
Hace aproximadamente ochocientos años, un hombre casi ciego, enfermo y próximo al final de su vida fue capaz de mirar mucho más lejos que quienes tenían los ojos abiertos. Se llamaba Francisco de Asís.
Y desde su enfermedad, desde su pobreza y desde su profunda espiritualidad, dejó a la humanidad uno de los mensajes más hermosos que jamás se hayan escrito sobre nuestra relación con la naturaleza: el Cántico de las criaturas, conocido también como el Cántico del hermano Sol o Laudes Creaturarum.
Francisco no contemplaba la naturaleza como una propiedad del ser humano. No hablaba de ella como de una despensa de la que podemos extraer indefinidamente aquello que necesitamos. No veía un bosque solamente como madera, un río solamente como agua, un animal solamente como un recurso o una montaña solamente como un lugar donde obtener minerales.
Francisco hablaba de hermanos y hermanas. Hermano Sol. Hermana Luna. Hermano Viento. Hermana Agua. Hermano Fuego. Y, sobre todo, nuestra hermana, la Madre Tierra.
La Tierra que nos sustenta, que nos alimenta, que produce frutos, flores y hierba.
Es extraordinario pensar que hace ocho siglos, cuando todavía faltaban cientos de años para que aparecieran conceptos como ecología, cambio climático, biodiversidad o crisis ambiental, un hombre pudiera expresar una idea tan profundamente moderna: que los seres humanos no estamos separados de la naturaleza, sino que formamos parte de ella.
Y quizá ahí esté una de las grandes tragedias de nuestra civilización. Que hemos olvidado que somos Tierra.
Hemos convertido a la naturaleza en mercancía. Hemos puesto precio al agua, a los bosques, a los minerales, a los animales y hasta al aire. Hemos construido una civilización que muchas veces se comporta como si el planeta fuera infinito y como si nosotros fuéramos sus propietarios absolutos.
Pero la Tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la Tierra.
Y eso es precisamente lo que ocho siglos después recuperó el Papa Francisco cuando publicó en 2015 su encíclica Laudato si’, cuyo propio título procede de las primeras palabras del Cántico de las criaturas de San Francisco. En ella recuerda que nuestra casa común es también nuestra hermana y nuestra madre y advierte de las consecuencias de haber creído que somos propietarios y dominadores de ella.
La conexión no es casual. El Papa Francisco entendió que aquel canto nacido en la Edad Media seguía teniendo una extraordinaria actualidad en pleno siglo XXI. Porque el planeta estaba enfermo. Y continúa enfermo.
Los océanos reciben millones de toneladas de contaminación. Los bosques desaparecen. Los ríos son contaminados o desviados. El clima se altera. Las especies desaparecen. Los grandes simios pierden sus territorios. Los pueblos indígenas son expulsados de sus tierras. Y nosotros continuamos hablando de crecimiento económico como si pudiéramos crecer indefinidamente sobre un planeta finito.
San Francisco, probablemente, habría contemplado todo esto con enorme tristeza. Porque para él la naturaleza no era un escenario donde se desarrollaba la vida humana. Era la vida misma.

Y aquí quiero establecer un puente que considero fundamental. Mucho antes de que San Francisco pronunciara sus palabras, muchos pueblos originarios del planeta ya vivían una relación profundamente vinculada a la tierra. Para ellos, la tierra no era simplemente una propiedad registrada en un documento. Era territorio, memoria, alimento, cultura, espiritualidad, identidad, hogar y vida.
Por eso resulta tan doloroso contemplar cómo, todavía hoy, determinados pueblos indígenas tienen que luchar para impedir que otros decidan sobre sus territorios sin contar con ellos.
Los pueblos originarios llevan en muchos casos una memoria ancestral que les recuerda algo que nuestra sociedad industrial ha olvidado: si destruyes la tierra que te alimenta, estás destruyendo tu propio futuro.
No podemos aceptar una conservación de la naturaleza que expulse precisamente a quienes durante generaciones ha n sabido vivir junto a ella.
Los pueblos indígenas no deberían ser tratados como un obstáculo para conservar la biodiversidad. Son, en muchísimos lugares, sus grandes guardianes.
Lo vemos en África. Lo vemos en América. Lo vemos en Asia. Lo vemos allí donde comunidades originarias continúan protegiendo territorios frente a intereses económicos que solamente contemplan el beneficio inmediato.
Y aquí San Francisco vuelve a hablarnos desde hace ochocientos años. Nos está diciendo que cambiemos nuestra mirada. Que dejemos de mirar la Tierra como una cosa. Que dejemos de preguntarnos cuánto podemos obtener de ella y empecemos a preguntarnos qué podemos hacer para cuidarla.
Porque existe una diferencia enorme entre dominar y convivir. Entre explotar y respetar. Entre poseer y pertenecer. Entre considerar a un animal un recurso y reconocer que comparte con nosotros el milagro de estar vivo.

