Desenchufado

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Internet es una máquina picadora y se alimenta de carne.

 

Comenzaba así la semana, leyendo a Suso de Toro en La Vanguardia. Este escritor, que antes de comenzar a “enredar en la red” ya había abierto un blog, advertía de que lo digital nos ha hecho adictos: “Somos sus yonquis siempre ansiosos”. Adictos. Basta con contar las horas que pasamos frente a un ordenador.

 

Como quiera que trabajo en un portal de noticias, cosa que llevo haciendo unos tres años y medio, preferí no tomar en cuenta su idea. Lo leí por la tarde, fuera de la redacción. Periodismo digital le llaman a pasar más tiempo sentado delante de una pantalla que un oficinista. Es la dictadura del teletipo, la que no deja leer la prensa mientras vomitas noticias que ya no se escriben, sino que se hacen. En una ocasión me dijeron que no me pagaban por pensar.

 

Vuelvo a Suso de Toro: “En nuestras vidas no queda lugar para el silencio, el aburrimiento, la desocupación que pide el embeberse en un texto, la lectura continuada de un libro pide estar ‘desenchufado’, ‘desenganchado’ de cualquier conexión a internet. A poder ser, en un lugar sin electricidad”.

 

Una invitación a salir corriendo a mi pequeño pueblo una vez que terminara los diez días seguidos en la redacción. Con electricidad, sí, pero sin acceso a internet y con un 3G tan flojo que me sugería limitar el uso de mi teléfono móvil al correo electrónico. Y sin ninguna intención de salir a comprar el periódico

 

Shawn Brackbill

 

Suso de Toro ponía cara a los asesinos del libro: “Pongamos al verdugo frente al espejo y quitémosle la capucha: es el rostro de cada uno, el verdugo somos nosotros”. No sería yo, y llevé conmigo ‘La tumba de Lenin’, de David Remnick. Mi idea era desintoxicarme durante unos días del periodismo, no del buen periodismo. En las páginas de la crónica de la caída de la URSS premiada con el Pulitzer dice:

 

“Stalin fue un tirano no televisado, una especie de dios oriental mágico, invisible y rara vez oído. La tecnología de las comunicaciones de la época le permitía un fácil manejo de su culto. En gran medida, el culto a Stalin fue un fenómeno impreso: historias, periódicos, textos de enseñanza y carteles. Eran muy fáciles de manipular. Sus fotografías en ‘Pradva’ eran retocadas. Sus marcas de viruela de desvanecían. Se lo veía más alto. Podía disimular su brazo lisiado”.

 

Tiempos de gloria para los déspotas, pienso. Hoy solo un teléfono móvil es capaz de desnudar a cualquiera, se llame Mubarak o Gadafi. O Al Assad. Desde Homs, el novelista Jonathan Littell cuenta que “cada teléfono es un museo de los horrores”. Imágenes, escribe, capturadas en el mismo lugar de las atrocidades que comete el régimen sirio, un trabajo de información de valor incalculable.

 

 

También es cierto que ya nada ocurre si no está en internet. O como escribiría el reportero Plàcid Garcia-Planas tras estar en Libia: “La realidad no acaba de ser real si no está capturada y guardada –ya es como respirar– para transportarla y reproducirla”. Añade Plàcid que “no hay tiempo para reflexionar ante un cuerpo decapitado”. “Parpadeos que nos retratan como seres sin cabeza”.

 

Stalin fue un fenómeno impreso antes de la explosión de los medios de comunicación de masas. Heredero de lo que hoy queda en unos museos bien distintos de los que describe Littell: “Cuando a mediados del XIX imaginaban el rostro desfigurado de Carlos el Temerario en 1477, los pintores Augustin Feyen-Perrin o Charles Houry tenían un lienzo y todo el tiempo. ¿Cómo plasmar el cráneo del Gran Duque de Occidente, hundido hasta los dientes por una alabarda en la batalla de Nancy, con su mejilla devorada por los lobos?… Demasiadas horas para reflexionar: Carlos el Temerario aparece en los lienzos del Romanticismo casi intacto”. [Plàcid Garcia-Planas]

 

Ni David Remnick, ni Jonathan Littell ni Plàcid Garcia-Planas están en Twitter.

 

***

 

Es sábado y le doy la espalda a la desconexión, camino de Madrid. Paramos en medio del camino para comprar el periódico. El suplemento S Moda aparece entre las páginas de ‘El País’:

 

–¿Quién es la chica de portada? –pregunto.

Elisa Sednaoui –me lee una voz de radio–. Más que la chica de moda: habla cuatro idiomas, es actriz y acaba de dirigir un documental sobre las revueltas en Egipto.

–…

–Dentro dice que es de madre italiana y padre egipcio y que puede comunicarse en cinco idiomas. A ver si se ponen de acuerdo.

–…

–Pinterest, más que el nuevo capricho digital –se lee en otra página–. Es la red social en la que hay que estar ahora mismo: la que ha puesto a medio planeta a coleccionar imágenes y a montar tablones de inspiración virtuales. ¿Qué la diferencia de las demás? Que ya la señalan como la varita mágica que hará rentable a internet. Por fin.

–Pfff.