Ekaterina Docheva, la salvaguardia de la música clásica en Bulgaria

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Una conversación con una de las últimas críticas musicales de Bulgaria

Ekaterina Docheva, decrescendo.net

Cuando recibí la invitación para sentarme en el diván del Lorca con Marco, Martina y Joe, mi primer deseo fue presentar a Katya Docheva, una magnífica crítica musical, tan llena de hermosas historias. Con un estilo inconfundible nos permite conocer casi medio siglo de pasado socialista del que tan dolorosamente nos hemos separado y, al mismo tiempo, dibuja un presente marcado por tres décadas de transición democrática inconclusa.

Conocí por primera vez a Ekaterina Docheva en el Palacio Nacional de la Cultura durante un concierto al que esperaba asistir desde hacía años. En aquel momento mi marido trabajaba como redactor en el periódico Kultura y recibió una invitación para el recital de mi admirada Angela Gheorghio, la cual seguía manteniendo una impresionante forma vocal, resultado de la reputada escuela rumana en la que se formó. Cuando me cedió su entrada, mi marido me comentó que estaría en el concierto junto a Katya Docheva, tal y como familiarmente era conocida. Maravillosa coincidencia que acabara compartiendo aquella experiencia con una reconocida crítica musical a la que admiraba.

Desde hace tiempo seguía su columna semanal y siempre mostré un gran respeto por su afilada pluma, tan implacable y diferente del resto de los análisis de Kultura. Cuando llegué a mi asiento me encontré a la derecha una dama de pelo corto, estilosa y descuidada, que, con sus primeras palabras y una mirada elegante de intelectual, enseguida me conquistó.

De esta manera comenzó nuestra amistad, que más adelante se fue transformando en encuentros más frecuentes, con fascinantes paseos matutinos por el parque, conversaciones sobre música y mucho más. Katya es una lectora incansable que, además de seguir la actualidad musical, se interesa por cine, el teatro, la literatura, la poesía y un sinfín de artistas e historias, tanto búlgaras como europeas.

¿Cómo acabó siendo “la guerrera solitaria” en el campo de los críticos musicales en Bulgaria?

Antes de nada, me gustaría decir que se trata de una definición no del todo precisa ya que hasta hoy en día, junto a mí hay otras personas, sobre todo señoras, que se dedican a la crítica. Es cierto que hemos quedado pocas personas, y puede que mi trabajo sea más visible, porque escribía cada semana textos de crítica en el periódico Kultura. Pero en las páginas de este periódico reflejaban noticias de la vida musical y operística con más frecuencia personas como Natalia Ilieva y Boyanka Arnaudova. Como redactora del periódico lograba atraer a veces a personas de buena pluma como los compositores Dragomir Yosifov o Mihail Goleminov. Pero sucedía rara vez. Mire, antes de los cambios políticos en Bulgaria, durante el socialismo, ante todas las limitaciones que había por entonces, había una tribuna de crítica musical. Casi todos los periódicos y diarios tenían una página dedicada a la cultura que ofrecía también reseñas de arte. Había críticos buenos y valientes. Una tribuna de crítica bastante seria hasta 1990 era la revista Bulgarska muzika, que era el órgano de la Unión de Compositores. La misma unión acabaría cerrándola, lo cual traería consigo un gran daño a la posibilidad de que se siguiera la vida musical en Bulgaria. La revista tenía una extensión de 100 páginas y cubría los eventos musicales más interesantes del país. Así que el territorio existía y el territorio mismo exigía que hubiera gente dedicada. Después del 10 de noviembre de 1989 estas ediciones se clausuraron. Quedó solamente el periódico Kultura que, junto a su continuación, seguiría existiendo hasta final de 2019. Muchos críticos musicales se rindieron porque el mundo del dinero empezó a vengarse. De repente, salieron a la luz demasiadas dependencias y empezó a resultar incómodo escribir sobre crítica actual de compositores y artistas. Bulgaria es un país pequeño y, como decimos nosotros irónicamente, en él todos somos familiares, amigos, o compañeros. Y más aún en el sector musical. No habra manera de que no hubiera conflicto de intereses, que no tuvieran lugar pequeñas pero eficaces venganzas. Por ello, seguramente la mayoría de las plumas se orientaron hacia el trabajo científico, hacia los medios electrónicos y fueron abandonando la esfera de la crítica actual. El año pasado tomé la decisión de hacer este blog sobre crítica y escribir para mi propio placer.

¿Cuál crees que es el futuro de la música clásica en Bulgaria?

