Dos de los nuestros

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Debe de ser que hay casos que se meten a propósito en la nevera, como un artículo para los días en blanco. Hace unos días escribía Gistau que este año ya no se apunta al juego de Mas, quien vuelve, ya no como si lo que quisiese fuera la independencia sino tan sólo la presencia...

 

Debe de ser que hay casos que se meten a propósito en la nevera, como un artículo para los días en blanco. Hace unos días escribía Gistau que este año ya no se apunta al juego de Mas, quien vuelve, ya no como si lo que quisiese fuera la independencia sino tan sólo la presencia. Incluso ya casi, por la edad, como si tuviese el afán ridículo de Norma Desmond de recuperar la gloria. Uno va a intentar también no jugar más con él, pero no sabe si será capaz a pesar de que esté tan trillado que sea ya un hombre erial, que ha convertido el mito catalán en fake, lo cual también es el reto de intentar sacarle algo. El asunto no deja de ser curioso, no el de la Cataluña pisoteada por el president, sino el de la nevera en la que también se guarda por ejemplo a Urdangarin, que es ese brik de leche pasada con aspecto de limón reseco. Ya casi no importa si le condenan o no; por uno que le dejen en la balda de la puerta donde se ponen los huevos y que allí acabe de secarse como un preso en el castillo de If, del que sólo saben sus carceleros porque vacía el plato diario. Esto también es una condena y así la actualidad podría verse libre de contemplar nuevos horizontes como si no los hubiera: toda una sucesión de montes que al atardecer se ven grises difuminándose en la lejanía. Es el socio Torres, en parte, como Mas y su insistencia enajenada, quien saca la leche y el limón a la encimera como Joyce iba vendiendo el Ulises por entregas, pero llama la atención que el duque y Artur salen al mismo tiempo a la palestra siempre en medio de tiempos convulsos. En el caso de Mas, dándosele la esperanza de lo suyo donde no cabe el desaliento, y en el de Iñaki mostrándole el estigma con el que habrá de acabar sus días. No estaría mal acabar con esta costumbre, entre otras cosas para ir zanjando temas, pero de ese modo esto no sería España. Mas no conseguirá nunca su anhelo pero le dará para seguir viviendo en la ilusión mientras sea necesario, casi como un comodín que lleva prendido, quién lo diría, al cuñado del Rey como un testigo protegido quien, aunque siga alternando en restaurantes de lujo,  a uno le recuerda a la última imagen de ‘Uno de los nuestros’, cuando Henry Hill en albornoz a la puerta de una casa prefabricada en un lugar desconocido dice: “Soy un don nadie, y viviré el resto de mi vida como un don nadie”.