Diario de un viaje a Siria, 1

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Las tragedias humanas se dividen en dos grupos: las sexys, las que impactan en los medios de comunicación y generan un aluvión de solidaridad mundial, y las que no lo son, haciendo que sus víctimas languidezcan en el olvido y la miseria

 

Domingo, 3 de marzo de 2013. Autismo temporal

 

No consigo concentrarme, ni estar a lo que tengo que estar. Cada titular que escribo lleva aparejada una errata; cada texto que reviso, un puñado de errores ortográficos, cada párrafo que pasa por mis manos, una o dos faltas de puntuación. Allá donde tenía que haber una coma, no la hay. Y donde no tendría que haberla, la hay. El cuerpo, las vísceras, los ojos, las extremidades, viajan a una velocidad, la que determinan los aviones, los trenes, los barcos o las circunstancias. La mente es un millón de veces más rápida, y desde hace ya días, se ha posado en un lugar indeterminado de la geografía siria, convirtiéndome, en aquella tarde de domingo previa a mi partida, en un autómata con mermadas capacidades para la edición de textos, en un ser humano enfrascado en sí mismo que apenas atiende los requerimientos del exterior.

 

Albert, mi superior, prefiere contrarrestar el menoscabo temporal en la competencia editorial de la mesa de Internacional de El Periódico de Catalunya echando mano a su sagacidad humana. Sabedor de que en esta vida obtiene mejores resultados quien comprende que quien espera a ser comprendido, no levanta la voz, ni exterioriza su disconformidad. Armándose de paciencia y sazonando el diálogo con alguna que otra ironía bienintencionada, va despachando, una tras otra, las páginas de la edición del día siguiente, asumiendo sin rechistar la carga extra de trabajo y no dejándose irritar por el ensimismamiento de su subalterno.

 

Hacia el final del día, cuando ya solo quedan unas horas para emprender el viaje, Muafak, un médico sirio afincado en Barcelona, acude a la redacción a entregarme un maletín con sondas, sueros y medicamentos, que deberé transferir a mis mentores sirios en cuanto aterrice en Jordania. Es en ese momento cuando Albert agarra una cámara fotográfica y accede a inmortalizar el momento de mi marcha. “A quien se va a una guerra a jugársela, lo mejor es seguirle la corriente”, pienso que debe estar diciéndose. “Porque puede que no vuelva”.   

 

 

Lunes, 4 de marzo. Aeropuertos saturados

 

Las mañanas de lunes en el aeropuerto de El Prat son vehementes, casi desquiciantes. Colas de seres humanos de sexo varón, rostro avinagrado y maletín en mano aguardando para embarcar con destino Bilbao; egocéntricas unidades familiares regateando con el personal de tierra la humana incapacidad de empaquetar en unos pocos bultos los enseres necesarios para unas vacaciones; azoradas azafatas arrastrando maletines de ruedas y cruzando al galope la terminal, con el tiempo justo para incorporarse al vuelo que les ha sido asignado.

 

Turquía es un país emergente cuya economía crece a tasas del 5% anual y que espera incorporarse en breve al denominado proceso de globalización económica mundial, altilocuente palabra sinónimo del verbo uniformar. Porque las ciudades de los países mundializados acaban pareciéndose las unas a las otras, con calles en las que abren los mismos comercios, restaurantes y cadenas internacionales de cafeterías, y habitantes que albergan similares ambiciones vitales de fortuna y progreso social. No es de extrañar, por lo tanto, que mis compañeros de viaje en el primero de los dos vuelos del día –el que cubre el trayecto entre Barcelona y Estambul- no guarden relación alguna con esas imágenes, almacenadas en mi memoria visual, sobre lo que debe ser el pasaje de un país musulmán en guerra. Más bien ofrezcan ese aspecto aséptico y cosmopolita que exige el ostentar la ciudadanía de todo estado aspirante a potencia globalizada: no hay mujeres veladas acunando  a bebés llorando sin consuelo, no hay heridos o ancianos que se baten en retirada con mirada de perdedor, ni siquiera hay hombres vestidos con un shalwar kameez asiendo con fuerza rosarios de cuentas, y reprendiendo con la mirada a aquellos compañeros de viaje que matan el aburrimiento escuchando música con sus ipads.   

