Debe de estar todo bien

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De aquellos políticos nos quedó, entre otras cosas (muchas buenas, aunque en extinción), el latrocinio generalizado; igual que de aquellos jóvenes nos pueden haber quedado cada fin de semana miles de Woodstocks sin Jimmy Hendrix a los que recordar...

 

Cuando nosotros hacíamos botellón en el pueblo («timba» lo llamábamos entonces como padres de la costumbre) éramos discretos y familiares y limpios y aflojábamos la vejiga en el campo. Nos reuníamos en un lugar alejado y allí organizábamos nuestra fiesta sin molestar a nadie. Al terminar, en las mismas bolsas donde habíamos llevado las botellas y los vasos, lo volvíamos a meter todo para depositarlo en el primer contenedor de basura. Recuerdo que era una cosa sencilla, no como debe de ser ahora. Un día de estos voy a hacer la prueba a ver si al terminar existe un influjo desconocido que me obliga a abandonar los desperdicios en el suelo.

 

En realidad, pese a lo que pueda parecer, los políticos nos enseñan mucho, si no tanto, al menos nos lo muestran. Antaño un político, pongamos en la Transición, aparte de pergeñar los malos usos que vendrían después, también tuvo que ocuparse de crear un país nuevo. Eran tiempos necesitados de grandes hombres, o de cierta talla, para construir algo importante. Se podría decir que existían los mimbres como nosotros los poseíamos para poner nuestras bolsas en los cubos, lo cual tampoco es para vanagloriarse de generación.

 

De aquellos políticos nos quedó, entre otras cosas (muchas buenas, aunque en extinción), el latrocinio generalizado; igual que de aquellos jóvenes nos pueden haber quedado cada fin de semana miles de Woodstocks sin Jimmy Hendrix a los que recordar, lo cual reduce en buena medida su valor. La evolución del hombre igual requiere de otro Darwin que nos ilumine con otra secuencia, no del físico sino del interior de los hombres, acaso un alma que se va encorvando hasta terminar andando a cuatro patas, que es como parece que lo hacen, por ejemplo, nuestros políticos o nuestros jóvenes después de contemplar como dejan los respectivos parques a su paso.

 

La alcaldesa de Madrid vino para solucionar los problemas de los ciudadanos, y, a juzgar por sus primeras acciones («reflexiones en alto» suele llamarlas la portavoz del Ayuntamiento, Rita Maestre), debe de estar todo bien (a pesar de que no era eso lo que decían al principio) salvo algo de polvo en los estantes y quizá alguna colección mal ordenada. Y lo cierto es que ahora me acuerdo de Botella y de su “relaxing cup o café con leche” y no me parece tan gracioso con el nivel de los gags actuales, que imagino que no deben de tener tanto éxito por pertenecer a la rama del humor inteligente.

 

Yo estaba algo asustado con la venida de todos esos concejales que pedían sangre y empalamientos, pero parece que su verdadera intención era solamente pasar el plumero, ni siquiera la escoba, que para eso han propuesto a los universitarios (entre la tuna y el barrido se acota hoy su historia, pobres), lo cual me da que es un poco como decir que si tú lo ensucias, tú lo limpias, y a mí eso ya me lo decían en casa como viene a decirlo ahora Carmena (que pone como ejemplo de su idea, de su reflexión, al Servicio Universitario de Trabajo de la época de Franco), cuya retórica de izquierdas, con toda su camada de cultos e irreverentes tuiteros, es ella misma (lo dice el barómetro del CIS, el mismo por el que la vicepresidenta se desmelena de pronto en la televisión), como una abuela de siempre, empuñando una zapatilla.