Curso básico de hipocresía rápida

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Hace poco, aportando mi granito de arena a la causa de la democratización de Guinea Ecuatorial, recordé que el mundo entero tenía muy consentido a la FIFA, pues no cree que debería dar más. Una organización que atrae la mirada de tanta gente no debería  aportar tan poco al mundo. Y aquella vez decía, hablando de la no-república de Guinea, que la FIFA debería preocuparse más del día a día de los aficionados al fútbol, pues éstos no solamente saben ser espectadores y tener un campo de fútbol, sino que necesitan vivir, tener casas, mercados, hospitales, etcétera, etcétera, y por ello la FIFA debería ejercer su influencia para no sólo decir a los gobiernos que construyan estadios, sino que cumpla otros requisitos para humanizar la vida de los ciudadanos. Y decía que estas propuestas ya las hice precisamente en la sede de la balompédica institución, en Suiza, y que fueron bienvenidas, aunque todavía no las ha acogido la aludida.

 

Remataba el razonamiento diciendo que muchas ansias futboleras se pueden tener, pero si por el resultado de la acción abandonista de los dictadores que someten a los ciudadanos se desataba una revolución en cualquier país, era muy difícil que las masas de preocupados y masacrados habitantes tuvieran ganas mínimas de seguir cualquier exhibición deportiva, por más calendariado estuviera. Entonces, razonaba, podía ocurrir que por un acto de levantamiento popular los regulares torneos mundiales de fútbol podían no tener lugar.

 

No acabamos de archivar el escrito y tuvimos la oportunidad de vivirlo en cuerpo y alma. Y lo decimos porque, ¿qué ciudadano egipcio hubiera dejado de correr delante de los lacrimógenos para acudir a un estadio a visionar un partido de la copa de África de naciones si hubiera tenido lugar? Pero si desde hace 20 años la FIFA, con todos los millones que atesora y con la influencia que gasta, hubiera convencido a Mubarak de que el pueblo egipcio existía, el desenlace hubiera sido distinto. El cambio no se hubiera exigido, o hubiera sido menos dramático.

 

No terminamos de ver la primera suposición, pues el caso egipcio no era como decíamos, porque no había fútbol por medio, y del Magreb más alejado, el de los ricos emires de la medialuna musulmana, llegó la noticia de la anulación de un gran evento automovilístico porque la ciudadanía se ha soliviantado para exigir y ejercer mayor libertad. Lo vergonzoso para todos los que saben escribir y dan clases de teorías de todo tipo, y también de los que saben analizar el mundo, era que aquel pequeño emirato era una dictadura del que nadie decía nada, porque en esa región la dictadura era un sistema no apto para los ciudadanos.

 

Pero hay verdades que se dan la vuelta y persiguen a sus creadores, y entonces, y porque el fuego de la revolución magrebí se extendió, vimos en los aeropuertos a los miles de ciudadanos europeos que son evacuados rápidamente por su gobierno para que no ser alcanzados por el fuego que dejaron los dictadores y represores fugados. Y ahí abrimos los ojos. Y es que, para que la justicia se terminara de hacer, todos estos europeos deberían permanecer en estos países para ayudar en desalojar de poder a los pocos ciudadanos que impedían que su humanidad se expresara.  Pero no, sin un mínimo de vergüenza, los ministros salen a la televisión a recomendar a sus ciudadanos, tres o cuatro veces mejor pagados que sus compañeros de trabajo en el país de acogida, que abandonaran el país y que dejaran a todos a su suerte.

 

Ahí es donde entramos en escena para decir una cosa que no dejaremos de decir: es una falacia sin sustancia que un gobierno no pueda intervenir en los asuntos de otro para corregir los pasos equivocados de los líderes que son halagados por sus homólogos de países desarrollados cuando el pueblo los consiente, pero rápidamente abandonados cuando la fuerza del halago ya no es suficiente para contentar a la olvidada población. Que el mundo occidental quisiera vivir en la hipocresía, se tolera, toda vez que les encanta, pero mucha de las veces la misma se convierte en maldad, un tema que requiere el concurso de más testigos para sus discusión. Tiene que llegar el día que se instituya por ley que si un país no tiene costumbres parejas con otro en lo que se refiere al trato al ciudadano, entre ambos no puede establecerse un negocio de cierta magnitud. Y es que en ese caso el flujo de dinero siempre será en beneficio de país con estructuras sociales más permeables, y entonces se institucionaliza el robo. Y últimamente el final siempre es el mismo, los beneficiados son llevados en aviones especiales, y los lugareños, corriendo delante de las salvajes hordas que se desesperan por restaurar un orden impuesto a golpe de intolerancia. Y como se va sabiendo, ya no hay imperio que dure cien años. Ahora duran algo más de una treintena.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.