
No juguemos con la salud de nuestros niños
Hay veces en las que una sociedad descubre que aquello que se presentó como una mejora, como un avance y como una solución moderna puede esconder un problema que nadie quiso mirar suficientemente de cerca.
Durante años hemos llenado nuestros parques infantiles de suelos de caucho. Se nos dijo que eran más seguros porque amortiguaban las caídas, más higiénicos y más adecuados para que nuestros niños jugaran sobre ellos.
Pero ahora científicos, pediatras y organizaciones ambientales están haciendo sonar las alarmas.
Y cuando hablamos de niños, embarazadas y salud pública, las administraciones no deberían esperar a que llegue la certeza absoluta de un daño para actuar.
La investigadora Ethel Eljarrat, directora del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua del CSIC, ha alertado de la presencia en estos materiales de numerosos compuestos químicos que pueden liberarse progresivamente. Investigaciones citadas por la campaña impulsada por Ecologistas en Acción han identificado plastificantes, retardantes de llama, metales pesados y otros contaminantes. Algunos de estos compuestos son conocidos por sus efectos tóxicos y algunos tienen propiedades cancerígenas o de alteración hormonal.
El problema no es solamente lo que contiene el caucho cuando está nuevo. El problema está también en lo que sucede cuando envejece, cuando recibe durante años el sol, la lluvia, el calor y el desgaste producido por miles de niños jugando sobre él.
El material se degrada. Y al degradarse puede liberar partículas y sustancias químicas.
Los niños las pueden tocar, inhalar y, como ocurre habitualmente durante el juego, llevarse las manos a la boca. Los especialistas advierten además de una exposición continuada que puede acumularse a medio y largo plazo.
Y aquí es donde debemos hacernos una pregunta que debería incomodar a todos los responsables públicos:
¿Era necesario llenar nuestros parques infantiles de derivados del petróleo cuando existían y existen alternativas naturales? Arena. Tierra. Grava. Corteza. Virutas de madera. Césped y espacios naturalizados.
La propia Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas reconoce que los granulados y materiales de caucho procedentes de neumáticos pueden contener hidrocarburos aromáticos policíclicos, metales y ftalatos, además de liberar compuestos orgánicos volátiles y contribuir a la contaminación por microplásticos.
Cuando existe una alternativa y hablamos de la salud de los niños, el principio de precaución debería estar por encima de la comodidad administrativa.
Por eso considero necesario que ayuntamientos, comunidades autónomas y Gobierno central actúen coordinadamente y realicen un censo nacional de todos los parques infantiles que utilizan pavimentos de caucho o materiales procedentes de neumáticos reciclados. Se efectúen de forma inmediata análisis por parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y se cierren de forma inmediata aquellos que se encuentren en malas condiciones o cuyos valores de análisis hayan demostrado la peligrosidad existente de contaminación.
Hay que saber dónde están. Hay que saber qué materiales contienen. Hay que conocer su antigüedad y su estado de conservación. Y, sobre todo, hay que dejar de esperar.
¿Cerrar los parques?
Ante las alertas científicas actuales, la posición que debemos defender es clara: los parques infantiles que contengan estos materiales y sobre los que exista una duda razonable acerca de su seguridad deben ser retirados de uso de manera preventiva hasta que sean evaluados y, cuando corresponda, sustituidos.
Y mientras permanezcan pendientes de evaluación o sustitución, las familias deben ser informadas claramente mediante carteles visibles.
No escondamos el problema con una noticia que salga en los medios y que al día siguiente se olvide. No lo dejemos para después de las elecciones. No lo convirtamos en otro expediente que duerme durante años en un cajón municipal.
La salud de un niño no puede esperar a la próxima legislatura.
Los gobiernos municipales, autonómicos y nacional tienen que asumir su responsabilidad. Porque si mañana se demuestra que determinados materiales presentan un riesgo que podía haberse evitado, nadie podrá decir que no existían advertencias.
Y si finalmente las investigaciones determinan que determinados pavimentos no presentan el riesgo que hoy se teme, habremos actuado protegiendo preventivamente a los niños sin causar un daño irreversible.
