(des)Occupy Wall Street

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Más que ocupar la Bolsa de Nueva York, los manifestantes deberían invitar a la gente a desocuparla. Cada día se mueven miles de millones de euros en las bolsas mundiales. Es dinero que no sólo proviene de brokers despiadados, sino de millones de pequeños inversores que ignoran cómo se mueve su dinero, contra qué y contra quién especula su dinero. Un fondo bursátil es tan amoral como una tormenta o un terremoto. ¿Cómo pedir peras éticas al olmo capitalista? El negocio bursátil es tautológico: el dinero es el dinero, el beneficio es el beneficio, etc.

 

Parece evidente que habría que desocupar la Bolsa, ignorarla, ningunearla. No es imposible: de hecho, algunas prósperas empresas de este país no cotizan en ella, ni acuden a los mercados de capitales para financiarse. Reinvierten sus ganancias en ellas mismas. Contratan, incluso, mucho más personal que otras del mismo tamaño que sí cotizan en bolsa. Como se sabe, cuando una empresa se pone en manos de los mercados financieros, debe dedicarse a “crear valor para el accionista”, esto es, debe obtener beneficios obscenos a costa de reducciones de personal, proliferación de la contratación-basura y miserables deslocalizaciones. Corizando en Bolsa, cualquier empresa se convierte en rehén de los especuladores.

 

Parece igualmente evidente que, si no cotiza en Bolsa, una empresa es más libre que otra que no cotiza. Puede, por ejemplo, asegurarse de que sus directivos conozcan muy bien el negocio. Son empresas dirigidas por leales, es decir, por gente que empezó desde abajo, en las trincheras del negocio. No hace falta contratar a esos especímenes encorbatados salidos de cualquier chiringuito de management y especializados en “mejorar” empresas destruyéndolas. No hace falta, tampoco, ingeniar complicadas “reestructuraciones” que, con el tiempo, acaban produciendo monstruos organizativos, babeles donde se diluyen responsabilidades y se sientan las bases de futuras quiebras. Si las empresas renunciaran masivamente a la Bolsa, el dinero buscaría refugio en otra parte. O quizá en ninguna parte. El dinero que no se convierte en empleo es dinero sucio. La Bolsa es el Reino del dinero sucio, una abominación.

 

Desocupar la Bolsa consiste en no invertir en ella. Es fácil entender, por ejemplo, que la conversión de las deudas soberanas de los Estados en productos bursátiles convierte a todos los ciudadanos de un país en productos igualmente bursátiles. Parece evidente que los Estados deberían volver al anacrónico bono no negociable, al préstamo a la antigua. A financiarse con sus ahorros.

 

Lo revolucionario no es ocupar la Bolsa, sino desocuparla. Desistir es una forma de resistir. La inacción es una forma de acción ¿O no?