De hipocresías lingüísticas y otros fórceps

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Aunque sea a toro pasado, ni que decir tiene que me pareció muy bien el documento del académico Ignacio Bosque sobre el sexismo lingüístico en el idioma español. No sólo por sus argumentos, que suscribo, sino también por el hecho de que la Academia por fin nos dé argo. ¿No tiene nada que decir sobre la acelerada desaparición de los relativos quien, cuyo, por ejemplo (personas presuntamente cultivadas que simplemente no saben usarlos)? ¿Sobre el uso entusiasta de los falsos amigos del inglés? Pues aparte de esta estupenda aportación y las de Javier Marías en El País Semanal, inasequible al desaliento, martillo pilón de los desatinos lingüísticos, la voz de la Academia no nos llega.

 

Lo más bonito del documento, para mí, es que señala la hipocresía colectiva que subyace a tantos de esos intentos –vía fórceps- de feminizar la lengua. Es decir, que la inmensa mayoría de esos usos propuestos (compañeros y compañeras, alumnos y alumnas, españoles y españolas) no tienen la menor posibilidad de hacerse `carne de idioma´ entre los hablantes. Nadie va a hablar así cuando esté en confianza, con los suyos, nunca (¿se imaginan una conversación que siga esas pautas entre amigos o familiares?); es decir, que esas propuestas nacen ya muertas, y los que las proponen lo saben. Así que sólo sirve para dar un paso más en la senda del acartonamiento del lenguaje oficial, ya tan oscuro, enrevesado y feo (lenguaje que patrocinan sobre todo políticos y medios de comunicación, por este orden). Y también me pareció muy bien que pusiera el dedo en la llaga del verdadero lenguaje discriminatorio: cuando se dice, por ejemplo: “En esa empresa, los directivos siempre  viajan acompañados de sus esposas”, o frases parecidas que podríamos escuchar en Mad Men. Como si la clase directiva tuviera que ser, por los siglos de los siglos y por designio divino, del sexo masculino; como si varón fuera igual a género humano, y mujer fuera “lo otro” (Simone de Beauvoir dixit).

 

En fin, que leyendo el documento me vino a la memoria el libro Serena Cruz o la verdadera justicia, de Natalia Ginzsburg, donde la estupenda escritora italiana comenta precisamente esto del lenguaje oficial y dice cosas como: “nuestra sociedad (…) habla un lenguaje artificioso, estudiado, falsamente racional. (…) Está orgullosa de sí misma y por lo general vence (…) su lenguaje se impone. Lo mismo que sus argumentaciones farragosas e interminables (…) educadas y controladas en el tono, disciplinadas (…) Las encontramos en los diarios (…) los simposios, las mesas redondas (…) sus farragosas argumentaciones suenan totalmente alejadas de la realidad. De hecho, suenan delirantes si se escuchan con oídos reales”. 

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.