El Cántico de las criaturas es, en ese sentido, mucho más que una oración religiosa. Es también una declaración de humildad.
Francisco se coloca dentro de la creación, no por encima de ella. No dice: «Alabado sea Dios porque nosotros somos los dueños de todo». Dice: hermano sol, hermana agua, hermano fuego, madre tierra. Es decir, establece una relación. Y cuando existe una relación de fraternidad, resulta mucho más difícil destruir aquello que consideramos hermano.
Quizá eso sea precisamente lo que necesitamos recuperar. Una nueva relación con la Tierra. No solamente nuevas tecnologías. No solamente nuevas leyes. No solamente nuevas cumbres climáticas. Necesitamos cambiar nuestra manera de mirar.
Porque podemos desarrollar la inteligencia artificial más sofisticada del mundo y continuar siendo profundamente ignorantes si no comprendemos que dependemos del agua, del aire, de los bosques, de los océanos, de los insectos que polinizan nuestras plantas y de millones de especies que hacen posible nuestra propia existencia.
Podemos viajar a Marte, pero seguiremos necesitando la Tierra para respirar. Podemos construir máquinas capaces de pensar, pero ninguna máquina podrá sustituir el agua que bebemos ni el sol que alimenta TODO. Podemos levantar ciudades gigantescas, pero ninguna ciudad puede vivir sin ecosistemas que la sostengan.
La Tierra no necesita al ser humano para existir. Nosotros sí necesitamos a la Tierra. Y quizá ésta sea una de las lecciones más profundas que nos dejó San Francisco de Asís. Una lección que el Papa Francisco recuperó en Laudato si’ y que hoy debería ser escuchada no solamente por creyentes, sino por toda la humanidad.
Porque no necesitamos creer exactamente lo mismo para comprender algo tan sencillo como que destruir nuestra casa común es destruir nuestras propias posibilidades de futuro.
Y aquí vuelvo a los pueblos originarios.
Cuando un pueblo indígena defiende su territorio, muchas veces está defendiendo algo que nosotros hemos olvidado. Cuando un anciano indígena habla de un río, no está hablando solamente de agua. Está hablando de su historia. Cuando habla de un bosque, está hablando de sus antepasados. Cuando habla de un animal, está hablando de una relación. Cuando habla de la tierra, está hablando de su propia vida.
Por eso, cuando expulsamos a un pueblo de su territorio, no estamos solamente cambiando una frontera. Estamos arrancando una parte de su identidad.

Y cuando destruimos un ecosistema, no desaparecen únicamente árboles y animales. Desaparecen historias, conocimientos y culturas. Desaparecen formas de entender el mundo que la humanidad quizá necesitará algún día para sobrevivir.
San Francisco lo comprendió hace ocho siglos. Los pueblos originarios lo comprendieron mucho antes. Y nosotros todavía estamos intentando comprenderlo.
Quizá por eso necesitamos volver a escuchar aquel viejo canto. No para quedarnos solamente con su belleza. Sino para convertirlo en compromiso. Que el hermano Sol siga iluminándonos. Que la hermana Agua siga siendo limpia y abundante. Que el hermano Viento pueda seguir recorriendo nuestros cielos. Que el fuego no se convierta en destrucción. Que los bosques continúen respirando. Que los océanos sigan llenos de vida. Que nuestros hermanos evolutivos puedan seguir viviendo en libertad. Que los pueblos originarios puedan seguir siendo guardianes de sus territorios.
Y que nuestra hermana, la Madre Tierra, pueda continuar alimentando a las generaciones que todavía no han nacido.
Porque quizá la verdadera revolución que necesitamos no sea conquistar la naturaleza. Sea reconciliarnos con ella.
San Francisco, casi ciego, fue capaz de verla. Los pueblos originarios nunca dejaron de hacerlo. Y nosotros, que presumimos de verlo todo, quizá tengamos que cerrar los ojos durante un instante para volver a mirar.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Madre Tierra. O, dicho en un lenguaje que todos podamos comprender: Gracias, Tierra, por darnos la vida. Ahora nos corresponde a nosotros defender la tuya.




