Cuando todo pase: Notas de la cuarentena

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Se está convirtiendo en una costumbre. Me asomo a la ventana y me recreo en la desnudez de la calle. Yo que renegaba de esos veranos en que Madrid se quedaba solo, ahora me gusta ver la calle silenciosa que me recuerda la Roma vacía que Nanni Moretti recorría con su Vespa. Veo como pasan los autobuses sin pasajeros, y fantaseo con la idea de montarme en uno, acurrucarme junto a la ventanilla y ver como la ciudad se aleja mientras intenta tomar pulso a una situación tan extraña.

Escribo poco, tampoco encuentro consuelo en las palabras, ni en las mías ni en la de los demás. Pensé que mis estudios me ayudarían a evadirme y sin embargo los libros descansan desordenados, confinados como yo, en la misma posición en que los dejé hace quince días. Me resulta difícil retener en la cabeza un montón de leyes que no me interesan nada. Las otras lecturas, las que de verdad me importan tampoco logran que me olvide de la realidad, una realidad que me tiene pegada a las noticias y a las redes sociales y en la que solo los aplausos del balcón consiguen cada tarde darme un poco de tregua en medio de tantos días iguales.

Además de los cariños a distancia y las videoconferencias con la familia, algunos de mis amigos italianos me escriben, andan preocupados, tampoco la situación en Italia es mucho mejor que la nuestra. Nos damos ánimos, intentamos reírnos en medio de la desesperación por tonterías en un cruce de mil mensajes. Olvidarnos por un instante de cifras, y curvas de contagiados se vuelve indispensable si queremos mantener la cordura. A pesar de los kilómetros, nunca el contacto fue tan estrecho como ahora en el que no falta un día sin que intercambiemos noticias. No sé cómo serán los afectos después de esto, si nos volveremos más comedidos, o si nos entregaremos a los abrazos sin medida. Lo importante es que ya hemos prometido vernos. Insisten que Roma estos días está preciosa y que, sin el bullicio de los coches, el azul del cielo es más azul que nunca. Trato de convencerles de que el trocito de cielo que veo desde mi ventana también parece distinto, que la primavera se abre paso, que Madrid está precioso y como si nos hubiéramos vuelto locos competimos por qué cielo es el más azul. Ganan ellos, no hacen falta excusas, ya les he dicho que cuando la angustia de todo esto pase, me tendrán allí, que vayan organizándolo todo, que tengo ganas de un negroni y de una buena pasta en aquella trattoria secreta en la via Ferruccio, y de pasear, pasear mucho, y adueñarme de la ciudad más de lo que ya es mía. Confieso que son estas pequeñas alegrías las que me mantienen fuerte y viva estos días de encierro, más ahora que sé que el azul del cielo de Roma, mi Roma, me estará como siempre esperando.

 

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Foto: Nanni Moretti en Caro Diario

 

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