De George Orwell a la red `Échelon´

0
229

Sol Gallego-Díaz citaba hace dos semanas en su “Punto de observación” (Domingo, de El País) a George Orwell, en su artículo Política y lengua inglesa (1946). Según Orwell, el caos político está siempre ligado a la decadencia de la lengua, por lo que la claridad verbal podría aportar alguna mejoría a la política.

 

Sol Gallego-Díaz citaba hace dos semanas en su “Punto de observación” (Domingo, de El País) a George Orwell, en su artículo Política y lengua inglesa (1946). Según Orwell, el caos político está siempre ligado a la decadencia de la lengua, por lo que la claridad verbal podría aportar alguna mejoría a la política (para nosotros ya es tarde, I´m afraid). Criticaba “la falta de precisión” y las “imágenes estancadas”; decía que “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable”. Un momento: eso sí que no. Aquí y ahora –será porque las cosas vienen de muy atrás- las mentiras hace mucho que no suenan verdaderas.

 

Lamento decirlo, pero en cuando un político al uso habla en público ocurren dos cosas: una, que sabemos exactamente lo que va a decir; dos, que nos produce una mezcla que oscila entre la modorra y el enfado (la llamada “lengua de madera”, el argumentario…, da igual). Si Orwell viviera le preguntaría qué significa esa deriva, pero casi prefiero que no me pueda contestar. Sol Gallego traslada la cuestión a varios ejemplos de esa táctica habitual de Rajoy de no responder, o responder manzanas traigo, a las preguntas inconvenientes de los periodistas (algunos). Y no pasa nada.

 

Bueno, sí que pasa: que no nos cuentan cosas que son importantes, y que, salvo excepciones, los periodistas siguen esa estela (y nos machacan hora tras hora con la misma gran noticia, que suele ser que fulanito (no) se presenta a tal elección, por ejemplo). No salgo de mi asombro al ver que nadie (ningún medio), al hilo del affaire Snowden, recuerda a la ciudadanía que existe desde hace muchos años un ente llamado red Échelon, que incluye en su seno amoroso a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y que esa red anglófona comparte con esos países información de todo tipo sobre todos sus aliados occidentales (y de los otros, claro), muy especialmente todo lo que concierne a la Unión Europea, para lo cual cuenta con la inestimable ayuda del Reino Unido y su prominente posición en los órganos de gobierno de aquella.

 

No sé si recuerdan un escándalo de hace años, cuando en Bruselas se descubrió que la Comisión Europea estaba siendo sistemáticamente espiada por los servicios norteamericanos –vía Londres-. Estoy por pensar que ahí está la respuesta a la pregunta que ustedes también se habrán hecho: Además de para poner palos en las ruedas y acceder a un gran mercado, ¿para qué demonios está el Reino Unido en el club europeo? Como en tantas cosas, la respuesta de Bruselas a estas preguntas siempre será un silencio púdico.

 

Si leen esto, también podrán leer más abajo la lección filológica que me da un lector sobre el término “escogencias”, para mí desconocido, y que no sólo tiene tradición sobrada, sino que hoy en día es de uso común en Venezuela y Colombia, entre otros países. Nunca te acostarás… pues eso.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.