Ese es precisamente el sentido del principio de precaución.
No necesitamos parques de plástico: necesitamos devolver la naturaleza a los niños
Existe además una cuestión que va mucho más allá de la toxicidad. Hemos convertido demasiados espacios infantiles en superficies artificiales. Hemos sustituido tierra, arena, árboles, hierba y naturaleza por caucho, plástico y cemento. Y después nos sorprendemos de que los niños estén cada vez más alejados de la naturaleza.
¿No sería mucho más lógico recuperar parques donde los niños puedan tocar la tierra, jugar con arena, correr sobre superficies naturales, observar plantas, sentir la sombra de los árboles y relacionarse con un entorno vivo?
El debate sobre el caucho debería servirnos también para recuperar una idea muy sencilla: un parque infantil no tiene por qué parecer una pista industrial. La naturaleza también puede ser un espacio de juego.
Y debemos recordar algo especialmente importante: el caucho se instaló precisamente con el argumento de aumentar la seguridad frente a las caídas. Sin embargo, especialistas que han participado en las recientes denuncias cuestionan que estos pavimentos sean necesariamente más seguros en todos los aspectos y señalan alternativas naturales capaces de amortiguar impactos.
Por tanto, no podemos seguir justificando automáticamente el caucho diciendo que es «más seguro». La seguridad de nuestros niños debe contemplar la caída y también la exposición ambiental.
Padres: no miréis hacia otro lado
Y aquí también existe una responsabilidad de las familias. Los padres tienen derecho a preguntar a sus ayuntamientos qué material existe en el parque donde juegan sus hijos. Tienen derecho a saber cuándo se instaló. Tienen derecho a conocer su composición. Tienen derecho a exigir que se inspeccione cuando está deteriorado. Y tienen derecho a pedir que se sustituya cuando existan alternativas más seguras.
No debemos esperar a que una administración actúe solamente porque llega una denuncia o porque aparece una noticia en los periódicos. La ciudadanía tiene capacidad para reclamar, preguntar y exigir información.
Y los padres, especialmente, tienen una herramienta fundamental: no aceptar el silencio como respuesta.
Porque estamos hablando de sus hijos. Estamos hablando de niños que pasan horas jugando sobre esas superficies. De madres embarazadas. Y estamos hablando también de mujeres embarazadas, trabajadores municipales, monitores y otras personas que pueden permanecer durante largos periodos en estos espacios.
Responsabilidades, no excusas
Los responsables públicos tendrán que explicar por qué se instalaron masivamente estos materiales, qué controles se realizaron, qué sustancias contienen, qué investigaciones se tuvieron en cuenta y qué medidas se adoptarán ahora ante las nuevas advertencias científicas.
No sirve decir simplemente: «Cumplían la normativa». Las normativas cambian cuando cambia el conocimiento científico. Y precisamente para eso existen las administraciones: para proteger a la población y adaptar sus decisiones cuando aparecen nuevas evidencias.
No estamos hablando de cambiar farolas. Estamos hablando de los lugares donde juegan nuestros hijos y nietos.
Por eso hay que reclamar un plan urgente: censo nacional, evaluación de los materiales, identificación de los pavimentos deteriorados, información pública y sustitución prioritaria por alternativas naturales.
Y allí donde existan dudas razonables sobre la seguridad de una superficie concreta, debe prevalecer la protección de los menores. Porque esperar no siempre es prudencia. A veces, esperar es simplemente retrasar una decisión que ya sabemos que tenemos que tomar. Y con la salud de nuestros niños no deberíamos jugar.
Los parques infantiles deben ser lugares de vida, juego y naturaleza. No laboratorios al aire libre de exposición continuada a sustancias químicas. Que nadie nos diga mañana que no había sido advertido.
Los científicos están hablando. Los pediatras están hablando. Las organizaciones ambientales están hablando. Ahora les corresponde hablar y actuar a las administraciones y también a los padres.
Porque nuestros niños no tienen por qué ser quienes paguen el precio de nuestros errores.




