Don Salomón Ortiz: rostro y voz de la resistencia chatina en Oaxaca

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Don Salomón Ortiz. Foto: Carlos Fuentes Santos

A cientos de kilómetros de una biblioteca bien equipada y alejado de la vida digital que caracteriza a las ciudades, don Salomón Ortiz parece saber algunas cosas fundamentales. Sabe que la modernidad le ha robado al mundo la mirada incisiva a acerca de la historia. Sabe que las nuevas generaciones naveguen a ciegas por el océano de la información inmediata. Sabe que no hay que repetir como pericos los engaños del libre mercado. Reflexivo, afirma que hay que defender la tierra sobre todas las cosas y advierte el daño irreversible que han producido los químicos en el suelo y en el alma del hombre.

Desde los bosques nubosos de la sierra Madre del Sur, Oaxaca, don Salomón se pregunta cosas que los medios tradicionales creen que sólo interesan a los blancos. Cuestiona la escasa disposición de los gobiernos que no dirigen sus esfuerzos para procurar la salud, la paz y la justicia a pesar de las guerras, las pandemias y las hambrunas.

Este gurú de las montañas fuma relajado los cigarros que forja con hojas de totomostle. Desde las bolas de humo que exhalan sus labios, intuye que la debacle del planeta es responsabilidad de los grandes capitales que han reducido a la humanidad a la categoría de mercancía para seguir manteniéndola bajo su dominio.

Considerado por su comunidad como uno de los últimos patriarcas de la raza chatina, a sus ochenta y siete años don Salomón, sin embargo, se siente solo. No tiene con quién hablar, dice, acerca de los asuntos que aún le preocupan: la política y el entramado social de su pueblo.

Para este campesino, la política escapa del marco teórico y su ejercicio sirve solo si el ser humano es capaz de deshacerse de la envidia, la soberbia y el egoísmo y está dispuesto a ponerse al servicio de los demás.

En un mundo atrapado por el hedonismo de las redes sociales y la quimera televisiva, es inimaginable encontrarse con estas acepciones en lugares tan remotos como Rancho Nuevo, una comunidad que no rebasa los ciento cincuenta habitantes, enclavada en una de las zonas más apartadas de la sierra Madre del Sur, a la que se accede solo por una angosta y accidentada carretera de tierra, después de un recorrido de cinco horas desde Puerto Escondido, Oaxaca.

Don Salomón es sin duda uno de los rostros que reivindica la erudición y resistencia de los pueblos originarios de México. En su juventud, fue un hombre solidario hasta que el peso de los años mermó sus fuerzas. Sirvió como autoridad de su pueblo durante largos periodos sin percibir salario alguno, de acuerdo a las costumbres que rigen la vida rural en Oaxaca. Desde muy joven aprendió albañilería, actividad que combinó con su trabajo de traductor en el ahora extinto Instituto Nacional Indigenista. Al igual que varias generaciones suyas, sembró maíz y frijol en las laderas escarpadas de los cerros para dar de comer a su familia y contribuir con los festejos patronales de su comunidad. Pero sobre todo, don Salomón cultivó desde esas épocas el espíritu crítico para defender incansablemente los intereses comunales y tender su mano a aquellos avecindados que no eran parte de su etnia.

Para este gurú el acto de conversar significa una veneración. Su fluidez proviene de esa tierra fecunda que marcó la vida de los pueblos indígenas en México. La chatina, su raza, es considerada una de las primeras tribus que habitaron el suroeste de Oaxaca. Su nombre antiguo kitse chatnio se traduce como “trabajo de las palabras” y su lengua y cultura tuvieron una fuerte presencia entre el mar pacífico y la sierra Madre del Sur desde el año 800 antes de Cristo. Vestigios de su influencia han sido encontrados entre Río Verde y Puerto Escondido en las localidades de Nópala, Juquila, Manialtepec y Chila, según Liliana Gómez Montes, historiadora e investigadora de la Universidad del Mar en Huatulco.