 

Mi primer topetazo con la guerra que me dispongo a cubrir sobreviene tras una corta escala estambulí de unas pocas horas, concretamente cuando el airbus de las líneas aéreas turcas que cubre la ruta entre la megalópolis turca y Ammán se dirige hacia la pista de despegue. Una voz metálica e impersonal nos informa de que el aparato permanecerá dos horas y media en el aire, un tiempo de vuelo que, a bote pronto, se me antoja como inusual para un trayecto entre dos países prácticamente vecinos. Minutos después, una vez el avión alcanza la altitud de crucero, el piloto, en lugar de enfilar el morro en dirección sureste, toma rumbo sur, y se adentra en el mar Mediterráneo, dejando Siria y Jordania a la izquierda, con la aparente intención de llegar hasta la costa de Egipto.

 

No se trata de un error, avería o contratiempo. En realidad, el conflicto armado ha convertido al espacio aéreo sirio en un lugar sin garantías para el sobrevuelo, y según me informa una azafata, desde hace ya varios meses las aeronaves se ven obligadas a dar un rodeo de casi un millar de kilómetros, sobrevolando primero Alejandría, luego El Cairo, y finalmente el mar Rojo, entrando en el reino hachemí desde el suroeste. En total, una hora y media de viaje extra para que mi avión evite como a la peste el país al que precisamente me dirijo.  

 

 

Lunes, 4; martes, 5; miércoles, 6, y jueves , 7 de marzo. La paciencia es la madre de todas las virtudes

 

La paciencia es una de las virtudes más celebradas de la condición humana. Para ser puesta en práctica requiere de grandes dosis de control sobre las emociones, pero sobre todo, de la capacidad de empatizar, de ponerse en la piel del otro, de entender que en la vida uno nunca consigue todo lo que quiere y cuando lo quiere, especialmente si ese todo depende de personas y situaciones ajenas a nuestra voluntad. 

 

Y mis primeros días en Jordania se convierten en eso: en un ejercicio de paciencia y empatía. Paciencia porque nada sale como estaba planeado, y en lugar de salir raudo hacia la frontera jordanosiria y quemar con celeridad las primeras etapas de mi particular carrera de obstáculos hasta Damasco, me veo obligado a esperar durante varios días en un húmedo sótano de un barrio sin personalidad de Ammán antes de proseguir mi camino; empatía porque mientras aguardo a que el beduino sin alma que me debe introducir ilegalmente en el país en guerra dé luz verde al viaje, me voy familiarizando con los estragos que esta guerra, sin visos de solución, está generando en los individuos de mi entorno inmediato.

 

Por el respeto que su nombre suscita, deduzco que Abu Hamza debió ser un valeroso comandante en el campo de batalla, uno de aquellos combatientes capaces de inspirar a los hombres bajo su mando. Ahora, en cambio, su ardor guerrero se ha desvanecido, y cuando conversa ni siquiera consigue realizar ese gesto que tanto humaniza a las personas y que consiste en fijar la mirada en el rostro del interlocutor. Sus idas y venidas al lavabo las hace junto a un acompañante que guía sus pasos, y cada pocas horas, sus ojos se someten a la disciplina de un tratamiento médico consistente en unas pocas gotas de un recipiente de plástico. En las fotografías que voy sacando en estos días de espera su imagen aparece siempre ausente, como si su rostro no intentara ya encarar una cámara a la que es incapaz de identificar con la vista.

 

Hani ronda la treintena, y pese a hallarse en la flor de la vida tiene a la esposa y los hijos viviendo lejos de Jordania. Es aún joven, pero solo puede abrirse paso con torpeza entre el denso tráfico ammonita apoyándose  en un bastón, casi como un anciano con cojera. Lejos de su familia, e inhabilitado, como cualquier refugiado en un país extranjero, para elevar la voz o protestar frente a los abusos diarios de que es objeto, no se arrepiente de haber participado en el alzamiento contra un régimen de entrañas carcomidas que, según sostiene, extorsiona y aplasta a su pueblo, hasta el punto de imposibilitar la legítima aspiración de todo ser humano de ascender en la escala social y a la vez mantener intactas honradez e integridad. “Puede que mi país esté condenado durante años; es igual, ganaré la libertad para mis hijos”, dice.

