Cuatro hipótesis y algunas preguntas

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Hipótesis 1: Los que manejan el mundo no son tan tontos ni están tan desinformados.

 

Economistas afamados y poco sospechosos de deslices ‘socializantes’ llevan dos años alertando de que Europa está tomando sistemáticamente decisiones que nos llevan al desastre. Recuerdan que, si se perpetúa la opción por las soluciones de ajuste y contención del gasto, los países europeos con problemas o potenciales problemas de deuda -que ya rebasan holgadamente esos que quisieron llamar PIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) para llegar a la propia Francia- no conseguirán crecer, y si no crecen, repercutirá en los ingresos por impuestos, y ello en las posibilidades de pagar la deuda, y vuelta a empezar en el círculo vicioso hacia el que parece que cabalgamos inexorablemente. Por no hablar de la pertinaz decisión de que el Banco Central Europeo no ejerza como tal.

 

Los poderosos, los que toman las decisiones -o sea, los que tienen el dinero-, no están más desinformados ni son más tontos que yo, luego saben que la política -o falta de política- que sigue la Unión Europea desde 2008 es equivocada. O más bien, es equivocada si el objetivo es salir de la crisis lo antes posible y con el mínimo daño para el interés general. Entre otras cosas, porque la crisis de estos días recuerda tanto a la de 1929 que resulta difícil creer que nadie aprendió aquella lección. De hecho, una de las grandes lecciones del octubre negro de Wall Street fue que era imprescindible regular los mercados financieros. Así fue hasta los años ochenta.

 

¿Y entonces? Parece obvio: los mismos que desencadenaron la crisis, a propósito o no, se sirven de ella con algún objetivo.

 

Hipótesis 2: Asistimos al intento de desmantelamiento del Estado de Bienestar.

 

El Estado de Bienestar es, probablemente, lo mejor que Europa aportó al mundo. No fue una concesión gratuita del capital; llegó, tras la Segunda Guerra Mundial, después de décadas de lucha del movimiento obrero, y en una época, la de la guerra fría, en la que la elite occidental temía que la marea roja se extendiese por toda Europa. Mejor mantener contentos a los trabajadores, para que no se sumaran a la revolución. Funcionó. Sólo que, evidentemente, aquella construcción de un capitalismo de rostro humano duró lo que duró la amenaza comunista: con la caída de la Unión Soviética, los neoliberales, que desde 1979-80 habían llegado al poder en Estados Unidos y Reino Unido, tuvieron la cancha libre para difundir que había llegado el ‘fin de las ideologías’, que el capitalismo era el mejor de los mundos posibles y que no había alternativa (There Is Not Alternative). Por falaz que pueda parecer desde un punto de vista lógico o racional, el mensaje caló, y, apenas una década después, en toda Europa los propios trabajadores, que se habían olvidado de que lo eran -una de las estrategias de la elite fue dividir a los trabajadores y disolver así la conciencia de clase-, ya pensaban que los subsidios sociales favorecen la pereza y que lo público es por naturaleza más ineficiente que lo privado, incluso si las primeras evidencias -como el caso del ferrocarril en Inglaterra o, más sangrante aún, el sistema sanitario yanqui- demostraban exactamente lo contrario.

 

Fueron haciendo un fino trabajo durante tres décadas, al tiempo que las clases medias y trabajadoras europeas se iban acomodando a su contexto de opulencia. La crisis que estalló en 2008 dejaba el terreno abonado para el golpe final.

 

La lectura de los acontecimientos es de una contundencia brutal. Si queréis llamadme simplista, pero no puedo verlo más claro: el sistema financiero quiebra por sus propios excesos, por la irresponsabilidad de los bancos y entidades bancarios y la negligencia -y mucho más que eso- de las agencias de rating. El Estado tiene que llegar para auxiliar a los bancos, en eso que un banquero español llamó de «paréntesis al sistema de libre mercado» (no lo pudo decirlo más claro: que el Estado nos salve ahora que tenemos pérdidas y que se marche cuando vuelvan los lucros), lo que aumenta su deuda pública. Acto seguido, con las cuentas griegas como inmejorable disculpa, Los Mercados se abalanzaron sobre los estados más frágiles de la Unión monetaria. Y el Banco Central Europeo no movió una pestaña para evitarlo.