Para llegar a Rancho Nuevo viajo en la parte trasera de una Nissan que resiste los rigores de una carretera serpenteante. Carlos Fuentes Santos conduce la camioneta con la misma pericia con que caza cocodrilos y difunde la cultura afrodescendiente en las zonas lacustres de la costa oaxaqueña. Bruno, su pequeño hijo, duerme en los brazos de Verónica, su madre, y sueña el futuro desde la rendija en que se asoman los pliegues de robustas montañas.

En Tataltepec de Valdez dejamos atrás el asfalto y nos internamos por un paisaje arborescente de altos pinos y cascadas crepitantes. Antes de llegar a nuestro destino, remontamos montañas y precipicios por veredas severamente afectadas por las últimas lluvias de agosto. Dos o más veces hemos de bajarnos del vehículo para colocar piedras sobre el camino enfangado y reanudar nuestro viaje. Recorremos la misma ruta de antiguas migraciones que obligadas al destierro subieron a las montañas para evitar a los asentamientos españoles de finales del siglo XVI y preservar el conocimiento. Y aunque hasta aquí los vino a alcanzar la cruz y la espada, en esta sierra exuberante permanece aún encendida la llama de una epistemología ancestral, tan urgente en estos tiempos en que la concepción del desarrollo, asociada a la extracción y al dinero financiero, encamina al mundo al desastre.

La idea de escribir sobre don Salomón surgió a raíz de la invitación de Fuentes Santos para visitar a sus suegros en las montañas de la Sierra Oaxaqueña. Además, tenía curiosidad de acercarme a los misterios de la cultura chatina, después de un año y medio de haber dejado Ciudad Juárez, una de las más activas fronteras mexicanas, y haberme instalado en Bajos de Chila, un pequeño pueblo costero, aledaño a Puerto Escondido, Oaxaca.

En este periplo, pretendía saber el punto de vista en torno al autogobierno, la pandemia y la guerra que, en voz de esa comunidad, me parecía, no había sido recogido por los aparatos convencionales de la opinión pública.

En las vísperas del viaje, había conversado con Pablo, mi hijo mayor, sobre decolonialidad, un tema rebuscado que sin embargo me transportaba a la portada de Imágenes del espíritu de Gabriela Iturbide, que muestra a un viejo campesino vestido de manta, sombrero de paja y un morral de ixle a la espalda. Parado ante la cámara, como si esperara los disparos fatales de un pelotón de fusilamiento, el hombre –cargando a cuestas todo el peso del abandono– es fotografiado delante de una pared de la que cuelgan los retratos de Miguel Hidalgo, José María Morelos y Pavón, Leona Vicario y Agustín Iturbide. Es de suponer que Gabriela Iturbide nombró la foto Héroes de la patria en alusión al olvido de esos miles de campesinos sin nombre que la narrativa oficial ha borrado de la historia y a quienes ni la independencia ni la revolución mexicana han hecho justicia.

A mi llegada a Rancho Nuevo las imágenes de Iturbide me seguían persiguiendo, y la entrevista con don Salomón me confirmó que la riqueza de Oaxaca seguía viva gracias a las grandes aportaciones de sus pueblos indígenas y afrodescendientes. Había suficiente información en museos, archivos y bibliotecas acerca de las contribuciones de los pueblos indios en el campo de la democracia, la autonomía y la conservación de la naturaleza para negar su relevancia. A mi regreso a Puerto Escondido, en una fiesta de clase media, comprobé que los mestizos piensan lo contrario. Entre mezcales aparecieron de manera paulatina, pero constante, los “pinches indios”, los “parecen animales” y los “pinches bajados del cerro”. El acento peyorativo subió de tono hasta convertir la fiesta en una extraña cofradía negacionista de la grandeza de su propia estirpe.

Al hablar con algunos de los asistentes a la fiesta sobre mi viaje y hallazgos en Rancho Nuevo, el silencio no fue la excepción. Muchos respingaron cuando expresé que me parecía inadmisible que el gobierno estatal organizara la Guelaguetza con el fin de promocionar a Oaxaca y sus tradiciones indígenas en el ámbito turístico, mientras una buena parte de las comunidades permanecían en el abandono.