 

En el fondo, las guerras, revoluciones y transiciones políticas son actos de generosidad de las generaciones presentes, las que derriban al antiguo régimen y luchan contra sus despojos, afrontando durante años los costes y privaciones que conllevan la lucha y los cambios políticos, con las futuras, las que habrán de disfrutar de los logros adquiridos por sus ancestros. Así ha sido desde la Revolución Francesa hasta la transición española y así será para millones de árabes contemporáneos que se han levantado contra sus dictadores.

 

 

Viernes, 8, y sábado, 9 de marzo. Una retirada a tiempo siempre es una victoria

 

Hay ocasiones en que las distancias físicas no son más que meros apuntes contables sin relevancia práctica. ¿Quién no se siente siempre cercano a su amigo del alma, aquél que le ha acompañado durante una parte importante de su existencia, aunque resida en una localidad situada a cientos de kilómetros de distancia? Mejor aún: ¿quién no conoce a matrimonios en los que ambos cónyuges, pese a vivir bajo el mismo techo, no están separados por abismos de incomprensión y egoísmo?  

 

Sensaciones similares acerca de las distancias físicas y psicológicas me abordan nada más poner el pie en Er Ramtha, polvorienta población fronteriza en medio del desierto jordano. Sobre el mapa, Siria está muy cerca, a apenas unos kilómetros, e incluso desde algunos puntos elevados de la ciudad es posible divisar la vasta llanura, de color amarillo intenso, que circunda la localidad de Deraa, ya al otro lado de la frontera. Pero a cada nueva cita fallida con el contrabandista que me debe pasar de estrangis al país vecino, a cada nuevo telefonazo repleto de  largas y culminado por un “inshallah” (Dios mediante), la brecha psicológica entre mi destino y mi persona física se ensancha unos metros.

 

Es viernes y Hani acude a la mezquita local, casi como buscando consuelo espiritual ante tanta contrariedad. Yo, en cambio, prefiero dejar el recurso a la divinidad para ocasiones más perentorias. La experiencia me dice que cuando pintan bastos y las cosas no salen es mejor no romperse la cabeza estrellándose contra un muro. Conclusión: Hay que desandar parte del camino, regresar a Turquía, e intentar entrar en Siria desde el norte, donde la entrada será mucho más fácil ya que la frontera, allí, está controlada por los rebeldes.

 

 

Martes, 12 de marzo. Las guerras y los estereotipos bélicos

 

Uno de los estereotipos bélicos que más ha contribuido a extender la industria del cine norteamericana se refiere a los flujos transfronterizos de refugiados. Por alguna extraña razón que desconocemos quienes hemos vagado de guerra en guerra, las películas hollywoodienses presentan dichas oleadas humanas en un solo sentido, el de la huida. La realidad guerrera es mucho más compleja de cómo la imaginan los guionistas fílmicos norteamericanos, y el trasvase de gentíos es en ambos sentidos, tanto de gente que abandona el país en conflicto, como de gente que regresa a él: porque siempre hay quien vuelve para recoger a familiares o amigos que se ha visto obligado a dejar atrás, quien no soporta la vida precaria y las humillaciones que sufre todo refugiado forzoso en país extraño, o quien simplemente busca  hacer negocio y amasar fortuna sacando partido a la adversidad ajena, siempre abundante en una situación de guerra.