No pretendo sonar muy pesimista, pero yo creo que esta esfera musical, tan importante y fundamental en el desarrollo del hombre, no tiene futuro en nuestro país. Resultó que nuestra tradición en relación a la música clásica está bastante relegada. Hoy en día apenas es respetada por las instituciones que se dedican a financiar las artes, y por ella solo se interesa una pequeña parte de la sociedad. Algo que no debería sorprendernos teniendo en cuenta que en la educación primaria y secundaria toda la formación relacionada con la música clásica está absolutamente recortada y reducida. Mi amargo balance después de décadas en este oficio es que toda la cultura sinfónica de Bulgaria ha sido Deus ex Machina – rebajada. La sociedad, el pueblo se emociona de otro tipo de música. La red de orquestas sinfónicas, teatros de ópera y coros fue creada después de 1944. Por, entre otros, el gran papel del compositor y director Georgi Dimitrov. Como pedagogo, él “creó” a fantásticos directores corales como Vasil Arnaoudov, Georgi Robev, Zahari Mednikarov, Metodi Grigorov, Hristo Arishtirov… Son bastantes.

 

Se sabe que Bulgaria era un país de coros, además de un país con muchas orquestas sinfónicas. Ellas también fueron creadas por personalidades – desde Konstantin Iliev, Dobrin Petkov, Ruslan Raychev… Estas personas tuvieron conciencia de músico para lanzar fuerzas, para formar a la población con un repertorio desconocido, de hacer tradición. Había también conciertos educativos, conciertos por la televisión, los músicos y el estado trabajaban para acercar al ciudadano búlgaro a las salas de conciertos. Y en gran medida esto se logró: ahora me doy cuenta que por ello el aislamiento en el que vivíamos también contribuyó. No había muchas tentaciones, no había medios para obtener todo tipo de información. Los conciertos y los espectáculos de ópera eran una parte importante de las necesidades culturales del búlgaro medio.

Pero también en los años después de la caída del régimen la voluntad libre del pueblo dio a luz al pop folk y el público demostró que lo anterior nunca lo habría alcanzado. Es un hecho que la frenética alegría de poder comprar tus cosas favoritas ha desplazado la idea de que la cultura común, además de material, debe poseer un individuo. En treinta años, un gran porcentaje de la población búlgara me ha transmitido que no está interesada en esto. Así que para la música clásica en Bulgaria el mercado (expresándome en lengua actual) se redujo al mínimo. Por ejemplo, para Sofía, una ciudad de dos millones de habitantes en su área metropolitana, donde los centros comerciales están llenos, el público de un concierto de música clásica está entre 1000 y 1500 personas como mucho.

Nosotros somos un país rural y por mucho que nuestros pueblos se vacíen y aumenten los habitantes de las ciudades, la gente sigue alimentada de otra cosa. A ellos les encanta alegrarse o llorar por la música, pero no añadirle emoción y sentido mientras la escuchan. Y mucho menos estar interesado en los usos de la música, además de como fondo para una de sus experiencias. A la gente le gusta el folclore, la música pop, y muchos de ellos se emocionan por el pop folk. Durante los últimos 10 años vengo escuchando que el pop folk se ha ido desvaneciendo. Pero yo no lo tengo nada claro. Lo que se ha desvanecido es la música clásica.

 

 

Las atrocidades que se cometen contra los instrumentalistas búlgaros, aquellos que tocan durante horas todos los días desde niños, a cambio de un salario mísero, con su escasa paga, los expulsan de Bulgaria. Abandonan el país y empiezan a trabajar en el extranjero. Y aquí la falta de músicos es cada vez más evidente. Las orquestas fueron recortadas, pronto empezarán a cerrarlas directamente. El repertorio es también muy reducido, ya que la mayor parte de las orquestas estatales se convirtieron en orquestas tipo “Simfonieta”, es decir, de máximo 40 miembros. En este tipo de agrupaciones no pueden tocar nada que sea de después del siglo XVIII, excepto algunas composiciones de cámara de épocas más tardías. Y el público en estas ciudades, mientras existe, suele escuchar Haydn, Mozzart, Beethoven. ¡En el siglo veintiuno!