Comenté además que la organización de dicho festejo, en todo caso, debería estar en manos de los propios pueblos originarios y que el gobierno debería limitarse únicamente a proveer los recursos necesarios para su celebración. Por último, agregué que, por su trascendencia, la Guelaguetza debía convertirse en un altoparlante que ayudara a derrumbar la narrativa oficial y contara la verdadera historia de marginación y despojo a la que han sido sometidos los pueblos indios de Oaxaca desde hace más de cinco siglos.

Desde las primeras décadas posteriores a la invasión española, el sarampión y la viruela abatieron al pueblo chatino. Durante el virreinato, esta etnia quedó marginada de los beneficios del cultivo de la grana que los españoles incentivaron en otras comunidades indígenas para su exportación a Europa. En las partes altas de la costa oaxaqueña y sumidos en la miseria, a este pueblo la independencia mexicana le pasó de noche. No obtuvo ningún beneficio de la separación oficial de México de la corona española en 1821. Todo lo contrario. Su situación de pobreza aumentó años después con el decreto de las Leyes de Reforma, mediante el cual el gobierno mexicano confiscó grandes extensiones de sus tierras. Durante el porfiriato se incentivó el cultivo del café en el sureste mexicano para aprovechar el incremento de su precio en el mercado europeo. El aumento de la producción del grano derivó en una mayor explotación hacia las comunidades indígenas que morían de hambre y de enfermedades curables mientras los hacendados se enriquecían, viajaban a Europa, y construían grandes y lujosas mansiones. Entre 1875 y 1896, el pueblo chatino se sublevó tres veces, pero su alzamiento fue ferozmente reprimido por las fuerzas del gobierno y las huestes de los latifundistas, según registran algunos historiadores. En el periodo revolucionario, algunos integrantes de la comunidad se sumaron a las filas de Emiliano Zapata. No fue hasta la década de los cincuenta cuando el gobierno federal promovió el cultivo del café en tierras chatinas, lo que aminoró el sufrimiento. Para Silvia Bazúa, una estudiosa de la escuela Nacional de antropología e Historia, los chatinos han sido un grupo orgulloso de sus tradiciones. Siempre lucharon en contra de los poderes que los tenían dominados, según cuenta la analista en su libro Los chatinos, publicado por Instituto Nacional Indigenista en 1982.

Desde que llegamos a Rancho Nuevo la mesa está servida. Mientras Juan Luis y su amigo Tomás matan un novillo para la fiesta en honor de Adela, una joven recién graduada de maestra, la conversación toma su curso. Hablamos de todo. El clima, los químicos, la guerra, la alimentación, el aislamiento y las nuevas comunicaciones. El tema fuerte será el autogobierno que la mayor parte de municipios oaxaqueños han escogidos como medio para administrarse: 478 ayuntamientos de 571 operan bajo esta modalidad.

Don Salomón coincide que la manera indígena es más democrática en cuanto a la forma en que se eligen a las autoridades. A diferencia de los gobiernos emanados de los partidos políticos, los usos y costumbres nutren la vida participativa de las comunidades y alienta su carácter autogestivo y asambleario. Don Salomón relaciona esta forma indígena de autogobierno con el “mandar obedeciendo” que busca alejarse del autoritarismo clásico de otras formas de gobierno.

Reconocidos por el derecho positivo en Oaxaca de manera tardía, el autogobierno es un modo de organización usado de facto por los pueblos originarios de Oaxaca y otras etnias del sureste mexicano desde hace cientos de años.

Por eso no es casual que en 1994, el levantamiento zapatista en Chiapas reivindicara la autonomía de los pueblos indígenas como una de sus demandas sustanciales en la mesa de negociaciones con el gobierno mexicano, encabezado entonces por Carlos Salinas de Gortari. Los alzados sabían que la demanda por la autonomía significaba la esencia de la lucha histórica en contra del despojo de sus territorios.