 

La imponente verja metálica que separa Turquía de Siria se abre puntualmente a las 10 de la mañana. Pero desde mucho antes de la hora fijada, una masa amorfa de gentes que empujan, se insultan y hasta amagan con arrearse pugna, junto a la línea de demarcación, a través de los barrotes de hierro, por hacer llegar salvoconductos y pasaportes a los malcarados agentes turcos, entre gritos y empellones. Sin querer mezclarse con este abigarrado grupo humano, pululando a su alrededor, hay buscavidas, curiosos e individuos sin ningún quehacer que intentan matar las horas. Nadie quiere ayudar a nadie, nadie ofrece nada si no es a cambio de algo –y si es en metálico mejor-, nadie se muestra comprensivo o piadoso, nadie dicesi puede responder con un no, nadie acepta documentos que no estén en regla, nadie recoge papeles de identidad que no sean los exigidos por la oficialidad. 

 

Una cosa es la política general de un estado, la que dicta un jefe del Gobierno junto con sus ministros, y otra su aplicación práctica por funcionarios desidiosos, autoridades locales molestas con tanto trajín en sus virreinatos, o mal pagados policías que buscan aportes extra a sus pírricos salarios. En resumen, que por mucho que Turquía haya sido etiquetado por los medios de comunicación como el campeón del bando rebelde en la guerra de Siria, sus refugiados no cuentan, ni mucho menos, con una alfombra roja de recibimiento nada más pisar suelo otomano.

 

 

Martes, 12 de marzo. Guerra nada más cruzar la frontera

 

En Siria la guerra no da un respiro, ni siquiera en esas partes del país situadas lejos de los frentes en donde se lucha. Más bien al contrario, el conflicto propina al recién llegado un doloroso cachete en cuanto culminan los trámites fronterizos, consistentes, no solo en el habitual sellado del pasaporte, sino también en la firma de un documento de descargo, redactado en inglés, por el que los reporteros eximen al Gobierno turco de toda responsabilidad por cualquier contingencia que pudiera surgir en el transcurso de su viaje.

 

Y es que el conflicto sirio se hace carne nada más cruzar la línea de demarcación, a apenas unos metros del edificio que da la bienvenida a la República Árabe Siria, ya bajo el control de milicianos rebeldes. Miles de civiles huidos de los últimos combates han ocupado de forma espontánea una explanada situada junto al puesto fronterizo. Técnicamente, de acuerdo con la intrincada terminología humanitaria internacional, los inquilinos de este campamento no son refugiados, sino desplazados internos, ya que la entrada en Turquía les ha sido denegada y continúan pisando suelo sirio. Su vulnerabilidad, sin embargo, es mucho mayor que la de sus conciudadanos instalados dos kilómetros más al norte. Agencias dependientes de Naciones Unidas como el Alto Comisariado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) puntualizan en sus páginas web que su mandato “no cubre de forma específica” a los “desplazados internos” (IDP), y descargan en el Gobierno local la tarea de proteger a estas poblaciones, por mucho que, en casos como el de la guerra siria, sea ésa la institución de la que estén huyendo.  

 

Precisiones semánticas a un lado, aquí  las necesidades abruman. Hay niños con el vientre surcado de cicatrices que transportan desde hace meses minúsculos pedazos de metralla en el vientre, concretamente en la zona alrededor del ombligo; hay cabezas de familias que permanecen tendidos en un colchón las 24 horas del día, con una pierna inutilizada como consecuencia de algún bombardeo, minusvalía que les impide salir del receptáculo y buscar el sustento para sus vástagos; hay mujeres que se afanan en preparar una única comida diaria, consistente en patatas hervidas condimentada con salsa de tomate repartida por la cooperación internacional.

 

Las tragedias humanas se dividen en dos grupos: las sexys, las que impactan en los medios de comunicación y generan un aluvión de solidaridad mundial y donaciones que incluso supera las capacidades de las oenegés internacionales de gestionarlas, y las que no lo son, haciendo que sus víctimas languidezcan en el olvido y la miseria. Visto lo visto en este primer kilómetro de territorio sirio, donde las principales oenegés internacionales brillan por su ausencia, ya es posible proclamar que la guerra de Siria pertenece a este segundo grupo.

