Don Pablo y la doble moral

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Federico abandonó su tierra natal, una playa caribeña y paradisíaca en la costa caribeña de Colombia, para rendir dos años de servicio militar y otros tres como soldado profesional en la región de Antioquia y su capital, Medellín, la ciudad de la eterna primavera, que también fue, en esos años, los 80 y los 90, el epicentro del narcotráfico y el paramilitarismo en el país. 

 

Federico abandonó su tierra natal, una playa caribeña y paradisíaca en la costa caribeña de Colombia, para rendir dos años de servicio militar y otros tres como soldado profesional en la región de Antioquia y su capital, Medellín, la ciudad de la eterna primavera, que también fue, en esos años, los 80 y los 90, el epicentro del narcotráfico y el paramilitarismo en el país. En esos años, la misión de Federico, y la de otros miles de hombres, era una: atrapar a Pablo Escobar, el mayor narcotraficante que haya conocido el mundo y, tal vez, el personaje más célebre de la Colombia contemporánea.

 

Escobar cayó en 1993. Los medios narraron el fin de la epopeya. Federico no lo cree: opina, y no es el único, que El Capo debe de estar en algún lugar de Costa Rica, o vaya a saber usted; que salvó la vida con su inmensa fortuna; que todo fue un engaño; que a él, que por aquel entonces se encargaba de las radiocomunicaciones, las piezas no le encajan.

 

Veinte años después de su muerte, Pablo –así, a secas: en Colombia, todo el mundo sabe a quién te refieres si dices simplemente “Pablo”- sigue siendo una figura mítica, y, en la mayoría de los casos, se refieren a él con respecto y cierta admiración. Unos, porque enfatizan lo que el mayor narcotraficante del país, ese que supo corromper a buena parte de las instituciones del Estado colombiano con el dinero de la cocaína que exportaba a los Estados Unidos, hizo por las comunidades pobres de Medellín, especialmente en el barrio de Moravia, una comuna (favela) que Pablo reacondicionó por completo. Otros recuerdan que en las escuelas de negocios ya se estudia el modus operandi del cartel de Medellín y de su principal cabeza, porque Pablo no sólo fue un delincuente; también fue el más talentoso empresario que ha conocido el país, hacedor de tan impresionante fortuna que llegó a ofrecerse a pagar la deuda externa de Colombia; tan poderoso que se hizo una cárcel a su medida, La Catedral, para evitar la extradición a Estados Unidos.

 

No pocas son las leyendas urbanas que adornan la figura del llamado Patrón del Mal, pero Pablo Escobar no las necesita: la leyenda puede alimentarse apenas de verdades. Como haberse hecho su propio zoológico en Antioquia, que, por cierto, dejó un último y dañino legado: los “hipopótamos de Pablo”. Cuentan, también, que era un seductor natural, y parece claro que su vocación social era genuina, y no apenas un necesario mecanismo de legitimación y supervivencia. Con todo y con eso, cuesta entender que todavía amplias capas de la población colombiana respeten e incluso veneren la memoria de un delincuente que mató a centenares de personas, muchas de ellas civiles inocentes. Tal vez porque muchas de ellas formaban parte de una oligarquía tenaz que se tiene bien ganada la antipatía del pueblo; tal vez, también, porque Colombia está tristemente acostumbrada a altas cotas de violencia.

 

Federico nos cuenta las incoherencias, las dobles morales atravesadas por la corrupción de las instancias militares, policiales y políticas, en lo que refiere a Pablo, y en todo lo demás. Según nos cuenta, los falsos positivos –la ejecución de inocentes que después se presentaban como guerrilleros dados de baja- ya existían mucho antes del mandato de Álvaro Uribe. “Algunos se enloquecían de tanto matar”, cuenta Federico.

 

Por eso lo dejó todo y volvió a su tierra de origen, una playa caribeña de esas de arena fina, agua transparente y un mar azul y verde. Se llama Playa Blanca y está en la isla de Barú, a 40 minutos en lancha de la muy turística Cartagena de Indias. Sorprende que se mantenga tan hermosa, y sin duda lo hace gracias a la falta de infraestructuras hoteleras. Aquí solo hay cabañas; los restaurantes cocinan el pescado costeño y el arroz de coco en fuegos de leña. Apenas queda una luz prendida en la noche, y el cielo y el mar se muestran así en plena intensidad.

 

Todo esto podría cambiar. Vemos carteles que anuncian lo que después nos cuentan los lugareños: amenazan con desalojar al puñado de familias que habitan la isla y viven de alquilar esas cabañas a mochileros venidos de todo el mundo, y de vender pescado, frutas, cerveza y piña colada a los turistas que cada día llegan en barco o en lancha desde Cartagena.

 

En Salvajina nos dijo un campesino: “Nosotros vemos en este río nuestra cultura, nuestra forma de vida. Ellos sólo ven bajar dólares”. Me acuerdo de él y pienso que grandes cadenas hoteleras deben de ver muchos dólares potenciales en Playa Blanca…

 

 

* Hemos usado un nombre ficticio para proteger la identidad de Federico.


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Este post forma parte del proyecto Cara y cruz de las multinacionales españolas en América Latina, que financiamos por crowdfunding a través de la plataforma Goteo.org. Los lectores de Fronterad financiaron esta investigación, que verá la luz en pocas semanas.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.