Debéis tener paciencia, hijos míos

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Dice Morenés que Rajoy está sufriendo extraordinariamente con la corrupción, lo cual le da al presidente un halo de padre de sus hijos: los españoles.

 

Dice Morenés que Rajoy está sufriendo extraordinariamente con la corrupción, lo cual le da al presidente un halo de padre de sus hijos: los españoles. Rajoy podría haber sido un buen padre de la España del XIX pues tiene un aspecto antiguo como de Sagasta o de Cánovas, o incluso del mexicano Porfirio Díaz cuando le dice a la delegación de campesinos a los que les han quitado la tierra en ‘Viva Zapata’: “Hijos míos, soy vuestro presidente desde hace treinta y cuatro años y no es trabajo fácil ser presidente”. Que un ministro diga lo que Morenés a uno le envía directamente a las sierras, junto a Emiliano o mejor junto a Curro Jiménez, que era un ídolo inocente de la infancia. Hay un abismo entre esa clase, la casta de Iglesias o el guateque eterno de la Transición (en el que también se ve a Rajoy con jersey de pico bailando el twist), y la “clase obrera” a la que se refieren las plataformas ciudadanas (tan poco ciudadanas la mayoría) con ese humor tan suyo. Después de la revelación íntima de chambelán del oficial de la Defensa, uno más que con jersey o incluso con traje y corbata, ve al presidente, su padre, con lustrosas patillas cardadas, vestido de uniforme de gala con charreteras y ceñidor, al que le tiembla el palacio como en un terremoto a cada ladrón que le sale de debajo de una mesa y se hace tristemente célebre como los forajidos del Oeste, de entre los cuales hoy Granados, el penúltimo desperado, copa los argumentos de esas novelas que los jóvenes del Este, como “El pequeño Nicolás” (el Billy el Niño de estos tiempos opacos), sueñan con hacer realidad. Los ladrones desfilan por la actualidad igual que el toro que describe Hemingway ciñéndose al cuerpo del torero: “como un gato doblando una esquina”; y por las televisiones, como campos de cultivo, cabalga Pablo Iglesias en su caballo rojo pintado de blanco para despistar, adaptando el discurso de los hechos a una coyuntura que se parece a la de los cuentos de Juan Rulfo pero que no es la misma. Hay un estatismo en la política que la hace ruina, aquejada de aluminosis y otros padecimientos (como los grafitis de Podemos, quienes se creen Banksys) donde se multiplican los andamios mientras la vida sigue igual a pesar de sucederse a diario los prodigios, los milagros de la naturaleza que ya no son los amaneceres, ni los atardeceres sino las cuentas en el extranjero, toda una aurora boreal a la que se asiste impresionado, maravillado como los campesinos en el palacio presidencial mientras Rajoy les dice: “Debéis tener paciencia hijos míos”.