 

 

Martes, 12 de marzo. El frente de Khan el Asel

 

Aproximarse a la primera línea de combate en el frente del Khan el Asel requiere agilidad, rapidez y arrojo. Hay que atravesar a la carrera jardines en ruinas, estancias con los muros horadados donde hasta hace muy poco alguien comía, dormía y jugaba, y expuestas explanadas donde ocasionalmente se oyen indeterminados y amenazadores silbidos surcando la atmósfera.  Al final del camino,  una vez ya cobijado en la seguridad de la posición militar, compruebo que tan solo un par de muros y unas decenas de metros separan a unas milicias rebeldes y a unos soldados progubernamentales que muy probablemente jamás se habrán visto las caras.

 

Pero ello no impide que, dada la proximidad con la que conviven, ambos enemigos no se conozcan a la perfección, sepan al dedillo sus rutinas, sus movimientos, sus reacciones. A qué hora se levantan, a qué hora encienden una hoguera para calentar la comida, a qué hora se produce el relevo. La guerra de posiciones es así. Unos disparan, los otros responden, los unos vuelven a disparar, y los otros vuelven a responder. Y lo único que acaba impidiendo que este toma y daca se prolongue hasta el infinito es una ofensiva o un ataque por sorpresa de alguno de los dos bandos en liza, ofensiva que, solo a veces, llega a alterar el status quo bélico imperante y mueve la línea de frente, a veces en solo unos pocos metros, a veces en varios kilómetros, a veces en una ciudad entera. Entre tiroteo y tiroteo, tedio, té, camaradería, aburrimiento y muchas horas muertas esperando a que pase algo.

 

La posición está tranquila hoy, y nadie realiza movimientos amenazadores. La visita del reportero despereza a los combatientes, y para demostrar al recién llegado que la guerra va en serio, uno de ellos se sube a una escalera, asoma la nariz por una abertura en la pared, alza la voz y comienza a disparar, entre gritos: “¡La ilaha Illa Allah!” (No hay más dios que Dios). Entonces se  desencadena un intercambio de increpaciones y disparos de varios minutos de duración que más bien me hace evocar esas competiciones de escuela entre compañeros estudiantes que se desabrochan la bragueta, se muestran sus respectivos órganos viriles y comprueban quién de ellos la tiene más larga.     

 

 

Miércoles, 13 de marzo. Barrio en guerra

 

Jean-Baptiste Lamarck formuló su teoría de la evolución en 1809, exactamente medio siglo antes de que Charles Darwin escribiera El origen de las especies. En lenguaje profano, el lamarckismo viene a proclamar que la necesidad crea el órgano; o lo que es lo mismo, que los seres vivos son capaces de adaptarse a cualquier circunstancia, por adversa y extrema que sea, dando a luz a nuevas capacidades para sobrevivir en un entorno hostil.

 

Algo similar sucede con los seres humanos en cuanto estalla un conflicto armado. Nuestros instintos se accionan, y la necesidad nos empuja a pervivir en circunstancias en las que jamás pensábamos que podríamos salir adelante. Durante la Segunda Guerra Mundial, algunos judíos de Bielorrusia y Ucrania lograron escapar a los periódicos pogromos alemanes en los guetos de cada ciudad refugiándose en malinas, desvanes y falsos techos construidos precisamente para cuando llegara el día de la deportación a los campos de exterminio. Otros driblaron a la muerte saliendo a rastras de la fosa común en la que habían sido enterrados, desnudos, malheridos y apartando montones de cadáveres que les aplastaban, producto de los fusilamientos en masa de poblaciones hebreas con que los nazis, en su avance hacia Moscú y Leningrado, saludaban a las aldeas soviéticas recién conquistadas.  

 

Desde el verano del 2012, fecha en que el conflicto irrumpió en el barrio Ashaar de Alepo, el lamarckismo se ha impuesto como inapelable filosofía de vida.

 

En primavera, en las horas centrales del día, el sol ya se hace sentir en la piel, pero un individuo montado en bicicleta, pedaleando trabajosamente y arrastrando una pesada carga consistente en decenas de kilos de pan de pita, circula por las calles del distrito, desafiando el incipiente calor y distribuyendo entre los vecinos que no han emprendido la huida raciones del más preciado alimento en tiempos de guerra. Es un precario sistema de reparto ideado después de que, en invierno, decenas de individuos que hacían cola para recibir su cuota diaria de hidratos de carbono dejasen la vida en una serie de ataques deliberados de aviones y helicópteros gubernamentales.