Hace poco vi un documental sobre el director Kent Nagano. Él tuvo algún problema con el público en Montreal, donde fue director general durante mucho tiempo. Observó que solo gente mayor acudía a los conciertos. Entonces se propuso llevar a la gente joven y consiguió hacerlo durante varios años. Empezó por las guarderías. ¡Lo logró! Pero allí es otra sociedad. No rechazan la música clásica como algo aburrido, elitista… En Alemania, por ejemplo, un gran porcentaje de la gente simplemente no pueden imaginarse la vida sin esta cultura musical. Después de la guerra, los alemanes vivían en la miseria, pero nunca venderían su piano, y en cada casa había uno. Igual que lo que aquí ocurrió hace tiempo: ¡un trabajador de un centro cultural destrozó un piano porque era ya muy viejo! ¿Este hecho qué os dice? Esta es la realidad. No tengo ninguna sensación de que las cosas vayan a ir a mejor.

 

¿Qué te hace seguir escribiendo?

Mi determinación por no rendirme.

¿Esta es tu manera de dedicarte a la música?

Me encanta la música. Es mi salvación. Me ha salvado en muchas ocasiones. De la depresión en 1990, cuando me di cuenta de que sin mis ocupaciones la vida puede seguir en Bulgaria, es decir, que soy totalmente innecesaria. Pero no me rendí. Por supuesto que durante este tiempo he trabajado en otras cosas. La crítica nunca ha sido una fuente principal de ingresos como para vivir escribiendo reseñas. Pero yo sigo, insistiendo…

Sí, a veces observo cosas que me devuelven la esperanza. Fui a un concierto de Maksim Vengerov con la Filarmónica de Sofía y el director Nayden Todorov. Tocaron el primer concierto de Shostakóvich. En mi opinión, es el heredero de David Óistraj, el primero que interpretó la obra. El concierto es muy trágico, fue compuesto cuando salió el Decreto de 1948, con el que se ven afectados todos los célebres compositores rusos de la época: Shostakóvich, Prokofiev, Khachaturian, Myaskovsky. A Shostakóvich lo despidieron cuando trabajaba de profesor. Él compuso esta pieza de concierto y no permitió que se interpretara hasta siete u ocho años después. Stalin tuvo que morir, y entonces pudo interpretarse.

Esta insinuación de Vengerov fue real para mí, auténtica, rompió, difundió la música y la hizo aún más influyente. El director Nayden Todorov había hecho muy bien el trabajo con la Filarmónica. Allí había una audiencia real. La “Sala Bulgaria” estaba llena y entonces tenía una sensación ya muy olvidada. No se oía ni un aliento entre la audiencia. Era tal el silencio en la sala… Es cierto que lo que salía del escenario era algo muy fuerte. Tanto es así que sientes dolor físico, ganas de llorar. Y dado que el clima es tan especial ahora para muchas personas, para todas las personas, de alguna manera fue excepcional. Y luego escuché a la audiencia, escuché que todavía hay esperanza en este público, pero eran unas 500 personas. Sí, en cada ciudad aún no han muerto 500-1000 personas, para quienes esta música es importante. Y, dicho esto, no me considero muy pesimista, pero desafortunadamente una persona realista y tranquila.

El director Plamen Djurov, con quien hablamos también sobre este asunto, dijo una vez algo muy preciso: “No pudimos transmitir a los jóvenes la carga que nuestros maestros nos legaron”. Los músicos no se unieron después de los años 90. Se dividen aún más.

Los compositores de la vieja generación Vesselin Stoyanov, Marin Goleminov, Pancho Vladigerov, Lyubomir Pipkov, Filip Kutev fueron pilares serios y mantuvieron la autoridad de la música. Aunque a muchos de ellos les resultaba difícil llevarse bien. No recuerdo haber visto ninguna amistad entre estas personas, pero mantuvieron la autoridad de la música.

Después de la caída del régimen, a principios de la década de 1990, la Unión de Compositores Búlgaros se dividió en dos. La mitad quería que todo se vendiera. Se presentó una demanda. Aquí no había ya ni partidos ni gobierno. Aquí había algo un tanto retrógrado, una gran dosis de gente filistea, y por supuesto, la ideología del dinero. A una parte de los miembros de la Unión de Compositores Búlgaros la llamamos compositores, a la otra, suscriptores. La masa de gente incompetente o medianamente calificada cerró la revista Bulgarska muzika. Este fue un crimen contra la cultura musical búlgara. Fue entonces cuando abandoné la Unión de Compositores. Esta grieta expulsó de Bulgaria a personas muy capaces como Bozhidar Spasov, Alexander Kandov; se fueron por esto. Este fue el momento en que el dicho “El violinista su casa no mantiene” volvió a cobrar relevancia en nuestro país.