 

Un matiz: el Gobierno griego no tiene justificación por haber falseado sus cuentas, pero se nos olvidó muy rápido que lo hizo con la inestimable ayuda de una de las mayores entidades bancarias del mundo, la Goldman Sachs. La sutil diferencia es que el pato lo están pagando los ciudadanos griegos, pero no los dirigentes del banco.

 

 

Hipótesis 3: Europa no asume su lugar.

 

Dice mi tío Moisés, que es historiador y una de las personas más lúcidas que conozco, que la situación económica de Alemania es mucho peor de lo que se nos hace creer. España tiene sus propios problemas, sobre todo por las hipotecas impagables que se concedieron durante el boom inmobiliario, pero es la banca alemana la que ostenta la mayor parte de los títulos de deuda griegos, por no hablar de los activos tóxicos venidos de Estados Unidos y perdidos entre complejísimos paquetes de activos, que, como silenciosas bombas de tiempo, nos irán pasando factura en los próximos tiempos.

 

Al final, como dice mi tío, el problema es que Europa no acaba de hacerse a la idea de que el lugar terciario que le corresponde en el tablero mundial del siglo XXI. Asumámoslo: no tenemos condiciones reales para mantener esa posición de privilegio. Ni política, ni económica, ni mucho menos militarmente. Tal vez los alemanes lo saben, y quieren ganar tiempo, y por eso echan balones fuera. Nos habíamos creído que, con el tamaño de Europa, sólo la unión hace la fuerza, pero en cuanto vino el primer revés, resulta que primaban más que nunca los intereses nacionales. Tal vez lo de que somos europeos sólo nos lo creímos en España, donde somos menos europeos que nadie.

 

 

Hipótesis 4: Los paraísos fiscales son la gran estafa global.

 

Son muchas las grandes estafas del sistema, desde la obsolesciencia programada hasta la propia deuda, pasando por el outsourcing -la tercerización, que facilita la irresponsabilidad impune-, pero tal vez la más sangrante y evidente de las estafas del capitalismo global es la existencia de paraísos fiscales. ¿Pero cómo? ¿Países enteros donde es posible tener depósitos millonarios sin rendir cuentas a nadie, a menudo procedentes del crimen, siempre sin pagar impuestos? Están ahí, lo sabemos bien, pero son intocables, porque son los que mandan. Como el mundo no es, tampoco, un gran 1984, y existe ese ente difuso que llaman opinión pública, de vez en cuando hay que hacer el paripé, y le demandan, pongamos por caso, a Gibraltar que deje de ser un paraíso fiscal. Pero Suiza es intocable. Cómo podría no serlo si los que mandan tienen allí sus cuentas. Por no decir que, mientras exista Suiza, poco importa que se eche el cierre al resto de los paraísos, porque las grandes fortunas acudirán a la banca suiza. Y seguiremos como estamos. Los que más tienen serán los que menos contribuyen al sistema. Porque ellos mandan, y punto.

 

Y algunas preguntas…

 

¿Por qué mantenemos toda la burocracia europea si al final las decisiones las toman Merkel y Sarkozy?

 

Estas las tomo de Juan Goytisolo: ¿Quién ha elegido a los señores de las agencias de notación de riesgos para que jueguen al pimpón o al parchís con la vida del noventaytantos por ciento de la humanidad? ¿Y quién descubrirá el fármaco que calme el nerviosismo y los ataques de histeria e Los Mercados?

 

¿A qué esperamos para salir a la calle a defender la sanidad y la educación pública? ¿Cuándo entenderemos que los derechos se conquistan, y que también hay que luchar para mantenerlos?

 

¿Todavía hay quien se pregunta por qué nos indignamos? …

 

 

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.