De lo que no se quiere hablar: el fondo de la olla argentina

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El paco es el fondo de la olla argentina, destinada a los sectores más vulnerables, de menos recursos, que se administra por orden de una cantidad de personajes que se ponen la gorra para correr al fumón y se la sacan para liquidar al okupa o al desesperado.

 

Este texto, gentilmente cedido por mi amigo el poeta Martín Rodríguez, fue publicado en el 2009 en revolucion-tinta-limon.blogspot.com.ar, y se tituló en su origen La fiesta del paco. Entonces, la derecha argentina, Propuesta Republicana (PRO), el partido que fundara Mauricio Macri, había descubierto que la inseguridad existía y que la pasta base de cocaína hace mal. En la actualidad, la derecha argentina, que es casi toda, no sólo padece la inseguridad sino que los negocios de blanqueo de dinero, muchos otros y la salida de estupefacientes desde mi país hacia el exteror es toda una industria. Entretanto, pensar no ya en despenalizar el uso de drogas para consumo personal suena a disparate, sino que la legalización de esas sustancias parecería política-ficción, que es lo que es si se leen bien algunos  testimonios.

 

Este es el texto:

 

Escribe Roland Barthes: «Ha ocurrido un asesinato: si es político, es una información; si no lo es, un suceso. ¿Por qué? Podríamos creer que la diferencia radica en la de lo particular y lo general, o más exactamente entre lo nombrado y lo innombrado: el suceso o fait divers (al menos la palabra parece subrayarlo así) (…) Sólo empieza a existir allí donde el mundo deja de ser nombrado, sometido a un catálogo conocido; en una palabra, es una información monstruosa, análoga a todos los hechos excepcionales o insignificantes, es decir, anómicos».

 

Anómico viene de anomia, concepto sociológico que, más o menos, ilustra el estado de ánimo de una sociedad: decepcionado, caído, sin inciativa, susceptible de manipulación o estafa, eufórico para nada. Algo así. El consumo de paco genera anomia, zombies, adictos, juventudes malogradas, corrupciones varias. El paco no es bueno. Es bueno preguntase qué es el paco y por qué y quiénes lo pusieron de moda porque entre otras cosas, el paco es un suceso argentino. 

 

Digamos también que el paco es un suceso urbano, y que la ciudad que tiene la mayor cantidad de adictos a la sustancia es Buenos Aires, y que el índice más alto de consumidores de paco no está entre los alumnos del Cardenal Newman (el hombre tenía otras pasiones) sino entre los desafiliados sociales de segunda y tercera generación (…) 

 

Dícese que del paco, en mi patria existen más de 200 mil adictos: todo un mercado. Y que la mayoría cometen delitos (no se sabe si bajo los efectos del paco o por abstinencia de paco) aumentando los riesgos naturales de vivir, la inseguridad y la consecuente necesidad de enrejar la propiedad privada. Por supuesto, no hay ningún estudio serio que pruebe que el consumo de paco empuje a violar mujeres, hombres o inclasificables; tampoco a robar, asesinar, convertirse en marciano o lector del Financial Times.

 

Estudio serio siempre excluye a la estadística (por universalizante).

 

¿Qué tendrá de atractivo el paco? ¿Qué cosa es el paco?

 

El paco es un diminutivo de la pasta base de cocaína. El diminutivo (y el mismo paco) son inventos argentinos. La pasta base de la cocaína es el resto que queda después del tratamiento de la hoja de coca por determinados precursores químicos, que en cantidades libera una sustancia pastosa que se deja secar y tratar otra vez para obtener el polvo blanco; lo que queda en el fondo de la olla es la pasta base. Esa pasta base, en los países productores (la Argentina no lo es) suele ser fumada mezclada con tabaco. Y es gratuita.

 

En los 80 y 90 del siglo pasado, la pasta base que llegaba a Europa y a ciertas zonas del Brasil, acompañando a la mejor cocaína, popularizó otro producto que hasta entonces era monopolio de una elite algo reventada: el speedball, una ampolla, para los amantes de las jeringillas, con cocaína y heroína, de alto impacto. La pasta base de cocaína no es lo que se vende y se compra en las calles de las ciudades argentinas.

 

En algún momento, cuando la cocaína entró al mercado negro de las drogas locales, muchos preferían fumarla mezclada con tabaco (…) Pero cuando la desregulación y apertura de los mercados, incluidos los ilegales, la droga blanca inundó el país, y muchos minifundistas empezaron a buscar entonces un modo de producción local, que se encontró (las cocinas del conurbano bonaerense), y que como la mayor parte de la producción industrial local, es trucha respecto de la importada, sea lícita o ilícita (…)

 

El paco es el fondo de la olla argentina, destinada a los sectores más vulnerables, de menos recursos, que se administra por orden de una cantidad de personajes que se ponen la gorra para correr al fumón y se la sacan para liquidar al okupa o al desesperado. La estadística sirve para chequear quiénes son los beneficiarios de los muertos que provoca inhalar o inyectarse tubos de neón picado mezclado con veneno para hormigas y formol, que eso es el paco. 

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.