Después del fin

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Leí hace poco un artículo muy bueno acerca de la literatura del duelo. Cuando me adentro en este tipo de piezas constato que de todos los libros que menciona el autor –cantidad que puede ser variable, pero nunca hace referencia a menos de diez– como máximo me he leído uno. Entonces apunto impaciente los nombres en la libreta y vuelvo a pensar aquello de ‘So many books so little time’.

 

 

Leí hace poco un artículo muy bueno acerca de la literatura del duelo. Cuando me adentro en este tipo de piezas constato que de todos los libros que menciona el autor –cantidad que puede ser variable, pero nunca hace referencia a menos de diez– como máximo me he leído uno. Entonces apunto impaciente los nombres en la libreta y vuelvo a pensar aquello de ‘So many books so little time’.

 

Sin embargo, el otro día, me quedé muy sorprendida: de los libros mencionados en el artículo los había leído prácticamente todos. No me resultó muy esperanzador caer en la cuenta de que el tema escogido era el del duelo, la muerte. Me pregunté si me ocurriría lo mismo con un hipotético artículo sobre ‘literatura de la felicidad’–en caso de que ésta existiera-. La respuesta es claramente que no.

 

Hasta que leí La hora violeta, de Sergio del Molino, no empecé a ser consciente de que todo este tipo de literatura que afronta la desaparición de un ser querido de manera tan cruda y directa recibía la etiqueta llamada ‘literatura del duelo’. Entonces empecé a leer a sus detractores, a los críticos que decían que no era lícito “vender” la muerte de los seres cercanos, que era un ejercicio de sentimentalismo injusto y casi exhibicionista. Siendo francos me parece una opinión bastante lamentable. Estoy segura de que autores como el mismo Sergio del Molino, Piedad Bonett (Lo que no tiene nombre), Richard Ford (Mi madre), Paul Auster, (La invención de la soledad), Francisco Umbral (Mortal y rosa), Rosa Montero (La ridícula idea de no volver a verte), Héctor Abad Faciolince (El olvido que seremos) o mi querida Joan Didion (El año del pensamiento mágico y Noches azules), de haber podido escoger, no hubieran querido jamás de los jamases escribir cada uno de los libros mencionados: eso hubiera implicado que la muerte no habría llamado a las puertas de sus casas. A veces, escribir no es una elección. Es, simplemente, una manera de sobrevivir.

 

Cuando de niña me preocupaba demasiado –y me ponía dramática– por haber hecho algo mal, mi madre siempre me reprendía diciéndome que en esta vida, lo único que no tiene solución es la muerte. Esa frase se me quedó grabada; es tan cierta que muchas veces la olvidamos. Sin embargo, ninguno de los libros que he mencionado la olvidan, es más: la afrontan. La pregunta es qué hacer cuando no hay nada que hacer, cuando hay silencio, cuando ha aparecido el cartel de THE END y no es una película.

 

A Joan Didion fue a la primera a la que leí. Compré El año del pensamiento mágico, pero no lo terminé. Tenía diecinueve años y supongo que me preocupaba más por qué me pondría aquella noche, que por cómo se ponían palabras a la pérdida. Con los años volví a Didion y me enamoré de ella. Como de todos los demás libros de esta lista. Sobre todo de El olvido que seremos, el único que me ha hecho llorar y uno de los más bonitos que he leído. No sé por qué me emocionan tanto estos relatos. Tal vez porque tengo la sensación de que son auténticos, de que no nacen de la fabulación sino de la esperanza de que la escritura sane y haga entender. La experiencia de la desaparición, el que hoy estemos aquí y mañana no, resulta imposible de describir. Uno puede relatar el proceso de una pérdida, el cómo sucedió. Pero hay cosas que se nos escapan. Estos libros no fueron escritos por gusto sino por la necesidad de encontrar unas palabras a las que agarrarse para alargar la vida, para fijarla un poco más. Para ganarle –aunque sea solo un poco– la partida a la muerte.