¿Cuánto vale la Wikipedia?

Sesión 1. Público y privado: las dos caras irreconciliables de internet

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A lo largo de seis artículos iremos resumiendo las conclusiones del I Foro de Diálogo RSC/Procomún, celebrado los pasados 9 y 10 de mayo en el Auditorio CaixaForum Madrid. Hoy, la Sesión 1.

 

El I Foro de Diálogo RSC/Procomún, organizado por FronteraD los pasados 9 y 10 de mayo en el CaixaForum Madrid, diseccionó, a lo largo de seis sesiones y seis acercamientos distintos, la actual complejidad de las relaciones entre lo público y lo privado. Una tarea estimulante que nunca fue tan necesaria como ahora. Gran parte de esta urgencia se debe a la enérgica irrupción de internet en nuestras vidas. Como el Lejano Oeste, la Red es una mezcla narcotizante de oportunidad y peligro, un territorio a medio explorar, cuya colonización está salpicando en todas direcciones y haciendo que se tambaleen muchas certezas. Era inevitable, pues, que la primera mesa del Foro tratara sobre estas turbulencias propiciadas por las nuevas tecnologías.

       Con el título de Público y privado: las dos caras irreconciliables de internet, la sesión reunió a los abogados Javier de la Cueva, Borja Adsuara y Manuel Sánchez de Diego y a los periodistas Nacho Escolar, Pedro de Alzaga y Bárbara Yuste, moderados por la también periodista Magis Iglesias.  

       Más allá de las discusiones que ya originó en su día la Ley Sinde —sobre las que no pretendíamos volver a entrar–, todos los invitados coincidieron en la necesidad de aplicar a internet paradigmas y modelos de gestión nuevos, porque los anteriores no valen. Para Borja Adsuara, uno de los artífices de la actual Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y Comercio Electrónico, si internet hubiera sido anterior a la imprenta, hoy habría modelos de uso y regulación perfectamente contrastados, eficaces y aceptados por todos.

       Adsuara nos recordó que la propiedad intelectual –la única forma de propiedad que posee fecha de caducidad– es un concepto que no ha existido siempre y que su comercialización tiene pocos siglos de vida. Mencionó el viejo cánon de Simonía –por el que era un pecado comerciar con cosas espirituales–  o la doctrina de Proudhon, padre del socialismo utópico –que decía que, desde su creación, la obra no pertenecía al autor sino al pueblo–. En cualquier caso, está claro que toda obra cultural –artística o científica– tiene vocación de ser comunicada. Además, nadie crea de la nada, es siempre necesario apoyarnos en lo que han creado los demás. Tecnológicamente vivimos un momento óptimo para que la difusión y explotación de una obra se tradujera en mayores beneficios económicos para el autor. En la Red reina la cultura de la abundancia, no existe la escasez. Por eso Nacho Escolar habló de internet como una oportunidad maravillosa que no se puede militarizar. La clave es encontrar nuevas formas de uso y disfrute que sean beneficiosas para todos.

       La visión de Javier de la Cueva es clara: nadie se preocuparía tanto ahora de la propiedad intelectual si no fuera porque su difusión gratuita en internet ha entrado en conflicto con los fortísimos intereses de los lobbies de la industria de contenidos y las gestoras de derechos, que no quieren perder su estatus privilegiado. Se trata de una fuerte tensión entre dos visiones contrapuestas. Por un lado, la de quienes desde las primeras iniciativas de 1986 del IETF (Internet Engineering Task Force)  y sus RFC (Request For Comments) han generado un gran cuerpo de conocimiento colectivo de acceso libre e incalculable valor, basado en un sistema abierto de producción, del que nos beneficiamos todos y que no puede ser gestionado por el modelo empresa –¿quién podría decir cuánto vale la Wikipedia?–. Por otro la de una serie de lobbies de presión tremendamente concentrados y monopolistas que controlan un gran porcentaje de la industria de los contenidos y el entretenimiento. De la Cueva alertaba incluso sobre la reaparición de conflictos entre la propiedad privada y los derechos humanos propios del s. XIX, que están impulsando movimientos de desobediencia civil –véase el Manual de desobediencia a la ley Sinde, reciéntemente publicado por Traficantes de Sueños–. A pesar de todo –o quizás por ello– el momento actual es clave para repensar entre todos qué tipo de sociedad queremos, lo cual pasa por equilibrar la tremenda asimetría de información que hoy reina en internet y que contribuye a convertirlo, según Manuel Sánchez de Diego, en un campo de batalla. Un espacio virtual proclive al conflicto y regido por una compleja mezcla de normas sociales (¿está mal visto piratear?), éticas (¿es malo piratear?) y legales (¿está prohibido piratear?), que generan nuevas conductas de difícil afiliación.

 

 

       No sólo los derechos de autor agitan la Red. En un internet dominado por las redes sociales resuenan constantemente conceptos como identidad, privacidad, reputación o credibilidad. Sobre ello hablaron Bárbara Yuste, Pedro de Alzaga y Magis Iglesias. Solemos quejarnos porque una cámara nos graba en la calle, pero no tenemos inconveniente en exhibirnos y regalar nuestros datos a grandes empresas que encima están sujetas a leyes de otros paises (Adsuara apuntaba que estamos más protegidos en Tuenti que en Facebook o Twitter). Las redes sociales, ¿son ámbitos públicos o privados? ¿Es posible fiscalizar lo que se dice en ellas sin atentar contra la libertad de expresión? Aunque uno tenga cinco mil amigos en Facebook, ¿sigue siendo eso un ámbito privado? ¿Cómo abordar el juego de identidades? (Escolar nos recuerda las trampas de muchos jefes de prensa de partidos políticos tuiteando sin decir quiénes son, y Magis Iglesias los centenares de falsos ciudadanos “anónimos” que los partidos infiltran en las redes sociales).

       Si hubo una conclusión unánime de la sesión fue que es preciso repensar nuevos modelos de gestión y regulación para internet, y que no pueden ser los mismos que estaban asociados a los soportes físicos. El famoso canon digital es una secuela clara y desafortunada de esa traslación literal de modelos incompatibles. Tenemos que ser conscientes de que la inmaterialidad digital de la Red es perfecta para algo tan inmaterial como la propiedad intelectual. Sólo tenemos que reinventar su gestión. Hoy la tecnología permite al autor difundir él mismo su obra, o por lo menos decidir si quiere hacerlo por su cuenta o encargarlo (todo o en parte) a una entidad de gestión de derechos. Las licencias Creative Commoms son un primer paso en ese cambio de paradigma y, como decía Adsuara, hoy en día el derecho de autor contempla ya tanto el copyright como el copyleft. Es preciso también reivindicar una mayor transparencia en el acceso a los datos públicos. Sánchez de Diego señalaba que España es el único país por encima de un millón de habitantes que no tiene todavía una ley de acceso a los datos públicos.

 

Autor: Emilio López-Galiacho