¿No crees que este es un problema global? Incluso los países ricos reconocen que es muy difícil trasladar la música clásica al futuro, porque el espíritu y el mundo en el que esta música nació desaparece y el mundo moderno, la cultura y la economía, no le dejan espacio. No obstante, se están haciendo esfuerzos colosales. El único arte en el que el pasado domina radicalmente el presente es la música clásica. Ni en las bellas artes ni en el teatro existe un dominio tan drástico del pasado sobre el presente.

Muchos países se enfrentan a este problema. Por ejemplo, en EEUU solo hay orquestas privadas. Se desconoce cuál será su futuro. Hay patrocinadores que financian las orquestas. La Metropolitan Opera es de propiedad totalmente privada. La Orquesta de Washington, la Filarmónica de Nueva York…

Pero nosotros estamos en Europa. Es cierto que cuando decimos música clásica, mucha gente entiende que se trata de la música hasta mediados del siglo XX. Y estoy hablando de la música clásica como un concepto más amplio. El tema de la música contemporánea en nuestro país es bastante diferente al de otros países. No digo que la música contemporánea llene los estadios allí, pero todo es cuestión de algún tipo de práctica educacional e inclusión. ¡Curiosidad! No puedes involucrar a alguien para que escuche incluso a Schnittke cuando estudia música hasta el octavo grado y cuando además no le llegan ni siquiera más de diez compositores distintos. Luego, el entorno en sí: no puedes escuchar obras de tres estrofas y un estribillo durante todo el día y luego acercarte a una sinfonía de 30 o 40 minutos de duración. Se debe desarrollar la paciencia, la imaginación del oído, se debe mostrar la belleza al joven para descubrir la mina de este tipo de música.

 

 

¿Qué hay de la música de los compositores búlgaros que merezca ser transferida al futuro, salvada, con la esperanza de que alguien más en algún lugar pueda escucharla? Aquí está el siglo XX detrás de nosotros, tenemos bastante distancia.

Hay muchas obras de este tipo. El hecho de que no se hayan vuelto legítimos para la música europea se debe al carácter cerrado de Bulgaria y al hecho de que es un país pequeño. Además, la distribución de música requiere fondos que el estado se niega a dar. Lo que escribieron compositores como Konstantin Iliev, Ivan Spasov, Lazar Nikolov, Vasil Kazandjiev, Simeon Pironkov es realmente significativo. También hay cosas de Lyubomir Pipkov que no me gustaría perderme en ningún caso. ¡Bueno, Dimitar Nenov! Los cuartetos de Marin Goleminov tienen un valor absoluto. Era joven, tenía unos 33 o 34 años y pasé una semana entera en Sliven; tuvieron lugar los Días del Arte del Cuarteto. Los cuartetos de Goleminov tocaban en cada uno de los conciertos junto a los cuartetos de Bartok. Quedaban tan uniformes uno al lado del otro que para mí fue un momento inolvidable de total alegría. También Dimitar Tapkov, un hombre excepcional, además de compositor. O Georgi Minchev… Hay suficientes obras búlgaras de compositores de mi generación: Emil Tabakov, Stefan Dragostinov, Alexander Kandov, Plamen Djurov, Bozhidar Spasov, una generación de compositores muy capaz. Desafortunadamente, todavía no son lo suficientemente conocidos. Varias obras de Tabakov se reproducen por todo el mundo, también de Dragostinov, pero en general, la música búlgara apenas se interpreta en Bulgaria actualmente. Entonces, por qué deberíamos pretender que se escuchara fuera. ¿Qué pasará con la próxima generación? Aquí están Georgi Arnaudov, Dragomir Yosifov, Petar Kerkelov…

 

 

Tengo la suerte de haber pasado mi vida con estas personas, pero también acepto con calma la idea de que soy unа outsider total. No pretendo hacer tragedia de esto, he aceptado que a los ojos de mucha gente soy alguien marginal. Debo parecer lo mismo a los ojos de mi hija. Dejó este mundo tras veintiseis años de trabajo con el violín y ahora trabaja en los Estados Unidos. Es una muy buena persona, pero se dio cuenta de que no tiene futuro con el violín. Hizo un esfuerzo inhumano por encontrar otro camino y vivir más segura. Sí, sigue escuchando música, pero no ha tocado el violín durante al menos diez años.

¿Crees que su destino refleja la situación de los músicos en Bulgaria? ¿No es solo una elección personal?

