Cuando las mujeres salen en las portadas de los periódicos

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Hoy, leyendo las ediciones on line de El País de Madrid y la Folha de São Paulo, encuentro varias noticias que tienen como protagonistas a las mujeres. Veamos: dice la Folha que en Itaquera (São Paulo) se imparten cursos de maquillaje a mujeres que sufren la violencia machista, para favorecer su autoestima. Y cuentaEl País que, en Camerún, a la cuarta parte de las chicas les ‘planchan’ los senoscon objetos ardiendo para, cercenándoles su feminidad, disimular la llegada de la pubertad y evitar así violaciones y embarazos. Camerún es uno de los treinta países donde se practica la ablación del clítoris, una tradición aberrante que en esas sociedades defienden masivamente tanto hombres como mujeres porque, sin pasar por ese ‘trámite’, la mujer no será capaz de encontrar un marido ni de llevar una vida normal. Sin placer, con infecciones constantes y muchas otras complicaciones, en cada regla y en cada parto, pero una vida normal. El catálogo de la barbaridad humana es inagotable, ay…

Así estamos. Podemos vanagloriarnos de que el mayor país de la América Latina, ese gigante emergente que está en el centro de las miradas desde hace un tiempo, está presidido por una mujer; podemos decir con orgullo que, cada vez más, las mujeres llegamos a los puestos laborales y a las sillas de las facultades que antes nos estaban vetados. Pero concluir que estamos siquiera cerca del final de la opresión patriarcal es no querer ver la realidad. En Brasil, más de dos millones de mujeres son golpeadas cada año; casi siempre, por sus compañeros o ex compañeros. Es decir, 175.000 mujeres agredidas al mes, 5.800 cada día, 243 por hora, 4 por minuto, una mujer que recibe un golpe cada 15 segundos en Brasil. Las cifras no cambian tanto de un lugar a otro; lo que cambia es la atención o el silencio que le dedican los medios de comunicación de masas. Eso en España lo aprendimos hace unos años.

Anteayer, discutiendo sobre estos temas con un amigo, él tendía a asimilar el feminismo con el machismo. Y achacaba a las feministas el pretender una superioridad o adoptar comportamientos y modos masculinos. En primer lugar, le respondí: ¿te parece lo mismo un movimiento que reivindica los derechos de los blancos, tipo Ku-Kux-Klan, que los movimientos de lucha negros? Dijo que no, claro. En su segundo apunte tuve que darle la razón: sí, a lo largo de varias décadas una buena parte del feminismo ha tenido un enfoque errado, que las ha llevado a querer ‘igualarnos’, cuando es obvio que no somos iguales, sino complementarios. Ni mejores ni peores. Complementarios. Creo que las mujeres hemos, o estando aprendiendo estas lecciones, y estamos corrigiendo el rumbo de nuestras luchas, desde la perspectiva de que otro mundo es posible, de que hay alternativas a esta civilización obsoleta y caduca, capitalista y patriarcal.

La intuición nos lo dice y la ciencia lo confirma. En Redes, el magnífico programa de divulgación científica que dirige Eduardo Punset, escuchaba ayer que los hombres tienen el impulso biológico de responder a las situaciones mostrando su fuerza física –cosas de la testosterona-, y, en el pasado, esto los hacía más atractivos frente a las hembras en busca de un padre para sus hijos capaz de garantizar una cierta seguridad. Mientras tanto, las mujeres fueron desarrollando habilidades sociales para ‘cortar los fuegos’ que crea la impulsividad masculina.

¿Y si nos dejamos de discusiones estériles, buscamos las complementariedades y hacemos juntos un mundo mejor?

Me quedo con la frase de Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.