: una reforma del Código Penal que se ha encontrado con una brutal oleada en contra, no sólo de varios dirigentes opositores y sus respectivos lobbies y verdaderos jefes, sino también con una amplia zona de la sociedad civil que ha decidido también contra un recrudecimiento un tanto inflado de la inseguridad hacer justicia por sus propias manos, montados en el discurso de varios candidatos que en sus habituales viajes a los Estados Unidos no dudan hasta de armar foros con el Club del Rifle.

 

Cuando un técnico explica una cuestión compleja, se supone que conviene escucharlo. Luego, se podrá o no de acuerdo pero habrá un argumento para discutir y no los que se escucharon, dignos de ser ignorados. Eso sucedió cuando Eugenio Raúl Zaffaroni, uno de los supremos de mayor prestigio en lengua castellana, que estudia la cuestión hace años, resultó insultado y poco menos que acusado de cómplice de punguistas por el solo hecho de intentar presentar un anteproyecto de ley de reforma que no fue escuchada, fue peor entendida pero bien voceada en radios y televisión como una propuesta que reforzaría la impunidad criminal, dejaría al sujeto (que también es de derecho) libre antes de cumplir su condena más corta, por supuesto– dejando al país y al vecino en manos de hordas salvajes que saltarían como mastines directo a sus prósperas mandíbulas.

 

En los últimos diez días en este país que no dijo esta boca es mía cuando se arregló el Mundial de Fúltbol 1978; que festejó, en 1982, con prolijidad envidiable la ocurrencia de un militar borracho de invadir unas islas a las que no conozco a nadie que pretenda ir a conocer; que juzgó a militares y civiles que asesinaron o mandaron a asesinar a miles de militantes políticos, entre 1974 y 1983, que no tuvieron la fortuna de escapar a tiempo; este país que se permitió luego indultar a esos mismos militares y civiles (de los curas mejor no hablar); militares y civiles vueltos a juzgar luego de la asunción de Néstor Kirchner -haciendo de los derechos humanos (en tiempo pasado) una de sus banderas; en este país, donde lavar dinero es casi tan fácil como invertir en viviendas, en los últimos diez días, doce punguistas fueron atacados por diversas patotas en todo su territorio, provocando la muerte de algunos de ellos. A eso se llama linchamiento.


¿Qué es un linchamiento? Es atacar, siempre de a cuatro o cinco, a un ladrón de poca monta, que por lo general sólo tiene por arma un cuchillo u otra arma de filo, que es torpe y miedoso y que sabe a su pesar que la policía, muchas veces cómplice, depende el aire de los tiempos- no va a aparecer. El punga será golpeado entre varios, con palos, cadenas, será pateado, en las costillas, la cabeza, la nariz, los testículos, hasta dejarlo en coma o matarlo o arruinarlo, y después saludar a la hinchada por las redes sociales o la radio o la televisión, tal cual héroes civiles, decididos al ojo por ojo sin contemplar qué condiciones se conjugaron para llegar hasta este límite.

 

En el día que escribo esto, hubo cinco ataques; un actor salvó, literalmente, de que colgaran a un ladrón de relojes; ayer fue un portero, que se sentó sobre el cuerpo del agredido para evitar su muerte. En el día que escribo esto en la Argentina es feriado por el inicio de una chirinada en el Altlántico sur. En el día que escribo esto recordé que Ricardo Enrique Fogwill, ese gran escritor muerto hace tres años, dijo que si mi país tenía democracia era gracias a Margaret Thatcher, como para que nadie se hiciera ilusiones que después de 1983 el disciplinamiento seguiría, por otros medios, pero seguiría.

 

Creételo.

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.