El 1 de enero de 1994 el mundo despertó con la noticia de que cientos de indígenas le habían declarado la guerra al gobierno en el sureño estado de Chiapas. Bajo el estandarte de Emiliano Zapata y las armas en la mano, los alzados demandaban tierra, democracia, justicia y libertad. Mediante un discurso fresco y metafórico, que cautivaría a millones de jóvenes en el mundo, la revuelta zapatista dejaba atrás la encorsetada narrativa marxista e insertaba en la agenda nacional la discusión sobre la autonomía y los derechos culturales de las 56 etnias del país. El momento era inédito, así como incuestionables sus causas. La rebelión se produjo en el contexto de una extraña apertura del país al libre mercado y su salto inverosímil al primer mundo en el que paradójicamente “diez millones de indígenas vivían cercanos al neolítico”, señalaría Juan Villoro, un escritor afín a las causas altermundistas.

El levantamiento echaría por tierra la inefable paz social mexicana y evidenciaría el abandono y atraso en que subsistían las comunidades autóctonas. Durante casi una década, el zapatismo le ganó la guerra mediática al gobierno y sus demandas sumaron simpatías entre intelectuales reconocidos adentro y fuera del país.

Don Salomón supo un día del zapatismo chiapaneco, pero ahora ignora el curso de ese movimiento, que en los últimos años ha ignorado al gobierno para seguir reconstituyendo sus pueblos autónomos lejos de los reflectores.

Pese a que el gobierno de Ernesto Zedillo se negó en 1995 a cumplir con los acuerdos de San Andrés Larráinzar, que reconocían la autonomía indígena, Oaxaca sería de los pocos estados en el país que reportó ciertos avances en su legislación al reconocer algunos derechos de los pueblos indios.

En 1997, tres años después del levantamiento en Chiapas, el Congreso de Oaxaca aprobó enmiendas en las que se reconocía “las tradiciones y prácticas democráticas de las poblaciones indígenas”. En ese año, el Instituto Electoral de la entidad publicó un catálogo de intenciones en el que se observa que “ninguna decisión de la autoridad podía tomarse sin consultar a la asamblea” y concluía que “la delegación del mandato no está basada en interpretar los intereses del pueblo sino en hacer exactamente los que el pueblo le encomienda”.

Don Salomón desconoce los antecedentes legales de esta historia, sin embargo su habilidad intuitiva le permite aterrizarlos a la realidad. Para hombres honrados como él, no hay más. Sabe que el ejercicio de la política sirve para hacer lo que el pueblo manda y no para satisfacer los intereses de “unos cuantos”.

“Mucha gente aquí no cree en los partidos políticos ni les tiene confianza”, dice cuando el tema discurre en torno a la corrupción que corroe los pilares de la administración pública en México. Y razón no le falta. La desviación millonaria del erario al bolsillo de funcionarios y políticos deshonestos es una práctica común en la burocracia mexicana y constituye uno de los mayores lastres que ha agravado el deterioro de la vida de las poblaciones más marginadas del país.

Pese a su inmensa riqueza natural y su honda belleza, Oaxaca es el tercer estado más pobre de México, solo por debajo de Chiapas y Guerrero con 2,66 millones de personas en situación de pobreza, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Es también una de las entidades con mayor atraso en materia educativa y su sistema de salud pública marca niveles muy bajos de calidad.

Sin embargo, don Salomón es optimista. Piensa que las cosas han mejorado en los últimos años. Por primera vez en mucho tiempo el gobierno mira hacia abajo y se fija en los campesinos pobres, dice. Don Salomón recibe una pensión de adulto mayor y Juan Luis, uno de sus hijos, esta inscrito en el programa Sembrando Vida que facilita recursos para la siembra de maguey y otros cultivos en la zona.

En el centro de Rancho Nuevo se construye el edificio de la delegación del pueblo y, desde hace más de dos años, los habitantes cuentan con un moderno domo en el que los jóvenes de la comunidad practican basquetbol y otros deportes. La construcción cobija a la fiesta patronal que los pobladores celebran el 18 de diciembre de cada año.