 

La totalidad de las escuelas del barrio han sido bombardeadas, pero alguna de ellas alcanza a abrir sus puertas durante unas pocas horas al día, nada más arrancar la mañana. Y ello pese a que los pisos superiores han sido destruidos por obuses de mortero y pese a que en las letrinas ya no hay agua corriente, nada desdeñable problema cuando se está al cargo de decenas de niños de entre nueve y 12 años. Los hospitales se han instalado en centros comerciales subterráneos a ras de suelo, con las neveras vacías de refrescos y repletas, en cambio, de tubos de ensayo, y bolsas de plasma y suero sanguíneo.

 

 

Jueves, 14 de marzo. Calle por calle, casa por casa

 

Una mente cabal es capaz de sentir el peligro hasta ciertos niveles, pero cuando se supera una determinada cuota de riesgo parece como que ya todo da igual. Se llega entonces a un estado de relativa indiferencia ante la eventualidad de la propia muerte, producto de haber traspasado, sin haberlo advertido siquiera, esas imaginarias líneas rojas sobre los riesgos asumibles e inasumibles trazadas por la mente antes de emprender el viaje a un país en conflicto. En esas circunstancias resulta ya irrelevante calcular las posibilidades de ser alcanzado por un obús de mortero, o minimizar el peligro que representan los disparos de los francotiradores cambiando de posición, imponiéndose el tan español y resignado proverbio de de perdidos, al río.

 

Mientras aguardo agazapado en una posición de la ciudad vieja de Alepo, mi corazón no consigue alterarse al oír el estruendo seco de las explosiones que se suceden, en intervalos de entre cinco y diez minutos, en el muro contrario, a una decena de metros de donde me encuentro. Si la detonación se hubiera producido en el momento en que cruzaba la bocacalle a la carrera para no ser alcanzado por algún disparo certero realizado desde posiciones gubernamentales, la deflagración me habría afectado de lleno, o cuando menos, me habría alcanzado.

 

Mi espíritu no se estremece mientras avanzo por un laberinto de habitaciones intentando no resbalar con los aparatosos regueros de sangre fresca que han ido dejando los combatientes heridos evacuados de primera línea de combate; ni cuando me parapeto tras un muro debido a que arrecian los disparos del bando gubernamental e imposibilitan el avance a la katiba (batallón) que acompaño; ni cuando uno de mis acompañantes, aprovechando la inactividad del momento, abre un ejemplar de bolsillo del Corán y recita en un susurro versículos del libro sagrado musulmán, como si se estuviera encomendando a Dios ante una muerte que podría aguardar a la vuelta de la esquina; ni cuando al final del día me monto en una furgoneta en cuyo remolque el comandante de mi unidad militar ha cargado el cadáver de uno de sus hombres caídos durante la jornada, cuerpo sin vida que entregará en persona a la familia.

 

La guerra puede definirse como la apoteosis de la brutalidad y la violencia, que solo tiene sentido en un contexto en el que la vida humana ha perdido todo su valor. Los peligros asumidos, su crueldad, su truculencia, sus fantasmas, solo se encarnan cuando remite la circulación de adrenalina por las venas, uno regresa a casa, retorna a la normalidad, se sienta en un sillón y se reencuentra consigo mismo.

 

 

Viernes, 16; sábado, 17, y domingo 18 de marzo. Una chabola en Sarmada

 

Siria cabe en una pequeña chabola de la población de Sarmada, entre las cabras de los vecinos y el sobrevuelo ocasional de los cazas gubernamentales

 

 

 

Marc Marginedas es periodista, enviado especial a zonas de conflicto de El Periódico de Catalunya. Ahora mismo acaba de regresar a Siria. El año pasado publicó Periodismo en el campo de batalla. Quince años tras el rastro de la ‘yihad’ (RBA). En Twitter: @marcmarginedas

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Autor: Marc Marginedas