El amor, Roland Barthes y Danielle Steel

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Madeleine Hanna, la protagonista de La trama nupcial, el excepcional último libro de Jeffrey Eugenides, quiere saber qué es el amor y cuál es la decisión correcta en lo referente a los temas amorosos. Ponte a la cola, Madeleine, me digo.

 

“There is no happiness in love, except at the end of an English novel” Anthony Trollope

 

Una pareja mira el mar

 

Madeleine Hanna, la protagonista de La trama nupcial, el excepcional último libro de Jeffrey Eugenides, quiere saber qué es el amor y cuál es la decisión correcta en lo referente a los temas amorosos. Ponte a la cola, Madeleine, me digo. Pero ella, al ser la digna heroína de una novela de Eugenides –-una estudiante de literatura inglesa, seducida por la literatura de Austen y Eliot-, no se limitará a pintar corazoncitos en las pizarras o a emborracharse hasta caer rendida en los brazos de cualquier mazado del equipo de rugby de la universidad. No: Madeleine quiere llegar al núcleo del asunto.

 

Retrocedamos unos años, hasta 1982, para detenernos en ese mundo ya lejano en el que leer a Lyotard, Foucault o Barthes era cool y molaba, y en el que decir que se había leído y comprendido De la gramatología o Márgenes podía ser utilizado como un argumento para ligar. En este ambiente intelectualizado, Madeleine se interesará cada vez más por “la trama nupcial” para escribir su tesis doctoral y a la vez empezará a adentrarse en un tortuoso triángulo amoroso, una relación a tres bandas obsesivamente sometida al análisis.

 

Me atrevería a decir que en La trama nupcial, lo del amor es lo de menos. La cuestión que predomina en el libro de Eugenides –como en sus anteriores novelas- es la importancia de elegir bien y de la inexistencia –por desgracia- de unas pautas que nos digan el cómo y el cuándo de la óptima elección. Madeleine intenta dar con ella a través del análisis riguroso de El discurso amoroso de Roland Barthes. Su interpretación del texto varía dependiendo de su estado de ánimo, pero vamos, que no está mal tener a Barthes como instructor sentimental y como guía para las primeras experiencias amorosas. Así, a lo largo del libro, Madeleine desarrolla una gran admiración y casi una fijación por el libro del francés, un autor que desestructura el discurso amoroso en la poesía y la literatura.

 

No sé qué tal le iría el futuro a Madeleine con los consejos de Barthes. Lo que sé es que a mí me fue de pena con los de Danielle Steel. Porque si tuviera que hablar de mi educación sentimental, de lo que leía con catorce años, no mencionaría a Joyce o a Pessoa. Mucho menos a Barthes. Mencionaría la biblioteca de Danielle Steel, de la que me sé todos los títulos e incluso tengo marcadas las páginas importantes –la de las declaraciones de amor, peleas, amores imposibles, besos secretos a la luz de la luna, etcétera-. No puedo decir que no aprendiera cosas nuevas con la novela romántica, pero luego, claro, todos esos hallazgos los tuve que desaprender con la vida. Es cierto que también leía otras cosas como a las hermanas Brontë, a Jane Austen o incluso a Katherine Mansfield, pero ganó, y por goleada, Danielle Steel. En aquella época, no estaba yo para mucha filosofía. Eran las épocas de las primeras copas –esos pringosos vodka kiwi o Malibú piña-, años de que te gustaran los chicos mayores con novias rubias estupendas y momentos en los que una se quedaba hasta las tantas de la noche a base de café y coca-cola para estudiar un examen de historia de dos folios. Claro, en ese ambiente de tanta “subnormalidad emocional”, como decía mi querida Bridget Jones, Danielle Steel tenía más cosas que decirnos que la pobre Jane Austen. Esas cosas que tiene la adolescencia.

 

Un día escribiré un post entero sobre Danielle, se lo merece. Pero a lo que íbamos: que si bien Madeleine Hanna tuvo a Barthes como maestro, mis amigas y yo pasamos la adolescencia leyendo novelas románticas. Y creo que –a juzgar por el resultado que nos dieron- mejor hubiera sido pedir un ejemplar del El discurso amoroso de Barthes. Una lástima no haberlo sabido.

 

De todas maneras, aún ahora, cuando estoy en un aeropuerto y estoy segura de que nadie me ve, busco entre la pila de novedades el último libro de Danielle Steel. Leo las primeras líneas de la contra: “Cuando Nancy conoció a Tim…” o bien “Amanda siempre quiso saber lo que era el amor…” y entonces respiro. Puedo irme tranquila. Saber que Danielle Steel sigue ahí hablando de amores imposibles que salen bien, matrimonios que duran toda la vida y afirmando en cada una de las frases que el amor, si uno quiere, puede ser eterno, me tranquiliza. Porque luego, y eso ya lo sabemos todos, luego vino Sabina y dijo aquello de que “el amor es eterno mientras dura”.

 

Ahí lo dejo.