Hay muchos niños que estudian música, luego se van y nunca regresan a Bulgaria. Y no solo por los humillantes salarios. La cuestión es también por el entorno en el que vives. Tienes que sentirte valorado por ser músico. El ridículo comentario de “Está bien, tocas, pero a qué te dedicas” no puede volver otra vez a ser relevante y actual; esto no se debe al capitalismo, se debe a la mentalidad.

 

 

¿Cómo llegaste a la música?

Mi padrastro era contrabajista y tocaba en la pequeña orquesta de la Radio. Más adelante comenzó a componer partituras. Fue el mejor copista de notas de Bulgaria. Eso podría ser perfecto. Así conoció a mi madre. Por la misma razón, todos los músicos de Sofía vinieron a nuestra casa.

Tocaba el acordeón desde muy joven ya que mis dos tíos también lo tocaban. Mi madre era de las que pensaban que los niños deben estar muy ocupados para que no le vengan malos pensamientos a la cabeza. Empecé a tocar a los cinco años. Tenía un acordeón Hohner con teclas de nácar. Tuve grandes profesores en la escuela de música. A los doce años les dije a mis padres que quería crear música y que este era mi sueño. Se me daba bien, pero no pude llegar a ser tan buena con el piano. En 1967 me aceptaron en la Facultad. Tenía 17 años y era la persona más feliz del mundo.

¿Cómo escucha música un crítico?

Cuando era joven, solía mirar y estudiar partituras. Estaba constantemente estudiando obras, leyendo sobre ellas, escuchando diferentes interpretaciones… Inevitablemente, comienzas a volverte más crítico, más exigente, a buscar lo desafiante, lo diferente, a huir de los tópicos.

¿Qué es lo que más valoras en la interpretación?

La forma. No solo la forma, pero es muy importante. Cuando un buen intérprete comienza, sabe muy bien cómo construir toda la obra para que sea una forma completa y perfecta.

¿Es posible que un músico que no sea perfecto componga muy buena música?

Ha habido casos. Incluso cuando escuchas a artistas muy jóvenes que no dominan completamente el instrumento, puedes sentir la personalidad, la individualidad. Muestran que este texto tiene algún sentido. Esto es lo más importante.

Te manejas perfectamente con varias lenguas europeas, algo que seguramente te ha ayudado a superar diversas barreras en estos años.

Respecto a las lenguas, ocurrió de la siguiente manera: mi madre y mi padre biológicos se graduaron en un colegio alemán. Empecé a estudiar francés en clases particulares, a los dos o tres años de edad. Más adelante, a los seis años, me apunté a clases de alemán. Continué con el alemán durante mucho tiempo y estuve estudiándolo con una profesora nativa que me enseñó a pensar en alemán. De mayor estudié inglés en la Alianza, y en México aprendí español. El tercer año de mi estancia en México estuve enseñando en la Modern American School.

 

 

¿Cuáles son tus preferencias musicales?

De los compositores clásicos, aquellos que son los favoritos de los amantes de la música, para mí no hay una nota incorrecta escrita por Johannes Brahms. Hay un poder emocional latente y muy fuerte en él. Especialmente sus ciclos de piano. Hay tanto anhelo allí, tanta energía… De sus sinfonías, la segunda es la que más me gusta escuchar.

De compositores más modernos: Charles Ives – lo tiene todo, es una vanguardia absoluta. Arvo Pärt y Alfred Schnittke. De la escuela alemana: Helmut Lachenmann, Paul-Heinz Dittrich, con quien fuimos cercanos, Jörg Widmann. Y Friedrich Goldmann. También tengo una larga amistad con la compositora coreana Unsuk Chin, que vive en Berlín. Ahora es muy famosa, pero cuando la conocí en Copenhague en 1996, estaba presentando sus primeros trabajos y todavía no era tan famosa. Por último, pero no menos importante, cabe mencionar a Gia Cancelli, a quien también tuve la suerte de conocer. Luigi Nono, Luciano Berio, György Ligeti, György Kurtag, mi amigo de Argentina Alejandro-Iglesias Rossi. ¡Hay tantos, este mundo es inmenso!

Entrevista realizada por Christina Vassileva en febrero de 2021 en Sofía, Bulgaria.

Christina Vassileva vive y trabaja en Sofía (Bulgaria). Es poeta, cantante de cámara y solista en el trío Affettuoso, con el que realizan diferentes conciertos de piezas clásicas barrocas. Christina firmó el Manifiesto de la Nueva Poesía Social en 2016. Poeta y traductora de inglés. Publicó sus primeros poemas y traducciones en Literaturen vestnik y en la revista Nueva Poesía Social (Нова социална поезия).

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