El artista de las Pin y Pon

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Al ver una película de Wes Anderson uno tenía la sensación de adentrarse en un mundo personal, lleno de seres frágiles, vistos con una mezcla desconcertante de humor y ternura, un mundo algo excéntrico, pero que al final nos hablaba de cosas cercanas. Ahora, algunos nos hemos dado cuenta de que de todo aquello ya no queda nada. Si es que alguna vez, en realidad, hubo algo

Suena Open Sesame

de Freddie Hubbard

 

 

Ocurre que a veces decidimos abandonar a ciertos cineastas. O bien porque nos acabamos alejando de ellos, de su mundo, de los personajes que lo habitan, y de los temas que trata; como si tan solo pudieran formar parte de una etapa de nuestra vida. O bien porque definitivamente nos han acabado decepcionando, después de que fuéramos advirtiendo un distanciamiento que, sin acabar en molestia o irritación –eso nos haría sospechosos de despecho-, sí culmina en indiferencia. Aunque también está la cuestión por saber cuánta de nuestra ceguera era responsable; entonces acabas recordando que siempre hay alguien que ya te había avisado, y al cual incluso puede que hubieras rebatido con cierta rivalidad y/o arrogancia. Yo, después de ver Moonrise Kingdom (2012), decidí que antes de ir a ver la próxima película de Wes Anderson me lo iba a pensar dos o incluso más veces. Y eso que, Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007) ciertamente me había gustado, y es todavía la película que más aprecio de su filmografía. Pese a ello, finalmente, le concedí una nueva oportunidad, asegurada, eso sí, la mayor ausencia posible de prejuicios, y decidí ver El Gran Hotel Budapest (The Grand Hotel Budapest, 2014)

 

 

Moonrise Kingdom ya encendió más de una alarma –y no puedo evitar citar las palabras de un amigo que en su momento no compartí pero ahora sí comprendo: “es una enorme tontería.”- Entonces lo que sí me pareció es que Wes Anderson podría ser el mejor publicista del mundo –y no sería descabellado analizar como su cine ha influido visualmente el mundo de los anuncios-. Su refinado gusto por los objetos, el esmero puesto en todos y cada uno de los detalles del atrezzo que compone su puesta en escena y determinada concepción visual del encuadre cinematográfico se han convertido en rasgos definitorios de una estética peligrosamente tendente al fetichismo y definitivamente convertida en algo superfluo. Wes Anderson me parece más que un cineasta una pura marca de fábrica no exenta de la autocomplacencia de alguien que bajo la apariencia de artista es un simple vendedor de su propia imagen, impoluta, resplandeciente, perfecta. Sí, el cine de Wes Anderson es puro artefacto, pero antes, tras él, uno podía descubrir un mundo poblado por identidades frágiles, conflictos generacionales, miedos, amarguras y carencias. Algo, aunque fuera Gwyneth Paltrow, podría llegar a emocionarte.

 

Ahora que muchos cineastas dirigen sus miradas hacia los espacios de los museos, donde idean exposiciones audiovisuales; ahora que algunos de ellos ven como sus películas son desterradas de las salas cinematográficas y solo encuentran asilo en centros de arte, uno no duda que por motivos, totalmente distintos, y opuestos, acabará viendo una exposición sobre el cine de Wes Anderson, con los objetos que aparecen en las películas, el vestuario que caracteriza a sus personajes, la maqueta de alguno de sus decorados y alguna figura de cera reproduciendo a alguno de sus protagonistas, finalmente despojados de vida.

 

 

Uno ve El Gran Hotel Budapest y tras esa compleja estructura narrativa confeccionada como si fuera una muñeca rusa, con historias dentro de historias que dentro tienen otras historias, encuentra ese mundo reconocible pero vacuo, en el que ya no hay personajes, sino figuras. Un mundo que es pura pose; un mundo sin ningún atisbo de emoción. Ahora las marcas de estilo que caracterizaban su cine se han convertido en ripios malsonantes, en redundancias cansinas, en simples clichés, fórmulas tan agotadas que, además, impiden volver a ver películas anteriores sin que uno pueda desquitarse esa visión. Y es que si Orson Welles aseguró que el cine era el tren eléctrico más fabuloso con el que le habían dejado jugar, de Wes Anderson podríamos decir que su cine causa la impresión de que esté jugando con una casita de muñecas. Y ya empiezo a dudar si se trata de una de esas elegantes, sofisticadas y vistosas o, por el contrario, en su ridiculez y simpleza –y me entran ganas de decir estulticia- se trata de una de esas de Pin y Pon.

 

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.