En el mundo de don Salomón no solo existe la política. Le preocupa la catástrofe climática por venir. Se estremece al saber que 42 millones de árboles son talados diariamente en el planeta y que México se encuentra entre los cinco países de América Latina con mayor desforestación.

Los alrededores de Rancho Nuevo, perteneciente al municipio de Santa Cruz Zenzontepec, distrito de Juquila, están plantados de altos pinos que conforman una rica biosfera y convierten a la zona en una reserva herbolaria no declarada. Sus pobladores, la mayoría pertenecientes a la raza chatina, guardan sus tradiciones preservan sus vínculos con la madre tierra. Y aunque ahora se come mucha más carne de res que en épocas anteriores, la base de su alimentación sigue siendo el maíz, el frijol, el café, la calabaza, el tomate, la verdolaga, los hongos y cientos de plantas cuyas propiedades nutritivas permanecen aún ocultas a la vista de los dietistas citadinos.

La buena salud de don Salomón se debe a lo que come, dice. La última vez que lo revisó un médico recibió un diagnóstico muy favorable. No padece de alta presión, no tiene azúcar y su hígado, riñones, corazón y pulmones están en perfecto estado, asegura con el cigarrillo en una de sus manos.

Atrás de su vivienda crece una planta mediana. Sus vecinos le llaman pie de gallo, por la forma de sus hojas. Se muele y se come en tacos como si fuera carne. El pie de gallo es una de las hierbas que domesticó el paladar de don Salomón. Para él, la variopinta existencia de hierbas da vida porque su pureza es parte de la naturaleza. En algún momento de la conversación señala que los químicos llegaron con los caminos, y con estos también llegaron las enfermedades. Atribuye a los aditamentos artificiales responsabilidad en la muerte de la naturaleza y el espíritu del hombre. Este campesino se refiere al desastre ecológico en momentos en que el planeta sufre uno de los mayores desequilibrios A su edad, este campesino se sorprende de la maldad que se cierne sobre el planeta. Sabe de la guerra entre Rusia y Ucrania y le preocupa tanto como la contaminación de los cultivos. No entiende el afán mercantilista que expolia el trabajo de los campesinos que “dan de comer al mundo” y asegura que a la vida occidental le hace falta mucho humanismo.

Cultivar la tierra requiere gran esfuerzo. El trabajo del campo es “duro y matado”. Hasta Zenzontepec, uno de los centros de la actividad agrícola y ganadera de la región no siempre llegaron a tiempo los apoyos para el campo. En esa zona como en otras del país la tierra esta en riesgo de quedarse sin campesinos. Pero ese no es un fenómeno exclusivo de México. Si los vaticinios de los economistas se cumplen, en menos de un siglo dejará de existir la clase campesina, según John Berger. La gente del campo emigra a las ciudades. Otros salen de sus países en busca de mejores condiciones de vida. En su trilogía De sus fatigas, Berger advierte la desaparición de la sociedad rural cuya “vida ha estado dedicada por completo a la supervivencia”.

Don Salomon se acerca a uno de los precipicios en sentido premonitorio y observa cómo las nubes bajan del cielo y copan los arboles de una de las montañas vecinas. Para él lo que está en riesgo no es solo la existencia de los campesinos, sino el futuro de la humanidad.

A la distancia, él solo espera la muerte, dice. Pase lo que pase, su legado ético es inmenso. Se trata solo de tener paciencia y escucharlo a tiempo.

De regreso a Bajos de Chila, la música acompaña el silencio de los árboles. Las preguntas que no hice encuentran respuesta en el murmullo del agua. Por el celular escucho la voz de Milán, que interpreta un corrido, haciéndole segunda a su abuelo. Es una noche cálida, antes que llegue la fiesta de Adela. A mi cabeza retornan las imágenes: Juan Luis canta y toca el violín con el sentimiento de los hombres grandes de su raza. Adela sonríe, abre sus ojos grandes y enseña sus dientes blancos a la noche. En la sombra, Cristina, su madre, mueve los hilos de la orquesta para que la barbacoa vaya respirando el olor de la hoja de aguacate.

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