10 de abril de 1897. Ayer tarde, en casa de la señora de Loynes, experimentos con los rayos Roentgen. Los rayos Roentgen, un juguetito infantil. Me recuerdan los experimentos de química de mi profesor Tatisbonne. Es mucho menos bonito que un rayo de sol. Tras la pantalla, el profesor va diciendo: ‘He hecho este descubrimiento’, y hace pasar cajas, manos, animales disecados, un perrito vivo, la cabeza, el pecho de un hombre. Lo que mejor se ve son los botones de las mangas.
Fotografían los huesos de las mano de Sarah Bernhardt. Se queda durante cinco minutos de rodillas y sin moverse, siempre en plan de gran artista.
Preferiría que me condenasen a pasar el resto de mi vida leyendo versos que asistir dos o tres veces más a este guiñol de esqueletos

Estos rayos Roentgen son los rayos X y Roentgen fue el físico alemán que los descubrió y popularizó. Cuatro años después de la reunión narrada en el texto, Roentgen recibió el premio Nobel de Física por ello. Debía ser un tipo peculiar y, cuanto menos, modesto, pues donó a su universidad el importe del premio y se negó a que los rayos X llevaran su nombre. En este tipo de exhibiciones se desconocían aún los efectos nocivos de la exposición a esta radiación de alta energía. No sabemos si la pobre Sarah Bernhardt sufrió alguna secuela por esos cinco minutos, pero sí está en el aire la hipótesis de que la mujer de Roentgen, que era la modelo de muchas de estas imágenes, murió por esta causa. Es famosa la imagen de su mano con su anillo, por ser la primera ‘radiografía’ de la historia.
Aunque los rayos X no llevaron finalmente su nombre, sí hubo una unidad de radiación llamada el roentgen que, no obstante, ha caído en desuso.
Otro científico mencionado en este diario es Louis Pasteur, pidiendo financiación para la creación de su instituto, pero esa es otra historia




